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lunes, 1 de junio de 2020

Los libros no se agotan




Los primeros lectores del Quijote leyeron un libro distinto del que leemos nosotros; se rieron de lo mismo que ahora nos entristece. La novela que leemos con dieciocho años es diferente de la novela que leemos con cuarenta. Se titula igual, pero es otra. Las palabras se han modificado, los personajes han adquirido atributos nuevos, sus rasgos se han alterado.Los libros se acaban, pero no se agotan.


viernes, 7 de febrero de 2020

Necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos



El Papa Francisco en Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales ha dedicado su mensaje a la narración. Desde la infancia, dice el Papa, tenemos hambre de historias como tenemos hambre de alimentos. Ya sean en forma de cuentos, de novelas, de películas, de canciones, de noticias…, las historias influyen en nuestra vida, aunque no seamos conscientes de ello. A menudo decidimos lo que está bien o mal hacer basándonos en los personajes y en las historias que hemos asimilado.

El hombre no es solamente el único ser que necesita vestirse para cubrir su vulnerabilidad (cf. Gn 3,21), sino que también es el único ser que necesita “revestirse” de historias para custodiar su propia vida. El hombre es un ser narrador porque es un ser en realización, que se descubre y se enriquece en las tramas de sus días. Pero, desde el principio, nuestro relato se ve amenazado; en la historia serpentea el mal.



Mientras que las historias utilizadas con fines instrumentales y de poder tienen una vida breve, una buena historia es capaz de trascender los límites del espacio y del tiempo. A distancia de siglos sigue siendo actual, porque alimenta la vida. En una época en la que la falsificación es cada vez más sofisticada y alcanza niveles exponenciales (el deepfake), necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos. Necesitamos valor para rechazar los que son falsos y malvados.

jueves, 7 de febrero de 2019

Dickens

Si a ese muchacho débil y pobre, de doce años, que trabajaba en una fábrica de betún y que regresaba fatigado y desesperanzado a su casa por entre los arrabales y la bruma de Londres alguien le hubiera dicho que no moriría de hambre, que sería escritor, y que medio siglo después sería enterrado como un héroe en la abadía de Westminster y llorado por toda Inglaterra, habría creído que se trataba de una broma. Lo cierto es que nada podía anunciar en 1824 que Charles Dickens, el pequeño obrero que sostenía a su familia casi indigente mientras el padre pagaba sus deudas en la cárcel de Marshalsea, se convertiría en un hombre famoso y en el escritor más leído y querido por los ingleses, y no ingleses, del siglo XIX.
Dickens leyendo a sus hijas, Mamie y Katey, en el jardín de Gad's Hill.
Dice William Ospina que es asombrosa la manera como captó y reprodujo, casi al instante, la atmósfera de la sociedad industrial que nacía, con su plétora de personajes singulares y sus nuevos modos de vida.Tal vez lo que le dio a Dickens su riqueza de lenguaje es lo mismo que se la dio a Shakespeare, el haberlo aprendido en la calle, antes o por fuera de toda academia. Que la gramática les haya llegado mucho después de las palabras, como a los grandes santos les llega la moral después de haber conocido la vida.

Dickens empezó a publicar sus novelas por entregas en los
Casa de Dickens en Londres.
periódicos y muy pronto las tiradas se multiplicaron extendiendo su fama. Los papeles del Club Pickwick son una extensa rapsodia de situaciones cómicas cuyo protagonista empieza por ser una especie de bufón y gradualmente se va convirtiendo en un héroe quijotesco, lleno de nobleza y de humanidad. En muchas de sus novelas ocurre ese curioso fenómeno, Dickens concibe argumentos medianamente triviales y crea para desarrollarlos personajes tan singulares y tan poderosos que se apoderan de las obras y las cargan de una inesperada energía.

Fiel a los principios de la democracia, Dickens no sólo creyó que todos los hombres somos iguales, también entendió que todos somos irreductiblemente distintos y que esa diversidad es nuestra riqueza.

martes, 1 de enero de 2019

Soñar.


Se dice que perdemos mucho tiempo soñando; pero ¿quién no sueña? Dudo que haya alguien que no le dedique siquiera unos breves momentos conscientes a elevarse por encima del mundo que le rodea, refugiándose en un ensueño deliberado. Y aunque no lo queramos, los sueños tienen una extraña habilidad para invadir nuestras vidas. Nos conducen hasta el mismísimo umbral de tierras a la vez cercanas y remotas.Soñando, superamos las hazañas de los gigantes que pueblan nuestros libros de cuentos.


Los escritores son los mayores soñadores de todos. Sus sueños aparecen en esos momentos en los que bajan la guardia, dejándose llevar por la inspiración, y componen con pluma y tinta esas frases que tanto amarán las generaciones venideras. Pero sólo veneramos los libros cuyos personajes y acontecimientos están directamente asociados a nuestros propios sueños. En este terreno no admitimos nada que nos suene a falso. Los escritores son los únicos soñadores que comparten sus sueños con otros.

jueves, 19 de octubre de 2017

Dostoievski.

