domingo, 26 de abril de 2026

Una vez que se consiga la habilidad tecnológica para manipular el corazón, la política democrática se convertirá en un espectáculo de guiñol emocional

“Hemos perdido la noción de una realidad objetiva. La noticia está en describir qué ocurre en las redes” dice el catedrático de Ciencias Políticas Fernando Vallespín.“Ya no vivimos en una democracia, vivimos en una emocracia, donde los sentimientos importan más que la razón. Y nunca te valgas de palabras cuando puedas usar un emoji”, dice el historiador Niall Ferguson.
“Las redes sociales han erosionado la conversación pública, ineludible en una democracia; y ya no hay gatekeepers o intermediadores, como eran los medios de comunicación de masas tradicionales”. Y estos últimos en lugar de observar la realidad, como hacían antes, “cada vez observan más cómo las redes sociales observan la realidad”. De forma que, “ya nadie filtra o tutela la opinión pública”.Al perder esos medios o gatekeepers, la “auctoritas de intermediadores”, las redes se han convertido en “un espacio donde cualquiera puede entrar; donde nadie se cree nada y donde opiniones disidentes cuestionan la posición científica oficial”. Se trata, generalmente, de opiniones “reactivas, no se dialoga o argumenta”; y el usuario entra en las redes “para enfrentarse a alguien”, opina Fernando Vallespín.


“El control de las emociones por parte de la inteligencia artificial supone una revolución que tiene consecuencias políticas espeluznantes” afirma Vallespín. Con los algoritmos “nuestras preferencias, nuestros deseos, nuestros pensamientos son cognoscibles sin necesidad de que nosotros los declaremos”. Sobre todo, cuando en procesos electorales, se manipulan los comicios utilizando “nuestras debilidades y nuestros miedos contra nosotros. Tocan nuestras emociones como quien aprieta un botón”. Vallespín citando a Yuval Harari advierte que “una vez que alguien consiga la habilidad tecnológica para manipular el corazón humano, de forma fiable, barata y a escala, la política democrática se convertirá en un espectáculo de guiñol emocional”. A pesar de todo, “los medios tradicionales siguen ahí” apostilla; y las redes sociales también puede servir para “difundir buenos artículos”. Pero la pregunta que cabe hacerse es “si hay suficiente deliberación en el espacio público para compensar el ruido”.

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