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domingo, 12 de mayo de 2024

Olvidar es una función normal del cerebro

El cerebro a veces nos juega malas pasadas dejándonos en la estacada. Te encuentras a algún conocido y eres incapaz de recordar su nombre, o cuando en medio de una conversación se te olvida lo que ibas a decir. Olvidamos nombres, fechas o perdemos cosas, como las llaves o las gafas. Podría no ser nada o ser un síntoma habitual que caracteriza los procesos de deterioro cognitivo. En muchas ocasiones esos olvidos no tienen que ver con el deterioro cognitivo sino con una función natural del cerebro que interrumpe el pensamiento y nos hace perder el hilo. Mucha gente suele creer que tiene deterioro cuando aparecen estos lapsus de pensamiento, pero no siempre es así. “Todos tenemos momentos en los que el nombre o el título de una película está justo en la punta de la lengua, pero esos eventos son diferentes de los tipos de lapsus que pueden ser señales de advertencia de demencia”, apuntan expertos en geriatría del Johns Hopkins Medicine.
“Olvidar es una función normal del cerebro, es algo fisiológico porque si lo recordáramos todo sería un grandísimo problema”, asegura Alberto Villarejo, del grupo de Neurología de la Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología. Así lo confirmaba el trabajo realizado por el neurocientífico Adam Aron, de la Universidad de California, en San Diego, en colaboración con la Universidad de Oxford en el que se establece la conexión entre el núcleo subtalámico (un parte del cerebro medio que se activa cuando es necesario detener la acción que estamos haciendo) y el olvido de lo que estábamos a punto de decir después de un evento inesperado. Los investigadores creen que podría tratarse de una función de adaptación del cerebro. Este mecanismo para detener la acción y el pensamiento, podría haber evolucionado hace mucho tiempo como una manera de “resetear” nuestra cognición y permitir que se centre en algo nuevo.
El olvido de lo que estábamos a punto de decir puede deberse a que "un acontecimiento inesperado borra lo que estábamos pensando". Puede ser un ruido, como el teléfono, el timbre de la puerta, el ladrido de un perro, o el llanto de un niño... También por alguien que pasa muy cerca nuestro y nos sobresalta. Ante este imprevisto, el cerebro se para en seco y todos sus pensamientos cesan momentáneamente para valorar la gravedad o importancia de ese evento distractor. Es un sistema de frenado natural o lo que los psicólogos llaman, el 'descarrilamiento del tren de pensamiento’."No recordar dónde se ha dejado el móvil no es un problema de memoria, sino que uno lo deja cuando estaba haciendo otra tarea y lo hace de modo inconsciente”, apunta el Dr. Villarejo.

jueves, 14 de septiembre de 2023

Lo que no es útil es caro

Catón (234-149 a. C.) aconsejaba que había que  comprar no lo que es útil sino lo que es necesario; lo que no es útil es caro aun al precio de un as; economiza el tiempo; conócete a ti mismo. El remedio para las injurias es su olvido. La fortuna ayuda a los intrépidos, el perezoso es para sí un obstáculo.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Puede llegar el tiempo en que extensas partes del pasado constituyan lugares de olvido


A juzgar por la práctica desaparición de la historia narrativa de los programas educativos de las escuelas puede llegar pronto el tiempo en que, para muchos ciudadanos, extensas partes de su pasado común constituyan algo más similar a lieux d’oubli, lugares de olvido, o, más bien, lugares de ignorancia, pues habrá habido poco que olvidar,escribe Tony Judt. Enseñar a los niños, como hacemos ahora, a ser críticos con las versiones aceptadas del pasado sirve de poco si ya no hay una versión aceptada.

