Escribe Massimo Recalti en El grito de Job: “Job, el hombre recto y temeroso de Dios y justo, se lo deja caer, se revuelca en polvo y en ceniza, su cuerpo cubierto de llagas. La noche de Job se asemeja a la de Jesús en el huerto de Getsemaní; el padre no se preocupa de su hijo, no lo cuida; lo deja en la soledad más absoluta; el silencio de Dios resulta escandaloso ante el dolor del hombre. Pero Job, forzado a esa soledad y a ese silencio, no cesa de dirigirse a Dios. Su fe insiste en la forma extrema del grito ¿Por que?. ¿Por que la ley de Dios no sanciona al malvado y se ceba, en cambio, en el inocente? El dolor de Job no puede explicarse en términos de sentido porque no existe teología capaz de justificar su desmesura.”
“El hombre no es dueño del dolor, como tampoco es dueño de su muerte. Job, sin embargo, a diferencia del hombre griego, no se limita a constatar lo absurdo del dolor, su insensatez y su crueldad originarias, sino que insiste en dirigirse a Dios, exige en encontrarse con El cara a cara, verlo en persona. Pero cuando por fin, al termino del libro, se produce el encuentro con Dios en persona, Job se encuentra ante la desmesura de la creación. El poder de Dios no es el poder del mal, sino el poder ontológico de la creación.”
“La Ley de Dios no puede suprimir la presencia del sufrimiento, porque esa presencia coincide con el carácter contingente de la existencia misma. El sufrimiento de la vida humana ya no es signo moral de la culpa, sino que refleja nuestra condición ontológica, la desproporción que nos separa de Dios. El desafío desesperado de Job se transforma, por tanto, en una inquietud nueva ; no la de atribuir sentido al dolor, sino la de no renunciar a la vida a causa del dolor. Al encontrase, gracias a su fe, con el rostro de ese Dios, Job salva al hombre del suplicio de una Ley moral inhumana cuya impostura él ha revelado irreversiblemente.”
“La Ley de Dios no puede suprimir la presencia del sufrimiento, porque esa presencia coincide con el carácter contingente de la existencia misma. El sufrimiento de la vida humana ya no es signo moral de la culpa, sino que refleja nuestra condición ontológica, la desproporción que nos separa de Dios. El desafío desesperado de Job se transforma, por tanto, en una inquietud nueva ; no la de atribuir sentido al dolor, sino la de no renunciar a la vida a causa del dolor. Al encontrase, gracias a su fe, con el rostro de ese Dios, Job salva al hombre del suplicio de una Ley moral inhumana cuya impostura él ha revelado irreversiblemente.”

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