Dostoievski
En Los hermanos Karamazov, que representa la cara más potente y natural de esa capacidad de Dostoievski, común a la mayoría de los grandes autores, de escribir sin darse cuenta como si cuestionara sus propias creencias, incluso como si se opusiera a ellas, nos expone sus convicciones en forma de conflictos espirituales y enfrentamientos entre personajes vivos. Lo más milagroso de esta gran obra está en cómo es capaz de que el lector se represente mentalmente a tal cantidad de personajes con personalidades tan distintas en todos sus pequeños detalles, colores y profundidad verosímil. Los personajes de otros autores, por ejemplo Dickens, también se nos quedan en la memoria pero por lo general los recordamos como extraños, o simpáticos, o por sus características caricaturescas. La gran fuerza de la
novelística de Dostoievski consiste en que es sobre todo el alma de los personajes lo que se nos queda en la cabeza, lo que se nos graba en el corazón. El hecho de que los tres hermanos Karamazov sean también, con una extraña lógica, hermanos espiritualmente, obliga al lector a que elija entre los personajes, a que se identifique con ellos, a hablar y a discutir sobre ellos. Por eso es por lo que una discusión sobre cualquiera de los hermanos Karamazov se convierte en una discusión sobre la vida.

Anna Grigórievna Dostoyévskaya
Dostoievski murió un año después de la publicación de Los hermanos Karamazov. Años más tarde, en sus memorias, su mujer nos cuenta cuánto se había cansado su marido por aquellos días al subir cuatro tramos de escaleras para participar en una reunión literaria, cómo se había quedado sin aliento y, con toda su inocencia, explica su silencio a lo largo de la reunión afirmando que, por desgracia, era un hombre demasiado orgulloso. A pesar de sus crisis de epilepsia y de su enfermedad del hígado, Dostoievski no renunció hasta sus últimos días a los placeres de tomar té, fumar y escribir novelas hasta el amanecer.

domingo, 9 de julio de 2017

Los “Reyes Magos” procedían de Persia.

El hecho de que procedieran los “Reyes Magos” de Oriente apunta a las lejanas regiones de allende el Jordán, el desierto sirio-arábigo, Mesopotamia, Persia. A favor del origen persa milita un episodio históricamente comprobado. Cuando, a principios del siglo VII, el rey persa Cosroes II invadió Palestina, destruyó las basílicas que la piedad cristiana había edificado en memoria del Salvador, excepto una, la Basílica de la Natividad, en Belén. Y esto por una sencilla razón, en su entrada figuraba la representación de unos personajes vestidos con atuendo persa, en actitud de rendir homenaje a Jesús en brazos de su Madre. 



La palabra magos, con que los designa el Evangelio, no tiene nada que ver con lo que hoy día se entiende por ese nombre. No eran personas dadas a la magia, sino hombres cultos, pertenecientes a una casta de estudiosos de los fenómenos celestes, discípulos de Zoroastro, ya conocidos por numerosos autores de la Grecia clásica. Por otra parte, es un hecho comprobado que la expectativa mesiánica de Israel era conocida en las regiones orientales del Imperio Romano, e incluso en la misma Roma. 

lunes, 5 de junio de 2017

Novela.


El siglo XIX es considerado con justicia el siglo de la novela porque acuñó un modelo de novela tan potente que sigue siendo el modelo dominante hoy. No creo, dice Javier Cercas, que exista ninguna diferencia esencial entre la idea de novela de un lector común y corriente a finales del siglo XIX y a principios del siglo XXI, para ambos, una novela sería una ficción en prosa de una cierta extensión, por usar las palabras de E. M. Forster, en la que se narra la historia de unos personajes a través de los cuales se propone, por usar las palabras del propio Robbe-Grillet, el estudio de una pasión, o de un conflicto de pasiones, o de una ausencia de pasión, en un determinado medio. Todo lo que se aparta de ese modelo suele producir incomodidad o simplemente rechazo en el lector común; todo lo que se aparta de ese modelo no suele considerarse una novela. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Conciencia acomodaticia.

Es curioso comprobar como algunos altos personajes de las finanzas, y no solo de las finanzas, condenan el robo con violencia, pero defraudan y roban en sus negocios.

domingo, 4 de diciembre de 2016

La medusa del poder.

Escuchando en TVE el relato de las décadas de poder de Fidel Castro, he recordado unas lineas escritas por Stefan Zweig:
El poder.
“¡mirada de medusa del poder! Quien le haya mirado una vez al rostro ya no puede apartar la vista de él, queda hechizado y cautivo. Quien ha ejercido alguna vez la embriaguez de gobernar y mandar, ya no puede privarse de ella. Ojeemos la Historia Universal en busca de ejemplos de retiro voluntario: excepto Sila y Carlos V, entre miles y decenas de miles de personajes apenas se encuentra una docena que, con el corazón saturado y la mente clara, hayan renunciado al casi blasfemo placer de representar el destino para millones de personas. Igual que un jugador no puede apartarse del juego, un bebedor de la bebida, un cazador furtivo de la caza, Joseph Fouché no puede alejarse de la política. La calma le atormenta, y mientras coge el arado con alegría, con la bien fingida indiferencia de un Cincinato, los dedos le arden y los nervios le tiemblan por volver a coger cartas políticas”.