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domingo, 18 de mayo de 2025

Cuando la hija dice a sus padres que está esperando

Leo J. Trese escribe que “cuando la hija dice a sus padres que está “esperando”, la primera reacción de ellos suele ser disgustarse horrorizados. ¿Cómo ha podido sucederle eso a su niña (que quizá no ha cumplido los veinte) a la que tanto han querido y mimado? Había sido siempre tan buena... ¡Y ahora esto! ¿Cómo ha podido convertirse en un ser tan inconsciente? ¿Dónde han fallado ellos (los padres) al formarla? De este tipo son las acusaciones y recriminaciones que los padres pueden sentirse tentados de hacer a su hijo y a ellos mismos. El shock es comprensible, pero una reacción así es la peor respuesta posible a la situación. En primer lugar, la muchacha no se ha vuelto mala por el hecho de su embarazo.El hecho de que tener un hijo no es un pecado. La unión extramatrimonial fue un pecado, pero el embarazo resultante no lo es. La criatura que esta hija lleva en su vientre está destinada a ser un hijo de Dios. Cuando ella y su novio concibieron el cuerpo del niño, pusieron en movimiento el poder creador de Dios; y Dios insufló un alma espiritual e inmortal a ese cuerpo.”
“La muchacha puede confesar su situación llorando o como de pasada o, incluso, con actitud desafiante. Sea como fuere, es de esperar que los padres traten de disimular sus sentimientos de pesar y afronten el hecho con garbo. Si hay alguna ocasión en que su hija pueda necesitar de su comprensión y de su amor, es ésta. La chica está atemorizada, dolorida, apenada y confundida.El matrimonio con el padre del niño no será indicado a menos de que se pueda confiar firmemente en que será feliz y duradero. Cuestiones del tipo de si será mejor el matrimonio que tener al niño secretamente, o de si será mejor conservar al niño o dejar que lo adopten, sólo pueden ser decididas después de un cambio de impresiones sereno y realista con consejeros cualificados.”

miércoles, 6 de marzo de 2019

Lógica y realidad.

Incluso en las novelas o en el teatro del absurdo, el autor se obliga a persistir, en su obra, en la lógica del absurdo, dice Castilla del Pino. Sólo así una obra, la que quiera que sea, aparece ante el lector como creíble, con la realidad suficiente (la que presta la sujeción a las leyes lógicas que le impone la figura creada). Y si no es así, entonces la obra aparece como forzada y artificiosa, y sabido es que nada facilita más el abandono de una novela de nuestras manos, no el que no sea realista, sino el que no sea lógica. 

Realidad, dice Torrente, es todo lo que existe, este hombre, este río, la Revolución Francesa, el logaritmo de pi, una metáfora, una utopía, a condición de que cada uno de ellos sea colocado en la esfera que le corresponde. Hay que señalar la coincidencia de esta tesis de Torrente con la que mantienen los filósofos analíticos (Strawson, Waismann, Russell, Quine), los psicoanalistas (los cuales se ven obligados a operar con lo que el paciente se figuró, se imaginó, no con lo que fue objetivamente). Pero hay que subrayar, dirá Castilla del Pino, que el que no hay más leyes que las de lo real, y que sería contradictorio admitir que tales leyes existen para determinadas esferas, las de la realidad empírica, objetiva, y no para otras, las de la realidad que denominamos imaginación.

jueves, 16 de marzo de 2017

Cervantes puso las bases de la novela moderna.

Epica caballeresca
La novela, un género realista y objetivo por naturaleza, aunque el camino hasta llegar a la forma bajo la que hoy la conocemos, y que estos artistas consagraron, hubiese sido largo. Desde la Edad Media (en la épica caballeresca se encuentran sus orígenes) hasta el siglo XVII, el género había sido entendido como simple sucesión de relatos a veces inconexos y en los cuales sólo había de narrativo la intención de contar. A principios del XVII, sin embargo, Cervantes puso las bases de la novela moderna
con El Quijote,un libro malinterpretado en su época y cuya maestría no tardaron en reconocer, desarrollar y aprovechar los novelistas ingleses del XVIII, a quienes podemos señalar como efectivos creadores del género según hoy lo entendemos; seguían existiendo en Europa, con todo, gran número de novelistas que insistían en aprovechar la técnica episódica y en acumular relatos no pocas veces mal ensamblados entre sí. 

Sólo la novela amorosa prerromántica supo dar, entre el
Tolstói
XVIII y el XIX, con la respuesta a las necesidades que el género exigía: el psicologismo; con la aparición del análisis psicológico en la narración y, sobre todo, con su articulación en torno a un conflicto anímico, la novela había encontrado la clave con la cual encarar la contemporaneidad, escribe Eduardo Iáñez. La narrativa se convierte de este modo en el género por excelencia del mundo contemporáneo, pues, al hacer del individuo y su estudio el centro del universo literario, estaba respondiendo inequívocamente a las demandas de una sociedad burguesa que veía en aquél su fundamento. Cuando, además, los maestros de la novelística del XIX comprendan que el psicologismo debe ser siempre conflictivo (pues los intereses de la sociedad chocan con los del individuo, y viceversa), añade Iáñez, se habrá dado el primer paso para entrar en una épica del mundo contemporáneo; se habrá incorporado a la novela una visión dialéctica de la realidad en la cual tendrá mucho que decir el
Benito Pérez Galdós
materialismo histórico marxista. En las obras de Balzac y Flaubert, de Tolstói y Dostoievski, de Eça de Queirós, Galdós y Clarín, por citar sólo a algunos maestros de la novela decimonónica, puede ya adivinarse, en mayor grado en unos que en otros, la posibilidad de una novela social, la búsqueda por medio del arte narrativo no ya de una verdad interior, sino de una verdad social que traduzca las necesidades de toda una época.

Marcel Proust
Algunos novelistas intentaron  conseguir una obra total, que apretase en sí toda la riqueza y la complejidad de la realidad, haciendo posible un tipo de novela cuyo remate habría de estar en el siglo XX, cuando el género ensanche sus límites en su intento de comprensión totalizadora del mundo. A ella comienzan a responder en buena medida los ambiciosos cuadros sociales de Dickens, Balzac o, en nuestro país, de Galdós; y a ella aspira igualmente Marcel Proust, el último novelista del XIX, epígono del Romanticismo y fundador de la novela de nuestro siglo.