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martes, 26 de marzo de 2024

Las revoluciones son la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política

Ninguna revolución es posible allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones son  respuestas posibles a la delegación de poderes de un régimen, no la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política. En todos los lugares en los que se ha permitido que se desarrollen sin control esos procesos desintegradores, habitualmente durante un periodo prolongado de tiempo, pueden producirse revoluciones, a condición de que haya un número suficiente de gente preparada para el colapso del régimen existente y para la toma del poder. Las revoluciones parecen triunfar siempre con una facilidad pasmosa en sus fases iniciales, y el motivo de que así sea es que quienes supuestamente hacen las revoluciones no toman el poder, sino que más bien recogen los pedazos del mismo que yacen en las calles.
Una de las principales consecuencias de la revolución en Francia consistió en que, por primera vez en la historia, el peuple salió a la calle y se hizo visible. Cuando sucedió aquello, se descubrió que no únicamente la libertad, sino también la autonomía para ser libres, había sido desde siempre el privilegio de unos pocos. La Revolución estadounidense ha tenido en todo momento muy poca trascendencia para la comprensión histórica de las revoluciones, mientras que la Revolución francesa, que acabó en un rotundo fracaso, ha determinado y sigue determinando lo que actualmente denominamos la tradición revolucionaria. Solo los que están libres de la necesidad pueden apreciar plenamente lo que es estar libre del miedo, y solo estos se hallan en condiciones de concebir la pasión por la libertad pública, de desarrollar en su interior ese gusto por la liberté y esa característica complacencia por igualdad que acarrea. Esquemáticamente hablando, cabría decir que cada revolución pasa primero por la fase de liberación, antes de poder alcanzar la libertad, la segunda fase y también la decisiva en la fundación de una nueva forma de gobierno y de un nuevo cuerpo político. A lo largo de la Revolución estadounidense, la primera fase supuso la liberación de las restricciones políticas, de la tiranía, de la monarquía o de cualquiera que sea la palabra que se haya usado. Esa primera fase se caracterizó por la violencia, pero la segunda fue cuestión de deliberación, de discusión y de persuasión, de aplicar la ciencia política tal como concebían este término los fundadores.

miércoles, 3 de enero de 2024

A veces da la impresión de que la cultura europea es una especie de zombi

Que la cultura europea siga viva es una cuestión discutible. A veces da la impresión de que es una especie de zombi, un cadáver que sigue caminando. Se cree que Jacques Delors acuñó en 1992 la fórmula de que deberíamos devolver el alma a Europa. Esta afirmación implica que la ha perdido, que en la actualidad está literalmente inanimada.
La sociedad occidental está siendo testigo del desmoronamiento de la denominada forma tradicional de familia. Las crecientes tasas de divorcio, las relaciones sexuales prematrimoniales, las relaciones y  nacimientos extramaritales, los padres y madres solteros, sin mencionar las supuestas familias homosexuales, forman parte de este fenómeno. 
El Estado moderno y el mercado, no pueden evitar romper la familia y reformarla según sus propias necesidades. Destruir la familia es parte de su agenda. El Estado moderno intenta reducir a los seres humanos a individuos. Individuos que pagan y votan, es decir, a ciudadanos. El Estado no es la única fuerza que amenaza a la familia. El mercado también trata de reducir a las personas a individuos que venden y compran, a consumidores para quienes todo lo que existe debe considerarse como una mercancía que tiene un precio.


lunes, 3 de enero de 2022

La integración económica terminaba con las viejas rivalidades militares

Con el desmoronamiento del comunismo en la Europa del este, y luego, dos años después, la desintegración de la propia Unión Soviética, mucha gente llegó a la conclusión de que el modelo de democracia capitalista occidental había ganado la partida.Tanto los estados de la guerra como los estados del bienestar de mediados del siglo XX se habían debilitado por una oleada de liberalización económica internacional, liderada por el gobierno de Margaret Thatcher en Gran Bretaña. Europa occidental había mostrado desde la guerra que la integración económica unía a los pueblos y terminaba con las viejas rivalidades militares. Ahora eso parecía estar produciéndose a una escala global, manifiesta el historiador Niall Ferguson.

martes, 6 de noviembre de 2018

El desmoronamiento de los fundamentos establecidos del poder estatal.


Las instituciones del Estado de bienestar están siendo progresivamente desmanteladas, mientras que se eliminan las restricciones previamente impuestas a las actividades comerciales y al libre juego de la competencia mercantil y sus consecuencias. El Estado se lava las manos ante la vulnerabilidad y la incertidumbre que dimanan de la lógica del libre mercado, redefinida ahora como un asunto privado. Estas nuevas tendencias, afirma Zygmunt Bauman, tienen un efecto secundario, socavan los fundamentos en los que se apoyaba cada vez más el poder estatal en los tiempos modernos. 

El  célebre crecimiento de la apatía política, la pérdida del interés y el compromiso políticos, la creciente despreocupación por la ley, múltiples signos de desobediencia civil y una retirada masiva de la participación en la política institucionalizada por parte de la población, todos estos fenómenos atestiguan el desmoronamiento de los fundamentos establecidos del poder estatal.

Dice Zygmunt Bauman que el Estado confía en restaurar su monopolio perdido, fortaleciendo de manera artificial o, cuando menos, dramatizando mucho con el fin de inspirar un volumen de “temor oficial” lo bastante grande como para eclipsar y relegar a una posición secundaria las preocupaciones relativas a la inseguridad generada por la economía, sobre la cual nada puede ni desea hacer la administración estatal. A diferencia del caso de las
amenazas al sustento y al bienestar generadas por el mercado, el alcance de los peligros para la seguridad personal debe anunciarse intensamente y pintarse del más oscuro de los colores, de suerte que la no materialización de las amenazas pueda aplaudirse como un evento extraordinario, como un resultado de la vigilancia, el cuidado y la buena voluntad de los órganos estatales.

lunes, 5 de marzo de 2018

La sociedad del mañana es una sociedad sin memoria.

Desde los tiempos de Herodoto, la historia ha representado la memoria colectiva como base sobre la que construir la identidad de un pueblo, afirmar su verdadera cultura y consolidar sus tradiciones, leyes, costumbres y conducta. En la era moderna, la historia ha ayudado a que se consolidaran los Estados, cada uno con su propia historia nacional legitimadora que justificaba su propio progreso y la necesidad de una industrialización dirigida al crecimiento económico. El desmoronamiento de la confianza en una historia ha contribuido al clima de incertidumbre reinante y a eliminar ese sentido de comunión en la marcha hacia el progreso al que la modernidad había apuntado. De ahí también que el individuo se haya encontrado más solo aún al verse súbitamente enfrentado a un mundo incognoscible y adverso, pues está hoy privado de un sentido de la historia y la autoconciencia. Los precursores de la posmodernidad (de Nietzsche a Heidegger) consideraban la historia más como una impostura que como una memoria de la verdad y la sustituyeron por el acontecimiento o el suceso.

Como dice el sociólogo italiano Carlo Bordoni, el suceso no
Carlo Bordoni
tiene memoria; tiene un valor en sí y para el periodo en que tiene lugar. No es repetible, y su verdad radica en la imposibilidad de que se repita. Es único y, por lo tanto, universal. Ese enfoque, dice Bordoni, además de vaciar de significado la historia, niega implícitamente todo valor a la evocación del pasado como advertencia para no repetir errores. Si todo acontecimiento es único de por sí, no tiene sentido usarlo como un medio de disuasión para que otros no repitan hechos del mismo tipo. La nueva historia, lejos de tratar de funcionar como una perspectiva general del conjunto de una comunidad como tal, se transforma en una caótica suma de acciones personales, divididas, fragmentadas e inservibles para una comprensión futura. Un conjunto de sucesos cuyo sentido, a largo plazo, se dispersa y se presta más bien a la confusión. Por esa razón, el acontecimiento más reciente, el de palpitante actualidad, el nuevo, representa el rostro de la verdad en ese momento y derrota al suceso anterior. Todo lo que ya ha pasado, aunque esté registrado en la memoria masiva, indeleble y fijado para siempre en los medios electrónicos, sabe a obsoleto y por consiguiente es rechazado por la conciencia social, que vive en un presente eterno que nunca deja de renovarse como tal.

