miércoles, 31 de diciembre de 2025

Cualquier situación moral es siempre más complicada de lo que nos imaginamos


El filósofo Peter Singer sugiere que te imagines que vas de camino al trabajo y que, de pronto, te topas con un niño que se está ahogando en un estanque. No hay nadie más por allí cerca, y si no te metes y lo rescatas, el niño morirá. Por desgracia, el agua estancada echará a perder tu elegante traje nuevo. La pregunta que Singer plantea es: «¿tú qué harías?».Pues echas a correr y lo salvas, por supuesto. ¿Qué clase de monstruo inmoral antepondría un traje a un niño? Singer utiliza ese ejemplo para darle la vuelta al argumento, lo que él sugiere es que, de hecho, la amplia mayoría de nosotros somos monstruos. Cada año, millones de personas mueren a consecuencia de males de fácil prevención, derivados de vivir en situación de pobreza. Sin embargo, nosotros seguimos comprándonos ropa nueva y comiendo en restaurantes, a pesar de que ese dinero podría utilizarse para evitar que otros murieran.El planteamiento de Singer se utiliza con frecuencia en el entorno intelectual para demostrar la inmoralidad que subyace en nuestra preocupación por las víctimas. No nos decidimos a prestarles ayuda hasta que no las tenemos delante y podemos verles la cara. Sin embargo, esta historia tiene una segunda parte que solemos olvidar, la de las locuras que estamos dispuestos a hacer cuando nos ponen delante una víctima clara.
Vamos a plantearnos un escenario similar, pero con cierto giro dramático. Ya no es un estanque junto a lo que pasamos, sino una presa, y el niño está atrapado por la corriente, que lo arrastra hacia la compuerta de evacuación del agua. No hay nadie más cerca, y la única manera de salvar al pequeño es abriendo la presa, lo que vaciaría el embalse. Aquí viene la trampa; si lo hacemos, inundaremos el pueblo que hay valle abajo, destrozando hogares y provocando que otras personas se ahoguen. ¿Salvarías al niño, incluso si esto implica la posibilidad de matar a muchos más?A todos nos gusta creer que saldríamos indemnes de este dilema moral, pero lo cierto es que, cuando estamos frente a frente con el sufrimiento manifiesto de una víctima, nos ciega la miopía moral. Ignoramos el dolor potencial de otros inocentes porque el impulso irrefrenable de salvar a la víctima evidente nos obliga a ello. Las auténticas consecuencias de nuestros actos solo se vuelven nítidas al verlas en retrospectiva.
Si tanto nos importan las víctimas, ¿cómo es que terminamos haciendo daño a muchas más sin darnos cuenta? La miopía del heroísmo implica que, cuando una víctima evidente capta toda nuestra atención, la imagen de las demás se difumina. Este tipo de atención selectiva es una característica fundamental de nuestro criterio moral, pero también se asienta firmemente en nuestro sistema de percepción.Sentimos el irrefrenable impulso de prestar nuestra heroica ayuda a víctimas señaladas, pero la miopía del heroísmo puede hacer que pasemos por alto el sufrimiento de los demás inocentes.
Según Singer, deberíamos salvar al niño que se ahoga no porque nuestra reacción emocional nos impulse a hacerlo, sino porque sabemos que es lo que se debe hacer. Asimismo, deberíamos dar nuestro apoyo a causas que nos resultan ajenas a pesar de no experimentar ninguna conexión con ellas, solo porque, en principio, el sufrimiento de todo ser humano tiene el mismo valor.
Al mismo tiempo, aplicar la compasión racional supone que, por mucho que tengamos la sensación de que deberíamos ayudar a la víctima, es aconsejable tomarse al menos un momento para valorar la situación en su conjunto, lo que incluye reconocer al resto de víctimas potenciales. Puede ser que terminemos llegando a la misma conclusión de todas formas, pero lo importante aquí es recordar que, en el fondo, casi cualquier situación moral es siempre más complicada de lo que nos imaginamos en un principio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario