jueves, 1 de noviembre de 2018

Estoy esperando en la puerta del Cielo.

Gereon Goldmann en su libro autobiográfico “Un seminarista en las SS” cuenta la siguiente historia:
“Herr Unteroffizier", dijo con dificultad, “el pecho me arde, me arde”. Lo tendí en la blanca arena y le abrí la guerrera. La sangre roja que le brotaba de los pulmones como una fuente, una fuente de muerte, cubrió mi rostro y mi uniforme. Yo apreté la mano sobre el enorme agujero para detener su flujo, pero seguía resbalando entre mis dedos. “¿Voy a morir?”, preguntó el joven con voz temblorosa y entrecortada. “Sí, no hay solución”. Estuve a punto de preguntarle si era católico, pues llevaba conmigo la Sagrada Comunión. Entonces, una sonrisa iluminó su rostro, una sonrisa radiante, amplia, gozosa, y dijo con voz débil: “Por favor, escriba a mi madre y dígale que la estoy esperando en la puerta del Cielo. Que no debe llorar, que la estoy esperando”. Con la sonrisa feliz e inocente de un niño, entró en la eternidad. Raramente me he visto tan afectado por una muerte. Y he visto demasiadas. Hubo otras, otras muertes que no puedo olvidar fácilmente. Una vez cayó una bomba en medio de un batallón. El cuadro fue terrible. Mi
Gereon Goldmann
fiel conductor, Faulborn, me llevó al lugar. Salvó muchas veces mi vida y las de otros soldados. Encontramos muertos a todos los soldados excepto a dos. Los colocamos rápidamente en unas camillas y los cargamos en el camión. Le pedí a Faulborn que condujera lo más rápidamente posible, pues para
 
aquellos hombres era cuestión de minutos. Corrió haciendo caso omiso del fuego de los buques. Yo me senté con los heridos y los observé. Era demasiado tarde para salvarlos y le dije que se detuviera, para evitarles al menos los dolores que les producía el movimiento del vehículo. Uno de los soldados me miraba serenamente. Le saqué la documentación del bolsillo, era católico, hijo de un granjero de Westfalia. Le dije que su estado era grave y le pregunté si deseaba recibir la Sagrada Comunión. “¿Es usted sacerdote?”, me dijo. “No, pero llevo conmigo la Sagrada Comunión”. Sonrió con gozo y musitó: “Rápido, rápido, señor”. Rezamos juntos el acto de contrición y le administré el Viático. Susurró algo que alcancé a oír poniendo el oído junto a su boca. Sus últimos pensamientos fueron para su madre. “Por favor, escríbale y
dígale que morí con el Salvador en mi corazón”. ¡Qué muerte!, pensé. Miré al otro soldado. Era un obrero de la región del Ruhr. “Deberías recibir también la Sagrada Comunión”, le dije. Con un esfuerzo, replicó despectivamente, “Ese pedazo de pan no me salvará. Es mejor que me ponga un cigarro en la boca”. Me saqué uno del bolsillo, lo encendí y se lo entregué. Le dio tres chupadas, lo dejó caer y murió. Ahora estaba enfrentándose al juicio de Dios junto al otro soldado. Recordé durante mucho tiempo este incidente, que traía a mi mente las palabras de nuestro Señor: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

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