Mostrando entradas con la etiqueta trascendental. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trascendental. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de enero de 2026

La hipocresía se ha impuesto como un modus operandi

Asumir que hay algo que transciende al ser humano es algo absolutamente poderoso. Todos somos responsables frente a algo, y eso afecta a nuestro comportamiento. Considerar que estamos al servicio de algo transcendental es maravilloso, pero considerar que lo transcendental está a nuestro servicio es una perversión absoluta.
Vivimos en un mundo en el que no tienes que ser virtuoso, sino mostrar que lo eres, y eso es lo contrario a la virtud cristiana, al menos, a la humildad, que ha desaparecido de la ecuación de las buenas virtudes públicas. En muchos casos, la supuesta virtud se demuestra atacando a los demás y mostrando los vicios ajenos, sin ver la viga en el ojo propio. La hipocresía se ha impuesto como un modus operandi admitido en la conversación pública, sobre todo en las redes sociales, manifiesta Victor Lapuente, catedrático de la Universidad de Goemburgo en Suecia.


sábado, 25 de enero de 2025

Educar es enseñar a desear lo bello

Educar, decía Platón, es enseñar a desear lo bello. Lo bello, decían los griegos, es la expresión visible de la verdad y de la bondad. La potencia del bien se ha prefigurado en la naturaleza de lo bello, afirmaba Platón. En los griegos no existe una verdad que no sea bella, o una belleza que no sea expresión de lo verdadero y de lo bueno. Verdad, bondad y belleza, también llamados trascendentales, forman un todo indivisible.
Podríamos decir que la razón de ser de la educación clásica es que el educado aspire a encarnar la belleza. Que sienta placer al hacer el bien, conocer la verdad y saborear lo bello. La virtud, por lo tanto, no consiste en un suplemento de fuerza en la voluntad, o en ir meramente a contracorriente de las propias tendencias: consiste en que todo el ser marque una tendencia natural hacia los trascendentales. El virtuoso no es aquel que sufre continuamente al hacer por deber lo que le disgusta, sino el que disfruta haciendo el bien, buscando la verdad y anhelando lo bello. Llana y sencillamente lo hace porque le da la gana. El motor de la virtud es la belleza, es bello aquello que tiene sentido. Podemos imaginar algo falso, pero solo podemos encontrar sentido y comprender aquello que es verdadero, decía Newton. Es precisamente por tener sentido que la belleza llena de sentido al que la anhela.

domingo, 14 de enero de 2024

La creación es un acto genuino de la autorrevelación de Dios

Mons. Gerhard L. Müller escribe que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien…" (Gn 1, 1-4). Estas pocas líneas contienen la respuesta de la fe a la pregunta originaria del ser humano y de la humanidad: ¿de dónde vengo y por qué estoy en la Tierra? ¿Qué es el ser y qué es el hombre? La Sagrada Escritura, en sus primeras líneas, nos ha dado la primera respuesta válida hasta el día de hoy en la fe en Dios creador y consumador. Todo lo que existe ha sido llamado por Dios a la existencia. El ser fue fundado a partir de su amor y de su voluntad.
La fe cristiana en la creación introduce al ser humano en una relación especial con Dios. Le concede la libertad, e incluso lo llama a la libertad. Esta libertad, sin embargo, implica un deber y no significa por tanto darle la espalda a Dios. Quien, sin embargo, reconoce la libertad como don de Dios ve en ella las posibilidades de configurar y ejercer una influencia positiva sobre el mundo. La creación en sí misma es sacada al principio del caos y conducida a un orden y estructura más profundos, que sólo podrá percibir quien reconozca el fundamento auténtico de todo lo creado en el hecho de que mantiene una relación con Dios en cuanto origen y consumador de todo el ser. El caos del principio retrocede ante el orden bueno del Creador: “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11, 20).
La creación es un acto genuino de la autorrevelación de Dios, quien le ofrece un acceso a la misma al ser humano, al dotarle de la capacidad de la razón. El mundo creado no es un medio intercambiable al que Dios recurre arbitrariamente para revelarse. A través del ser del mundo que se trasluce en el acto de conocimiento, penetra Dios de forma irrefutable dentro de la realización racional del hombre. Donde quiera que el hombre, en su auto experiencia trascendental, se plantea la pregunta por el sentido y el fin del ser humano, encuentra a Dios como fundamento trascendente del ser y del conocimiento finitos. Y dado que Dios se revela en la experiencia que el hombre tiene de sí y del mundo como el origen libre del mundo y del hombre, del ser y del conocimientos finitos, como el misterio santo, hay que hablar aquí, en un sentido explícito, de autorrevelación de Dios. Este originario conocimiento de Dios como creador desborda ampliamente incluso la posibilidad del acceso filosófico a Dios como causa trascendente del universo, porque este encuentro originario con Dios significa ya de por sí un encuentro con Dios del que nace la salvación. 

lunes, 25 de mayo de 2020

El odio y la intolerancia son como la cárcel reduccionista




Se pueden dar argumentos racionales de la existencia de un Dios trascendental desde una comprensión puramente filosófica de los trascendentales, bondad, verdad, belleza, pero es mucho más difícil argumentar racionalmente contra nuestros propios prejuicios. El odio y la intolerancia, amargos frutos de la soberbia, son como la cárcel reduccionista en la que encerramos a nuestro propio intelecto, constreñido por nuestro ego. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Las personas que entran en las sectas.


