jueves, 23 de noviembre de 2023

El que la iniciativa pase a las clases bajas, es siempre síntoma de profunda decadencia


El alzamiento de Madrid, acaecido el 2 de mayo de 1808, fue reprimido con una terrible masacre. Poco después José Bonaparte, hermano de Napoleón, era proclamado rey. Todo parecía haber terminado. En realidad, solo acababa de comenzar. La sublevación popular, ahogada en Madrid, se extendía a toda España. El general francés Dupont, que marchaba contra Cádiz, fue detenido en su camino a Andalucía, forzado a retirarse y finalmente rodeado y obligado a capitular por los campesinos en Bailén. El general español Castaños se proclamó a sí mismo héroe del día. Basta sin embargo una mirada al campo de batalla, ancha llanura abierta sembrada de olivos, para convencerse de cuál fue la verdadera situación. Resultaba imposible, en un lugar como este, rodear a los franceses con un pequeño ejército. Solo el alzamiento de los pueblos podía cerrar y cerró el camino. Madrid fue reconquistado por fuerzas semiorganizadas en nombre del exilado rey Fernando. De hecho, nunca existió un verdadero gobierno central, ya que tanto la primera como la segunda junta obstruyeron el movimiento cada vez que les fue posible. Este era una acción popular, dirigida por las juntas locales. Había infligido a los franceses su primera derrota en muchos años. Provocó un giro en la historia mundial. Napoleón mismo avanzó sobre España y reconquistó Madrid. Pero después de su partida, la revuelta continuó. Los británicos intervinieron. Encontraron en los soldados españoles unos aliados particularmente mediocres y Wellington, después de una única experiencia, se sintió lleno de horror ante la incompetencia de los soldados españoles y rehusó volver a cooperar jamás con ellos. El factor decisivo siguió siendo la rebeldía popular, con sus métodos guerrilleros y sus hechos heroicos, algunos tan extraordinarios como la defensa de Gerona o la defensa de Zaragoza por Palafox. La situación de 1707 se repetía en 1808. El populacho triunfaba en su empeño de lanzar una guerra nacional desesperada, en contra de la voluntad de las clases altas. Esta aguda ruptura entre las masas y las clases altas es el efecto realmente decisivo de las guerras nacionales de 1808 a 1814. En las clases altas había decadencia, corrupción, incapacidad política y completa falta de poder creativo. En las bajas había fanatismo, capacidad de autosacrificio, espontaneidad de acción, pero acción en un sentido estrecho, local, prejuiciado, sin capacidad constructiva en amplia escala. Tal era la estructura de España a comienzos del siglo XIX.
El que existan tan grandes diferencias entre el pueblo y los grupos dirigentes, el que la iniciativa pase a las clases bajas de la sociedad, es siempre síntoma de profunda decadencia y desintegración en el cuadro de una vieja civilización, escribe Franz Borkenau.

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