viernes, 12 de octubre de 2018

Uno no se reconoce mísero si vive en una miseria que iguala socialmente; lo sabe cuando descubre a otro que no lo es.


El fútbol televisado llega al Tercer Mundo multiplicando los seguidores globales, creando mercados potenciales de consumo venidero. No hay disputas sobre los derechos de retransmisión ni necesidad de que las haya. Bastan una antena satélite, un generador, diésel y maña para descubrir la frecuencia desde la que emiten las cadenas principales. Sentados bajo la techumbre hojalateada de un bar, los aficionados beben cerveza local o bebidas gaseosas mientras asisten al desfile de la publicidad, un escaparate que expone la riqueza del Primer Mundo, el de los blancos, un mundo protegido con alambradas y lejano. Esa misma televisión que expone opulencias les regala la conciencia exacta de su pobreza, el primer motor de la inmigración. Uno no se reconoce mísero si vive en una miseria que iguala socialmente; lo sabe cuando descubre a otro que no lo es. En África hay varias clases de pobres, los que caminan descalzos y los que poseen sandalias; los que andan y los que pedalean en una bicicleta.

El periodista venezolano Ramón Lobo cuenta que Sierra Leona es posiblemente el país más madridista de África Occidental gracias al misionero javeriano Chema Caballero,
Chema Caballero.
un extremeño que dirigió en Lakka, al sur de Freetown, un proyecto para ex niños soldado. De aquel centro de rehabilitación de Saint Michael surgió una idea, un método, el aprendizaje de cómo se recupera psicológica y socialmente a niños robotizados para hacer la guerra. El juego desempeñó un papel notable en la reeducación de niños a los que el conflicto había robado la infancia, la inocencia. Muchos habían cometido crímenes, mutilaciones, violaciones, incluso en su aldea, o participado en el asesinato de sus padres, un método para extirpar vínculos y garantizar su fidelidad al jefe guerrillero que los secuestró, su nueva familia. Esos niños eran simultáneamente culpables y víctimas atrapados en un mundo de traficantes de diamantes, armas y drogas. Caballero les devolvió el derecho a la dignidad, a sentirse útiles, a tener la confianza de que podían rehacer su vida.

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