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sábado, 8 de febrero de 2025

Lo sagrado es un dato, un límite sin el cual la sociedad estalla

En todas las civilizaciones antiguas la incómoda relación con “lo que no se puede hacer” delineó el criterio originario sobre el que construir todo el sistema cultural, civil y social de la convivencia humana. Las grandes narraciones trataron de explicar el desorden de esta situación construyendo mitos de gran agudeza, desde Prometeo hasta Adán y Eva. Desde hace unos siglos, las cosas han cambiado. No ha cambiado la condición, ha cambiado su narración. Dos penetrantes psicoanalistas y psicoterapeutas, Miguel Benasayag y Gérard Schmit, publicaron en 2003 un libro muy interesante sobre esta cuestión, La época de las pasiones tristes: “una sociedad que hace pensable todo lo posible está condenada a desaparecer”.

“Una sociedad que amplía constantemente , a ciegas, el campo de lo posible, se hunde inevitablemente en un mundo en el que ya nada es real, un mundo de virtualidad absoluta, es decir, de impotencia total. Los límites que toda sociedad se impone a sí misma, en forma de tabúes o mediante el recurso a lo sagrado, no son arbitrarios, aunque a menudo sean vividos como tales por el hombre de la era posmoderna, esto es, por el individuo consumidor convencido de que cuando quiere algo, sólo tiene que procurarse los medios para obtenerlo. Lo sagrado, que funda la sociedad desde el exterior y más allá del libre albedrío individual, aparece así al individuo de hoy como una tierra oscura que hay que conquistar”.Lo “sagrado” (cuyo “límite” representa la línea divisoria que fija y garantiza la alteridad) no es esencialmente una producción cultural, moral o religiosa, es un dato, un límite sin el cual la sociedad estalla (o implosiona en una miríada de reivindicaciones emotivo/sensoriales).

Las “pasiones tristes” que caracterizan la cultura postmoderna surgen no tanto de la conciencia del límite como del intento de eliminarlo antes de intentar su “correcta” superación (cuando ésta sea posible), o antes de encontrar su función en la definición de la propia identidad. “La experiencia de la no-omnipotencia constituye para cada uno de nosotros (y en particular para los niños y adolescentes) una experiencia de limitación positiva y fundamental. El desarrollo del ser humano no debe pensarse como una abolición de los límites naturales o culturales, sino, por el contrario, como una larga y profunda búsqueda de lo que esos límites hacen posible. La clonación, la elección del sexo del niño y las mil y una proclamas de la tecnología que preconizan un mundo sin fronteras y sin prohibiciones alimentan un imaginario que los jóvenes de hoy en día ya no consideran una promesa, sino un derecho”. La abolición del límite es la abolición del vínculo, que es la abolición de la persona.

Referencia: Pier Paolo Bellini en el número de julio de 2023 de Tempi.

jueves, 12 de diciembre de 2024

En la lucha de las ideas no sólo el lenguaje se utiliza como arma política; también los ritos y los símbolos

Para González Cuevas, profesor titular de Historia de las Ideas Políticas y de Historia del Pensamiento Político Español en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, "en la lucha de las ideas no sólo el lenguaje se utiliza como arma política; también los ritos y los símbolos juegan un papel crucial. De particular relevancia para la causa política resulta contar con mitos, con iconos venerables encarnados en personajes célebres, instituciones, períodos, que la narración histórica suele encuadrar muy por encima de la historia real. En ese sentido, es preciso tener en cuenta el carácter político del saber histórico. En sus Cuadernos de la cárcel, el pensador comunista Antonio Gramsci planteó la relación entre el pasado y el presente histórico. A su entender, “el presente comprende todo el pasado”. En ese sentido, la crítica del presente no significa tan sólo su “discontinuidad” y “revocabilidad”; significa igualmente la necesidad de incluir en la crítica del presente la del pasado. Sin esta dimensión, la crítica del presente resulta parcial y, por lo tanto, también inadecuada, inactual. Si es verdad que la historia es el presente; es también verdad que el presente es historia. Gramsci señaló también, precisamente, que si el presente es “crítica del pasado, además (por ello) es su propia superación”.
A la percepción gramsciana pueden sumarse las meditaciones de Walter Benjamin sobre los denominados “juicios de la historia”, que, según el pensador alemán, nunca son absolutamente definitivos ni inmutables. Desde esta perspectiva, el porvenir puede reabrir expedientes históricos supuestamente “cerrados”, “rehabilitar” personajes y tendencias políticas calumniadas; reactualizar esperanzas y aspiraciones vencidas; redescubrir combates olvidados o juzgados “utópicos”, “anacrónicos” y “a contrapelo del progreso”. En ese caso, la apertura del pasado y la apertura del futuro están íntimamente asociados. Los planteamientos benjaminianos están plenamente vigentes en los ámbitos intelectuales de la izquierda radical.“En ese sentido, la interpretación del pasado constituye una directa intervención en el presente; el conocimiento del pasado se convierte en un instrumento privilegiado para interrogar al presente y para comprender lo que de novedad éste nos trae; en la narración del pasado se hacen presentes programas de carácter político, social y simbólico. Por ello, en el campo historiográfico resulta de singular importancia la articulación hegemónica de lo que Allan Megill denomina una “narración maestra”, es decir, un relato sintetizador de la trayectoria de una sociedad o una nación. Existen narraciones maestras: “democratización”, “secularización” o “crecimiento económico”. Quien logra articular su narrativa maestra en el campo historiográfico vence en la batalla cultural”,escribe el profesor González Cuevas.

