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martes, 28 de diciembre de 2021

La libertad total para los lobos es la muerte para los corderos


Libertad y la igualdad figuran entre los objetivos primordiales perseguidos por los seres humanos a lo largo de muchos siglos; pero la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos, la libertad total para los poderosos, los dotados, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y menos dotados, escribe Isaiah Berlin.



Para Berlin la igualdad puede exigir que se limite la libertad de los que quieren dominar; la libertad (y sin una cierta cuantía de ella no hay elección y por tanto ninguna posibilidad de mantenerse humano tal como entendemos la palabra) puede tener que reducirse para dejar espacio al bienestar social, para alimentar al hambriento, vestir al desnudo, cobijar al que no tiene casa, para dejar espacio a la libertad de otros, para que pueda haber justicia o equidad.



domingo, 22 de marzo de 2020

El infierno, un lugar de gran abandono y soledad


Lo que más caracteriza al infierno es un abandono, una soledad que no se pueden imaginar. Solemos pensar, y es cierto, que en el infierno están aquellas personas que han muerto en pecado mortal, dice Leo  Trese, pero sería más exacto decir que están quienes han rechazado el amor de Dios, pues el pecado mortal es precisamente eso. Irremediablemente apartados de Dios por tal rechazo, los pecadores no podrán gozar jamás de la presencia de Dios. 


Ahora bien, apartarse de Él es también separarse de todas las almas creadas por Él, por lo que el condenado se encuentra en una vasta y vacía soledad, tan absoluta, que la soledad de algunos en la tierra es sólo un juego de palabras. Aquí, todavía podemos acompañarnos a nosotros mismos. Buena prueba de ello es que, cuando nos relacionamos mucho con otras personas, anhelamos quedarnos solos para estar tranquilos y pensar en nosotros, entre otras cosas, porque todavía nos amamos. En el infierno, sin embargo, la ausencia de amor es total; no podemos amar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos. Aún peor, nos odiamos, nos detestamos. Hemos rechazado a Dios y, con Él, todo cuanto existe. Tal es el supremo horror del abandono y la soledad del infierno. Por si no bastara con habernos condenado a una existencia eterna en soledad, tenemos que coexistir con nosotros mismos, odiándonos con un odio salvaje y atroz. Para un alma en el infierno, la aniquilación total sería mil veces preferible. Si pudiera, se haría pedazos. Su eterno lamento, si se pudiese oír, sería algo así: “¡Odio a Dios! ¡Detesto a todo el mundo!... Pero eso no es nada en comparación con lo que me odio a mí mismo…”. El infierno es un lugar de gran abandono y soledad.

jueves, 1 de agosto de 2019

Llamado a amarla

Wenzel Peter, Adán y Eva en el Paraíso Terrenal
Cuando Adán vio por primera vez a Eva, su deseo hacia ella no fue experimentado como un impulso egoísta de tomarla. Al contrario, él reconoció que estaba llamado a amarla. De hecho, era su cuerpo desnudo el que le reveló a hacer de sí mismo un don total para ella. Al hacerlo, juntos reflejaron el mismo amor de Dios. El amor de Dios es libre, total, fiel y dador de vida, y así fue el de ellos. El hombre puro, dice Jason Evert, experimenta los mismos deseos que cualquier otro hombre, pero no permite que la belleza del cuerpo de la mujer le haga perder de vista la dignidad y respeto.

jueves, 18 de enero de 2018

Cada filósofo pretende tener su sistema.

El profesor García Morente manifestaba que en la filosofía contemporánea existe afán de originalidad. Cada filósofo grande, cada filósofo mediano, cada filósofo pequeño, cada filosofillo, cada filosofito, y hasta los estudiantes de filosofía, pretenden hoy tener su propio sistema. 