La sociedad del mañana, avisa Bordoni,  es una sociedad sin memoria, condenada a repetir los errores del pasado y a reconstruir agotadoramente su propia experiencia desde cero, pero será tan diferente de la sociedad moderna que dejamos ahora atrás que incluso los errores del pasado, cuando se repitan, aparecerán bajo una nueva luz, como si nunca antes nadie los hubiera visto. Es tan profundo el cambio que se produjo al término de la modernidad y son tan rápidas las innovaciones, que de poco servirá la experiencia pasada.

sábado, 10 de febrero de 2018

Hitler puso delante de los alemanes unas tentaciones transgresoras que muchos abrazaron con entusiasmo.


Cuenta el historiador Michael Burleigh que Hitler puso delante de los alemanes unas tentaciones transgresoras que muchos abrazaron con entusiasmo. Una propaganda cuidadosamente construida y su propia y apabullante retórica elevaron esta relación a un plano más exaltado, dado que el Führer no hacía nada por contrarrestar la impresión de que él era el redentor o salvador de la raza y la nación, un ser divino por no decir un verdadero dios, como Hirohito en Japón. Algunos alemanes daban fe de los efectos milagrosos de su mirada o sus manos, en tanto que un número considerable de protestantes se mostraban dispuestos a remodelar la imagen de Jesús como la de un ario honorario. La esperanza demostró ser lo último que se pierde cuando Hitler regaló una fotografía suya autografiada a una escuela para ciegos, sin duda ansiosa de recibirla. Aunque el Partido Nazi tenía este componente paramilitar un tanto matón, también atraía a las sobrias clases medias protestantes, que habían experimentado la catástrofe de la inflación y el concomitante desmoronamiento familiar y social a principios de 1920.
Los alemanes menos violentos necesitaban que las cosas se expresaran en términos de restauración moral y religiosa, tras el periodo de indulgencia cultural y sexual de la República, cuando la juventud alemana supuestamente había pecado en masa. La ausencia o la muerte de sus padres en la guerra, así como los excesos artísticos de la capital, habían contribuido de alguna forma a justificar esta acusación.

Los alemanes menos violentos necesitaban que las cosas se expresaran en términos de restauración moral y religiosa

Algunos alemanes daban fe de los efectos milagrosos de su mirada o sus manos

domingo, 15 de octubre de 2017

El universo desacralizado en que vivimos.

El universo desacralizado en que vivimos hoy, el que nos describe el periodismo, el que nos vende la publicidad, el que nos ofrece el turismo; ese universo explorado por la ciencia, manipulado por la técnica, transformado por la industria, se va cambiando gradualmente en un reino de escombros donde sobra toda religión, donde sobra toda filosofía, donde sobra toda poesía; un mundo vertiginoso y evanescente donde todo es desechable, incluidos los seres humanos, donde los innumerables significados posibles de toda cosa se reducen a un único significado, su utilidad, dice William Ospina.

Nada.
El triunfo del positivismo y el alcance del nihilismo que lo sigue no son meros errores o caprichos de la historia. La caída de la era cristiana y el desmoronamiento de los valores sobre los cuales se sustentó la humanidad durante siglos; la pérdida de un sentido trascendental de la historia; la “muerte” de una religión, con sus legislaciones y sus éticas, no pueden dejar de precipitar al mundo en una edad de vacío de desconcierto. Así ha enunciado en este siglo T. S. Eliot:  ¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir? ¿Dónde la
TS Eliot 
sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información? Veinte siglos de historia humana. Nos alejan de Dios y nos aproximan al polvo. Y así lo anunciaba Nietzsche en sus gritos de vidente y de solitario: El desierto está creciendo. Desde fines del siglo XIX, la filosofía supo advertirnos que se acercaban tiempos aciagos. “El más incómodo de los huéspedes ya está a las puertas” escribió también Nietzsche. “El nihilismo ya está aquí”.