lunes, 7 de octubre de 2019

El pueblo francés es un pueblo de la inmanencia



Emil Cioran, filósofo rumano, cuenta que “en el siglo XVIII, Francia llevaba la batuta en Europa. Desde entonces, no ha ejercido ya otra cosa que su influencia. El simbolismo, el impresionismo, el liberalismo son sus últimos contactos vitales con el mundo, antes de hundirse en una ausencia fatal. El pueblo francés es un pueblo de la inmanencia, que creó el género inimitable de los detalles sutiles y reveladores de la existencia en el mundo, el ornamento. Nada hay más francés que un tapiz, un mueble, un encaje o, en el plano arquitectónico, una casa solariega o un palacete”.

“El miedo a perderse por cualquier exceso ha enquistado a los franceses en una rigidez afectiva. ¿Existe un pueblo menos sentimental? El corazón del francés sólo se enternece con los cumplidos bien formulados. Su vanidad es inmensa, hasta el punto de que lisonjearla puede volverlo incluso sentimental… En general, está capacitado para la intimidad, pero no para la soledad.Tal vez sea el único pueblo de Europa que no conoce la nostalgia, que es una forma de la falta de plenitud sentimental infinita. Además, carece de música folclórica también, que sólo se encuentra en el Sur (País Vasco, Provenza, por influencia española e italiana)”.
Batalla de Berezina
“En dos ocasiones alcanzó la grandeza; en la época de la construcción de las catedrales y en la de Napoleón, es decir, en dos momentos ajenos a su genio específico. Las catedrales y Napoleón, ¡nada hay menos francés imaginable! No obstante, el pueblo vibró, cargó con las losas en la Edad Media y cayó a los pies de las Pirámides o en el Berezina. Los franceses crearon el estilo gótico, de esencia germánica, y en el plano militar siguieron al último representante del Renacimiento italiano. Así, se superaron en dos ocasiones; superaron su consumada perfección mediante el contacto con dos inspiraciones de naturaleza extranjera. En la creación gótica salpicó la sangre de los francos, el elemento germánico; en las campañas napoleónicas, el genio mediterráneo de las expediciones. Fuera de esos momentos, Francia se ha contentado consigo misma; ni lenguas extranjeras ni importaciones de cultura ni curiosidades inspiradas por el mundo”.

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