lunes, 16 de agosto de 2021

Abadías


A las abadías, sólo a título excepcional las vemos aún establecerse en las ciudades a partir del siglo XI. No hubiesen podido acostumbrarse a una vida demasiado bulliciosa y atareada y además les hubiera resultado imposible encontrar el sitio adecuado para una gran casa religiosa con los servicios accesorios que requería. La orden del Cister, que se extendió tan ampliamente por toda Europa en el curso del siglo XII, sólo se estableció en el campo. Habría que esperar al siglo siguiente para que los monjes, en condiciones completamente diferentes, vuelvan a emprender el camino de las ciudades. Las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos, que entonces se asentaron en ellas, no obedecen solamente a la nueva orientación del fervor religioso. El principio de pobreza les hace romper con la organización señorial que había sido hasta entonces el soporte de la vida monástica. A través de estas órdenes el monasterio se encuentra maravillosamente adaptado al medio urbano. Sólo pidieron a los burgueses sus limosnas. En vez de encerrarse en el interior de vastos recintos silenciosos, construyeron sus conventos a lo largo de las calles; participaron en todas las agitaciones y miserias de los artesanos y, al compenetrarse con todas sus aspiraciones, merecieron convertirse en sus directores espirituales.

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