jueves, 4 de mayo de 2017

El simbolismo que Vicente van Gogh transformó en pintura.


Retrato de la madre de Vicent van Gogh
Anna, la madre de Vicent van Gogh, recurría al jardín para
educar a sus hijos en los significados de la naturaleza. El ciclo de las estaciones no reflejaba sólo el ciclo de la vida; el florecimiento y marchitarse de ciertas plantas marcaba las transiciones; las violetas simbolizaban la valentía, la primavera y la juventud; la hiedra era promesa de vida en invierno y de resurrección. La esperanza podía nacer de la desesperación “como las flores secas caen del árbol, permitiendo que broten vigorosas plantas llenas de vida”, escribiría Vincent años más tarde. Los árboles, sobre todo sus raíces, contienen la promesa de vida tras la muerte. (Mantenía que ciertos árboles, como el ciprés, “crecen más hermosos y robustos en los cementerios que en ningún otro lugar”). En el jardín de Anna, el sol era el “buen Dios” cuya luz daba vida a las plantas al igual que traía “la paz a nuestros corazones”, y las estrellas eran enviadas del sol y símbolo de su promesa de regresar por la mañana para “convertir en luz la oscuridad”. Todo este simbolismo que Vincent acabaría transformando en pintura, contenido en la mitología cristiana, el arte y la literatura, procedía de las lecciones que aprendió de pequeño en el jardín de su madre.

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