domingo, 19 de abril de 2026

Cuando quien dirige necesita la brutalidad, es que no ha sabido ejercer la autoridad

Si lo propio del ser humano es hablar, la violencia es inarticulada; no compromete a ningún dialogo. Solo después de realizada se habla de la violencia, para intentar justificarla, o bien para denunciarla como injustificable. La violencia no habla….Para que la obligación se imponga, se necesita el consentimiento, el del ciudadano pero también el de la ciudad, de la sociedad, de una forma de adhesión del número. El poder nunca se fundamenta solo. La violencia se funda sola, pero el poder no. El poder puede disolverse si el pueblo no consiente ya, si ya nadie consiente. El poder es una realidad humana, en el sentido de que se organiza a través de la sociedad. La violencia es una irrealidad inhumana, en su pura brutalidad, se afirma sin hablar.
La utilización de la violencia es un signo de un fracaso del poder. Y eso es verdad no solo en el orden político en cuanto tal, sino también en todas las pequeñas sociedades que rodean nuestra existencia, en todos los grupos humanos, en una empresa, una asociación o una familia. La violencia siempre es un signo de un fracaso de poder. Y cuando quien dirige necesita la brutalidad, es que no ha sabido ejercer la autoridad, escribe François-Xavier Bellamy, profesor de Filosofía y eurodiputado en el Parlamento Europeo.


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