sábado, 21 de enero de 2017

El ladrón de felicidad.

Aunque nunca hayamos pensado en robar ni un céntimo a nadie, somos capaces de estorbar o destruir la felicidad de otros sin muchos escrúpulos de conciencia. Hay muchas formas de quitar a otros la felicidad y, por tanto, de pecar contra la justicia. Un ladrón muy común de la felicidad es, por ejemplo, la murmuración. Si, por habladurías, echamos abajo la reputación de una persona y hacemos que disminuya el respeto que se le tiene.


Caras largas y a disgusto.
Si en casa ponemos caras largas y siempre estamos dando disgustos a la familia, estamos robando la felicidad a la carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Hay, también, otras muchas maneras de quitar a los demás su felicidad. La crítica dura y cruel, el poner en ridículo, las broncas, las respuestas secas a preguntas hechas con buena intención, etc., son, en grados diferentes, atentados contra la felicidad de la familia, los amigos o los compañeros de trabajo.El ladrón de dinero tendrá un juicio menos severo que el ladrón de la felicidad, dice algún moralista.

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