
Desde el primer petardo ante el Fomento del Trabajo Nacional en 1886 hasta la Semana Trágica de 1909, que se saldó con más de un centenar de muertos y en la que ardieron ochenta edificios; y de la bomba en el Gran Teatro del Liceo de 1893, con su veintena de fallecidos, a las pendencias provocadas en la época de la guerra mundial, 1914 - 1918, en ninguna otra ciudad europea llegó el terrorismo anarquista a tener tanta fuerza como en Barcelona, y los sucesivos responsables del orden público que nombraba el gobierno de la nación se vieron, uno tras otro, impotentes para hacer frente a su crecimiento. El rápido y desordenado desarrollo industrial produjo riqueza y empleos, pero también mucha precariedad y condiciones de trabajo insostenibles. Tampoco los industriales supieron amansar mediante el diálogo y la política social las reclamaciones proletarias, a veces justas, pero también a menudo envueltas en fuertes soflamas contra la patria, el orden y la religión, lo que en los momentos más tensos derivaba en la quema de alguna iglesia o convento, ya que, de todos sus supuestos enemigos de clase, estos revolucionarios atacaban a los que menos resistencia oponían y aún no se atrevían a asaltar cuarteles ni comisarías. Ni siquiera el movimiento catalanista, que en sus primeras actuaciones políticas, a fines del siglo XIX, se había alzado como la sensata voz de una activa y triunfante burguesía que apostaba por el progreso en un país, España, en aquel momento muy deteriorado moral y socialmente y desanimado por una deriva de decadencia histórica; ni siquiera el prudente y dialogante catalanismo había podido frenar el incremento de la violencia de los movimientos obreros, y para impedir que ésta desarticulase muchas de sus iniciativas se veía obligado a pedir constante ayuda y soluciones a las autoridades de Madrid, de las que al mismo tiempo despotricaba.Como en la novela de G. K. Chesterton El hombre que fue jueves, en la capital catalana hubo muchos momentos en que a nadie extrañaba que los anarquistas fueran en realidad policías, y a la inversa. Mientras tanto, las bombas explotaban cada día en plena calle, patronos y obreros eran asesinados a decenas, los asaltos protagonizados por grupos de acción ácratas llenaban las páginas de los periódicos y las amenazas a jueces, testigos y personas indefensas constituían el pan de cada día.
Tras una breve disminución de la violencia en los meses terminales de la guerra mundial, el triunfo de la Revolución rusa había lanzado una señal de aviso internacional de que por fin la subversión del sistema era posible. Esa señal había sido captada en Barcelona, una devastadora huelga general en el invierno de 1919, provocada por la caída de salarios y la pérdida de empleos que trajo consigo el fin de la guerra, había dejado a la ciudad paralizada y el ejército tuvo que sacar las tropas a la calle para restablecer mínimamente el orden.
Referencia: Una heredera de Barcelona (Sergio Vila-Sanjuán)
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