El ser humano, en cualquier época histórica, aunque mucho más acusado cuando entra en una fase de crisis social profunda, necesita algo inamovible en lo que creer. Algo a lo que subirse para poder navegar a salvo por encima de las miserias cotidianas. Para lograrlo no escatimará esfuerzos. Y si no lo encuentra se decantará hacia los nuevos productos de consumo ideológico/emocional. Cualquier cosa, dice el periodista de investigación Pepe Rodríguez, podrá servir para obtener la anhelada sensación de seguridad; bastará con que, lo hallado, no sea confrontable ni confrontado con la razón. Lo mágico y lo trascendental se elevan a la categoría de realidad primordial en base a que sobrepasan la capacidad de entendimiento humano.

En una entrevista realizada a Sandra Santarelli, antigua adepta y empleada de Dianética (rama de la secta Iglesia de la Cienciología) manifestaba que “por el cargo que yo tenía en Dianética pude ver que las personas que entraban en la secta se pueden dividir en varios grupos. Los marginados, personas que han tenido problemas de drogas y están hechas polvo y los cazan. Otro grupo que está compuesto por gente normal, estudiantes o jóvenes que tienen problemas en su casa. En otro estarían las personas tímidas, con problemas de comunicación, personas introvertidas a las que les gustaría tener un grupo de amigos o les gustaría comunicarse mejor. Y, finalmente, están los que sufren una crisis, que se sienten solos, muchos de ellos divorciados”.

El ser humano necesita algo inamovible en lo que creer.

domingo, 15 de octubre de 2017

El universo desacralizado en que vivimos.

El universo desacralizado en que vivimos hoy, el que nos describe el periodismo, el que nos vende la publicidad, el que nos ofrece el turismo; ese universo explorado por la ciencia, manipulado por la técnica, transformado por la industria, se va cambiando gradualmente en un reino de escombros donde sobra toda religión, donde sobra toda filosofía, donde sobra toda poesía; un mundo vertiginoso y evanescente donde todo es desechable, incluidos los seres humanos, donde los innumerables significados posibles de toda cosa se reducen a un único significado, su utilidad, dice William Ospina.

Nada.
El triunfo del positivismo y el alcance del nihilismo que lo sigue no son meros errores o caprichos de la historia. La caída de la era cristiana y el desmoronamiento de los valores sobre los cuales se sustentó la humanidad durante siglos; la pérdida de un sentido trascendental de la historia; la “muerte” de una religión, con sus legislaciones y sus éticas, no pueden dejar de precipitar al mundo en una edad de vacío de desconcierto. Así ha enunciado en este siglo T. S. Eliot:  ¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir? ¿Dónde la
TS Eliot 
sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información? Veinte siglos de historia humana. Nos alejan de Dios y nos aproximan al polvo. Y así lo anunciaba Nietzsche en sus gritos de vidente y de solitario: El desierto está creciendo. Desde fines del siglo XIX, la filosofía supo advertirnos que se acercaban tiempos aciagos. “El más incómodo de los huéspedes ya está a las puertas” escribió también Nietzsche. “El nihilismo ya está aquí”.

lunes, 17 de julio de 2017

La utilidad común es óptima sólo cuando el esfuerzo de todos queda supeditado a un valor trascendental.

Buena parte del esfuerzo de los políticos está destinado a convencernos de que los hombres son más útiles cuando son de utilidad para los demás, pero al mismo tiempo suprimen el único criterio que podría justificar esa máxima, a saber, que la utilidad común es óptima sólo cuando el esfuerzo de todos queda supeditado a un valor trascendental, escribe Richard M. Weaver, y como la gratificación material no puede ocupar su lugar, es ésta una de las razones por las que el estado secular acaba fomentando el odio intenso hacia los políticos, empeñados en obligar a los unos a que acepten a los otros como sus superiores. Se deja de trabajar “como siempre, bajo la mirada del Jefe supremo”, y se pasa a hacerlo para el vecino, a quien se desprecia. Lógicamente, esta situación no puede sino degradarse, ya que la idea de que el trabajo lo asignan únicamente los hombres hace que todos estén a disgusto con la parte que les ha correspondido y nadie crea en la utilidad del que le ha tocado en suerte realizar. 


Richard M. Weaver
La tecnología agrava esta tendencia pero hay que señalar que el antiguo mandato moral desaparece cuando sentimos que nuestro trabajo nos ha sido impuesto por otros hombres, que no son mejores que nosotros. Y en lugar de una idea de vocación que se ha vuelto incomprensible, apelamos a esa extraña hipóstasis moderna: la vocación de “servicio”. Se pretende imponer la subordinación elaborando la hipótesis de que hay algo más grande que nuestro ego, pero ese algo no es más que una multitud de egos egoístas. Y añade Weaver, que una vez más asistimos al habitual paso de la calidad a la cantidad; no se está sirviendo la instancia más noble del individuo (ello también supondría el reconocimiento de alguna forma de jerarquía y, en última instancia, de un mandato dictado desde arriba), sino meramente las demandas del consumo. ¿Y a quién puede ocurrírsele admirar a quienes encabezan la jerarquía del consumo?