sábado, 26 de octubre de 2019

Los errores en educación se pagan muy caros

Según la Organización Mundial de la Salud el suicidio es la primera causa de muerte de jóvenes entre 18 y 24 años en los países occidentales. Según otros estudios, uno de cada cinco niños presenta problemas psicológicos serios; las enfermedades mentales (ansiedad, depresión y fobias principalmente) constituyen la causa más frecuente de bajo rendimiento escolar. Muchos jóvenes comienzan muy pronto a consumir alcohol en exceso, y al llegar a los 20 años uno de cada seis presenta síntomas de embriaguez crónica. La frecuencia de trastornos alimentarios (anorexia y bulimia, sobre todo) también se ha disparado. Aumentan las cifras de adolescentes que se fugan de sus casas (sólo en Francia, por ejemplo, más de cien mil cada año). Escribe Carlos Ma. González para la Revista de Negocios del IEEM que la mayoría de las campañas para evitar estos problemas, que tienen detrás dramas humanos tremendos, se centran en la información sobre los muchos males que acarrean. La experiencia demuestra que la información, aunque es de utilidad, por sí sola resuelve bastante poco, porque la mayoría de las veces el problema no es propiamente la droga, ni el alcohol, ni el fracaso escolar, sino las crisis afectivas que atraviesan esas personas y que les llevan a buscar refugios fáciles. 


Los errores en educación se pagan muy caros, y aunque no siempre se pueden evitar, lo decisivo es procurar adelantarse y abordarlos antes de que lleguen a plantearse abiertamente. Las causas que los producen suelen ser complejas, y se mezclan con muchos factores como la herencia genética, la dinámica familiar, el estilo educativo escolar o la cultura urbana del entorno. No existe un único tipo de solución que sea capaz de resolver estos problemas, manifiesta González. Alasdair Macintyre ha señalado que una buena educación es haber aprendido a disfrutar haciendo el bien y a sentir disgusto haciendo el mal. Es importante aprender y, por tanto, enseñar a querer lo que merece ser querido.

No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la agresividad, o la pereza, son ciertamente carencias de virtud. Pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. El ejercicio de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa, concluye Gonzalez.

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