Es como los pintores y los músicos. Antiguamente, los pintores y los músicos pertenecían a una escuela y vivían tranquilos dentro de los métodos que su escuela musical o pictórica les daba. Pintaban modestamente, para ganarse la vida, cuadros muy decentes y aceptables, porque estaban sustentados en una estética clara y universalmente aceptada dentro de los recintos de su escuela. Pero hoy cada pintor quiere ser un renovador total de la pintura; y cada músico quiere renovar por completo el arte de la música. Y salen unas algarabías y unos bodrios horrorosos y espantosos. Por uno o dos que en efecto son hombres de genio y traen un elemento original a su arte, hay en cambio, una infinidad de chapuceros que lo único que hacen es, como dicen en París, en el barrio de los artistas, «epatar al burgués». En filosofía pasa algo parecido. Cada filósofo pretende tener su sistema. Si nosotros quisiéramos seguir en todos sus variados matices las divergencias que hay entre ése y éste y éste, estas pequeñas divergencias que hay entre uno y otro, con sus afanes de originalidad y de decir lo que nadie ha dicho, nos perderíamos en una selva de nimiedades muchas veces poco significativas.

jueves, 16 de marzo de 2017

Cervantes puso las bases de la novela moderna.

Epica caballeresca
La novela, un género realista y objetivo por naturaleza, aunque el camino hasta llegar a la forma bajo la que hoy la conocemos, y que estos artistas consagraron, hubiese sido largo. Desde la Edad Media (en la épica caballeresca se encuentran sus orígenes) hasta el siglo XVII, el género había sido entendido como simple sucesión de relatos a veces inconexos y en los cuales sólo había de narrativo la intención de contar. A principios del XVII, sin embargo, Cervantes puso las bases de la novela moderna
con El Quijote,un libro malinterpretado en su época y cuya maestría no tardaron en reconocer, desarrollar y aprovechar los novelistas ingleses del XVIII, a quienes podemos señalar como efectivos creadores del género según hoy lo entendemos; seguían existiendo en Europa, con todo, gran número de novelistas que insistían en aprovechar la técnica episódica y en acumular relatos no pocas veces mal ensamblados entre sí. 

Sólo la novela amorosa prerromántica supo dar, entre el
Tolstói
XVIII y el XIX, con la respuesta a las necesidades que el género exigía: el psicologismo; con la aparición del análisis psicológico en la narración y, sobre todo, con su articulación en torno a un conflicto anímico, la novela había encontrado la clave con la cual encarar la contemporaneidad, escribe Eduardo Iáñez. La narrativa se convierte de este modo en el género por excelencia del mundo contemporáneo, pues, al hacer del individuo y su estudio el centro del universo literario, estaba respondiendo inequívocamente a las demandas de una sociedad burguesa que veía en aquél su fundamento. Cuando, además, los maestros de la novelística del XIX comprendan que el psicologismo debe ser siempre conflictivo (pues los intereses de la sociedad chocan con los del individuo, y viceversa), añade Iáñez, se habrá dado el primer paso para entrar en una épica del mundo contemporáneo; se habrá incorporado a la novela una visión dialéctica de la realidad en la cual tendrá mucho que decir el
Benito Pérez Galdós
materialismo histórico marxista. En las obras de Balzac y Flaubert, de Tolstói y Dostoievski, de Eça de Queirós, Galdós y Clarín, por citar sólo a algunos maestros de la novela decimonónica, puede ya adivinarse, en mayor grado en unos que en otros, la posibilidad de una novela social, la búsqueda por medio del arte narrativo no ya de una verdad interior, sino de una verdad social que traduzca las necesidades de toda una época.

Marcel Proust
Algunos novelistas intentaron  conseguir una obra total, que apretase en sí toda la riqueza y la complejidad de la realidad, haciendo posible un tipo de novela cuyo remate habría de estar en el siglo XX, cuando el género ensanche sus límites en su intento de comprensión totalizadora del mundo. A ella comienzan a responder en buena medida los ambiciosos cuadros sociales de Dickens, Balzac o, en nuestro país, de Galdós; y a ella aspira igualmente Marcel Proust, el último novelista del XIX, epígono del Romanticismo y fundador de la novela de nuestro siglo.