martes, 10 de octubre de 2017

Nuestras ideas y nuestras preferencias pueden ser controladas a través de los medios de comunicación.

Noam Chomsky
Cada vez que Noam Chomsky se refiere al sistema de poder activo en las democracias occidentales reitera que quien ostenta el poder, en la gran mayoría de casos, no hace lo que tendría que hacer. Lo que dice la teoría, simplificando un poco, es que en democracia representativa una comunidad elige a algunos de sus miembros y delega en ellos el poder para ejercer ciertas funciones y tomar algunas decisiones. Esta delegación de poder se convierte en una competición democrática, las elecciones, en las que el pueblo, mediante su derecho a voto, escoge entre una serie de candidatos, que se supone que están capacitados para ejercer el poder. El juego se complica, sin embargo, porque las oligarquías que, según Chomsky, gestionan el poder sin las limitaciones que un verdadero orden democrático debería imponer, tienen los medios económicos y políticos para fabricar el consenso. “Fabricar el consenso” significa aquí modelarlo, crearlo incluso; crear,
elecciones
por ejemplo, la impresión difusa de que una guerra es necesaria y tiene un amplio consenso popular. Pero si los votantes, los principales actores de la democracia, tuvieran realmente la capacidad de entender cuáles son las consecuencias de su voto, de aquello que avalan con él, no podrían estar de acuerdo con estas ideas impuestas, sobre todo porque perjudican a sus propios intereses. 

En el libro Los guardianes de la libertad (1988), escrito junto a Edward S. Herman (profesor de finanzas y analista de los medios de comunicación), Chomsky formula y sistematiza esta idea. Los dos autores describen un modelo de propaganda que se aplica a los medios de comunicación estadounidenses, pero que, en palabras de los propios autores, puede extenderse a cualquier otra nación que comparta el sistema económico de los Estados Unidos. El modelo parte de los siguientes supuestos, los medios privados pertenecen a empresas interesadas, ante todo, en vender un producto (lectores o audiencia) a otras empresas (las que pagan por hacer publicidad), cuyo interés es, asimismo, la venta de otros productos. Los medios, por lo tanto, ocultan bajo un supuesto fin social (completamente pervertido), el de la información, su verdadero objetivo, mediar entre una demanda y una oferta en la que el público es simplemente el producto. La teoría se enriquece con una lista de cinco filtros, que determinan qué noticias se publican o emiten y cuáles no, y qué tratamiento concreto reciben las que se
publican. Estos son los filtros, ordenados de más fuerte a menos fuerte: la propiedad del medio (habitualmente,grandes corporaciones): quién financia al medio (la publicidad, por ejemplo): las fuentes de las noticias (departamentos de prensa de gobiernos o empresas, por ejemplo): el Flak, que es como se denominan las respuestas sistemáticas de grupos de interés ante la línea editorial de los medios (por ejemplo, retirando publicidad, o mediante quejas formales, o mediante demandas legales); y, finalmente, el miedo (cuando se escribió el libro, sus autores identificaron el miedo con el anticomunismo, y en ediciones sucesivas, a partir del atentado del 11S, lo han actualizado como miedo al terrorismo). Los tres primeros filtros se derivan del análisis de los mercados, mientras que los dos últimos son más específicos de la realidad concreta de los Estados Unidos. Este modelo que explica cómo los supuestos guardianes de la libertad fabrican un consenso constituye, en fin, un ejemplo de cómo nuestras ideas y nuestras preferencias pueden ser controladas a través de los medios de comunicación.

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