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domingo, 23 de agosto de 2020

El Dios cristiano no es el de los filósofos y de los sabios



Pascal sostenía que el Dios cristiano no es el de los filósofos y de los sabios, sino el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. “El Dios de los cristianos no es simplemente un Dios autor de las verdades geométricas y del orden de los elementos; es la postura de los paganos y de los epicúreos. No es simplemente un Dios que ejerce su propia providencia sobre la vida y los bienes de los hombres, para conceder una serie de años felices a quien lo adora, es la postura de los judíos. Ahora bien, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de los Cristianos es un Dios de amor y de consolación; es un Dios que llena el alma y el corazón de aquellos que posee; es un Dios que les hace sentir interiormente su miseria, y su misericordia infinita; que se une a lo más profundo de su alma, que la llena de humildad, de alegría, de confianza, de amor; que los hace incapaces de otro fin que no sea El mismo”
.
Dios Padre de Francisco Bayeu y Subías

Bernard Groethuysen, tras haber precisado que el Dios personal y la personalidad del hombre forman un conjunto indisoluble, escribe que “en la filosofía grecorromana de la vida, el hombre intentaba entenderse con el mundo, pero éste permanecía mudo. Ahora, en cambio, el hombre habla con Dios, y Dios habla al hombre. En este diálogo el hombre puede decir “Yo”; se forma un hombre nuevo”. De este modo se forma precisamente el hombre como persona. Por consiguiente, una vez eliminado el concepto del Dios cristiano, se elimina por si mismo el concepto mismo de persona, tomado en su acepción ontológica plena.

domingo, 2 de diciembre de 2018

No se cambia sin renacer.

No se cambia sin renacer, no se renace sin morir. El signo externo más conocido es la pérdida del nombre, pues siempre se ha considerado que el nombre representa al individuo, y, si éste es distinto, su nombre debe ser asimismo diferente. Descubrimos esto en la Biblia, donde, después de haber consentido en el sacrificio, Abram se convierte en Abraham. Es otro hombre. Jacob se convierte en Israel después de su combate contra el ángel. El Papa, al ser entronizado, pierde su nombre de hombre y toma su nombre de Sumo Pontífice. Los novicios convertidos en hermanos reciben un nuevo nombre. Todo esto tiene un claro significado de abandono de la vieja personalidad y nacimiento de otra. 

sábado, 8 de julio de 2017

La Luz de las naciones.

En los cuatro cantos del Siervo de Yahvé, el profeta Isaías presenta a un “Siervo” misterioso que, según algunos exégetas, representa la nación de Israel; para otros estudiosos del judaísmo antiguo de tendencia ortodoxa, se trata claramente de una persona llamada y formada por Yahvé y colmada por su espíritu. Más adelante, el Siervo aparece como un “discípulo” al que Yahvé ha “abierto el oído” para que esté en condiciones de instruir a los hombres en la Tierra. Él cumple su misión sin esplendor exterior, con mansedumbre y aparente fracaso. Blanco de ultrajes y desprecios, los acepta pero no cede, porque Dios le sostiene. El cuarto canto contempla este sufrimiento del Siervo, inocente como Jacob, pero tratado
como un malhechor, golpeado por Dios mismo y condenado a una muerte ignominiosa. En realidad, se ha puesto él mismo en el lugar de los pecadores de los que llevaba la culpa, intercediendo por ellos, y Yahvé, por un efecto inaudito de Su poder, ha hecho de este sufrimiento expiatorio la salvación de todos. A continuación, el profeta predice una “posteridad” del Siervo, que representará un reencuentro en Israel; para todos, él será la Luz de las naciones.