domingo, 12 de diciembre de 2021

El hombre se ha convertido en cosa y materia

El hombre, sobre la base de la ciencia y de la técnica llevadas a sus últimas consecuencias, ha llegado a ser capaz de construir y dominar las cosas; en cambio, no sólo no ha sabido crecer espiritualmente en la misma proporción, dominándose a sí mismo como domina las cosas, sino que en buena medida se ha olvidado de sí mismo, convirtiéndose en víctima de las cosas que él mismo ha producido. Incluso las llamadas ciencias humanas tratan al hombre como “cosa”, perdiendo así el sentido de la persona. Como ha observado Umberto Galimberti, desde el momento mismo en que las imágenes religiosas y filosóficas del hombre (el hombre es imagen de Dios, el hombre no es un medio sino un fin) han sido prácticamente destruidas, el hombre se ha convertido en cosa y materia. El sentido mismo de la muerte resulta completamente frustrado, hasta suprimido: “Despojado de sus valores religiosos, metafísicos y simbólicos no aceptados por el escenario tecnológico, la muerte llega hoy con un aspecto más desangelado, más desnudo, más carente de significado, casi un desecho de la vida, un residuo inútil, un completo extraño en un mundo frenético y ocupado no en alcanzar una auténtica o presunta finalidad, como ocurría en la perspectiva religiosa y humanística, sino con el único objetivo de exorcizar a la muerte segregándola, separándola, escondiéndola en el depósito de los desechos, en el vertedero del olvido”.

domingo, 26 de enero de 2020

Fue el último episodio en una larga cadena de actos


Cuenta el Cardenal Newman que “había un hombre rico, mencionado por el Señor, que, recogidas sus abundantes cosechas, se dijo a sí mismo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” Y dijo: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, y edificaré otros mayores y juntaré allí todo mi trigo, y diré a mi alma: tienes muchos bienes, descansa, come, bebe, diviértete” (cfr. Lc XII, 17-19). Fue llevado aquella misma noche. No era una falta muy llamativa, y seguramente no fue su primer gran pecado. Fue el último episodio en una larga cadena de actos de egoísmo y olvido de Dios, no mayor en intensidad que los anteriores, pero completando un número”.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Serás feliz cuando hagas felices a los demás.

Bernard Shaw decía que “hay dos catástrofes en la existencia: la primera, cuando nuestros deseos no son satisfechos; la segunda, cuando lo son”. Frustración o decepción. Sufrimiento o aburrimiento. Inanición o inanidad. Es el mundo del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo vanidad”.
Vanidad de vanidades.
Pascal explica que no se vive nunca para el presente, se vive un poco para el pasado, explica, y, sobre todo, mucho, mucho para el futuro. El fragmento se termina con estas palabras: “De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre dispuestos a ser felices,
Frustración y aburrimiento.
es inevitable que no lo seamos nunca”. ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar este ciclo de la frustración y el aburrimiento, de la esperanza y la decepción? Hay varias estrategias posibles. En primer lugar, el olvido, la diversión, como dice Pascal: “¡Pensemos rápidamente en otra cosa!” 

¿Que hacer? Hay mucha gente que finge ser feliz, muchos fingen que nunca morirán. Es una estrategia no filosófica, puesto que en filosofía se trata precisamente de no fingir, dice André Comte-Sponville. La respuesta está en que serás feliz cuando hagas felices a los demás sin preocuparte de tu propia felicidad.

miércoles, 9 de agosto de 2017

El clamor del anciano.


“No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones” (Sal 71,9). Es el clamor del anciano, que teme el olvido y el desprecio. Son muchos los avances de la ciencia que permiten mejorar las condiciones de los enfermos, pero ninguno de ellos puede reemplazar la cercanía humana.

domingo, 21 de mayo de 2017

El pensamiento requiere un espacio en el que sea posible olvidar, elegir, borrar, aislar, eliminar.

La memoria no puede sino acumular datos carentes de objeto y de significado. Recuérdese “Funes el memorioso”, el cuento filosófico de Jorge Luis Borges. Funes es un joven que, volteado por un caballo que no había sido completamente domado, es víctima de una extraña enfermedad; posee una memoria súper desarrollada; está privado de toda facultad de olvido; lo retiene todo; su mente se ve transformada en una especie de enorme vertedero, un monstruoso depósito atestado de fragmentos dispares, de instantes inconexos; es un gigantesco amontonamiento de imágenes sin contexto; ningún detalle puede ser eliminado, por insignificante que sea. Esta capacidad permanente e implacable de recuerdo total y absoluto es una maldición; excluye toda posibilidad de reflexión, pues el pensamiento requiere un espacio en el que sea posible olvidar, elegir, borrar, aislar, eliminar, poner de relieve. Si no pudiéramos desechar nada del desván de la memoria, no podríamos abstraer ni generalizar. Sin abstracción ni generalización, no puede haber pensamiento.