jueves, 30 de abril de 2026

Los fabricantes de bulos desde las instituciones, han decidido que la desinformación es un problema

Desde las universidades, nos predicaban ayer que no hay una verdad en la historia, sino que hay una por cada colectivo implicado, hoy nos hablan de sesgos y de parcialidad. Son los mismos que sometieron la preocupación por la verdad y el rigor de los hechos, a menudo tan difícil de apresar, al poder del relato. En el trasfondo latía una visión perversa que proclamaba que la democracia, la opinión de la mayoría, también tenía la capacidad para decidir sobre lo cierto. Si un relato triunfaba es porque la ciudadanía lo consideraba más cierto que sus alternativas, y, por tanto, estaba bien. O al menos lo estuvo hasta que empezaron a triunfar los relatos de los otros, de los fachas, y entonces resultó que la democracia podía equivocarse. Ahora se rasgan las vestiduras y parecen clamar, como el Capitán Renault, de Casablanca: ¡Qué escándalo, aquí se juega! Pero es sólo porque contemplan con alarma y preocupación cómo relatos distintos a los suyos se abren paso y calan en la gente.
Ahora, de repente, los desinformadores profesionales; los maestros en la creación de cortinas de humo; los manipuladores de las emociones en contra de la verdad; los fabricantes de bulos, no desde cuentas anónimas, sino desde las instituciones, han decidido que la desinformación es un problema. La democracia está bien si triunfan nuestras ideas, pero no es verdadera democracia cuando triunfan las de los demás, que, por descontado, son perversas y peligrosas, escribe Vidal Arranz.

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