miércoles, 2 de octubre de 2024

El hombre primitivo

“El cuerpo del hombre puede haber evolucionado de los animales, pero no sabemos nada de dicha transición que arroje la menor luz acerca de su alma, tal como se manifiesta en la historia. Estrictamente hablando, no sabemos nada de los hombres prehistóricos por la sencilla razón de que eran prehistóricos. La historia del hombre prehistórico es una evidente contradicción en los términos. Es ese tipo de sinrazón al que sólo los racionalistas pueden acogerse.El hombre primitivo nos legó una pintura del reno, pero no nos dejó una narración acerca de cómo cazaba los renos y, por tanto, lo que afirmamos de él es hipótesis y no historia.”
“Un período prehistórico no tiene por qué significar un periodo primitivo, en el sentido de ser un periodo caracterizado por la barbarie o la brutalidad. No se refiere al periodo anterior a la civilización, a la aparición de las artes o la artesanía, sino al periodo que precede a la aparición de escritos que estamos en condiciones de descifrar.”
“Los hombres prehistóricos eran realidades exactamente iguales a los hombres, y hombres extremadamente parecidos a nosotros. Lo único que ocurre, es que no sabemos gran cosa de ellos por la sencilla razón de que no nos han dejado ningún relato o testimonio escrito. Sin embargo, todo lo que sabemos sobre ellos les hace tan corrientes y tan humanos como los hombres que pudieron formar parte de un señorío medieval o de una ciudad griega”, escribe G. K. Chesterton en El hombre eterno.

miércoles, 31 de julio de 2019

El elemento capital de toda vida humana, individual o colectiva, es el proyecto


Hablando de historia, decía el filósofo Julián Marías, que no está determinada, pero ciertamente está condicionada; las posibilidades son limitadas; hay innumerables cosas que no son posibles; por el contrario, hay factores no modificables, con los cuales hay que contar. Lo que no hay es inevitabilidad histórica, y por eso existe siempre un margen de libertad y de imprevisibilidad. El elemento capital de toda vida humana, individual o colectiva, es el proyecto; sin él, no se puede vivir; y, como consecuencia de ello, sin tenerlo presente no se puede contar una vida. La historia como realidad incluye los proyectos, no se reduce a hechos, y por eso su realidad tiene un ingrediente esencial de irrealidad; la historia como conocimiento, la historiografía, es imposible si no se hace en vista de los proyectos históricos, que hay que descubrir e introducir en la narración.

lunes, 28 de mayo de 2018

Una realidad construida.


Aunque los documentales y los informativos dan la impresión de reflejar la realidad, se trata, como cualquier periodista sabe, de una realidad construida. Más o menos manipulada, con mejores o peores intenciones, pero construida. 

Cuenta el profesor Daniel Tubau que en primer lugar hay que seleccionar entre lo que se tiene; ya esa selección refleja los gustos y a menudo la ideología del seleccionador. En segundo lugar, las imágenes son reales y el sonido es real, pero la mezcla quizá no lo sea. Si a las imágenes de una partida de cartas les añadimos un off, como la voz de alguien que recuerda "su última partida de cartas", estamos mostrando juntas dos cosas que hasta entonces habían estado separadas y, por tanto, establecemos una relación de causa y efecto muy poderosa. El siguiente paso manipulador es el orden en el que se coloca el material seleccionado. En los documentales dedicados a la vida salvaje casi nunca han sucedido las cosas como nos las muestran. Vemos a un
león mirando, después a unas gacelas pastando, tras esto a un león corriendo y, finalmente, un  león comiéndose a una gacela, pero lo más probable es que todo eso haya sucedido en días diferentes, o que ni siquiera haya sucedido. Cuando el león miraba, miraba a otro sitio, cuando corría lo hacía persiguiendo a un vulgar ratón, y la gacela que devoraba era un trozo de carne de vaca. En ocasiones ni siquiera es el mismo león el que hace todas esas cosas. Rodar documentales con animales salvajes es tan difícil como trabajar con niños, así que hay que buscar maneras de conseguir buenas imágenes y después unirlas, de tal modo que parezca una narración continua y causal.

jueves, 30 de noviembre de 2017

La novela moderna nace del Lazarillo de Tormes

Milan Kundera
Milan Kundera ha propuesto dividir la historia de la novela moderna en dos tiempos. El primero, que abarcaría desde Cervantes hasta finales del siglo XVIII, se caracteriza sobre todo por la libertad compositiva, por la alternancia de narración y digresión (o, si se prefiere, de narración y reflexión) y por la mezcla de géneros; el segundo, que empezaría con la eclosión de la novela realista a principios del siglo XIX, se define por oposición al anterior: aunque se beneficia de la libertad absoluta de que Cervantes dotó al género, la rechaza en aras del rigor constructivo, igual que rechaza la digresión en aras de la narración; aunque se beneficia de la naturaleza plebeya, híbrida o mestiza de que Cervantes dotó a la novela, la rechaza en aras de la pureza, del estatus, de la nobleza largamente ansiada por el género. El primer tiempo es heredero directo y consciente de Cervantes; el segundo, sólo indirecto, y a veces inconsciente: de hecho, desprecia o ignora parte sustancial de su legado. Si la relación entre el primer tiempo y el segundo es, más que de oposición, de lucha, la victoria del segundo tiempo ha sido absoluta; por eso todavía a principios del siglo XXI podemos decir que el modelo novelesco del siglo XIX es el dominante en la novela; porque, como escribe Kundera, “el segundo tiempo no sólo ha eclipsado al primero, lo ha reprimido”. 

Lazarillo de Tormes
La novela moderna no nace con el Quijote sino con un librito  publicado cincuenta años antes del Quijote y mal conocido fuera de la tradición del español, el Lazarillo de Tórmes. La novela, dice Javier Cercas, cuenta la historia de un chico humilde que acaba como pregonero de Toledo, no es de autor anónimo, como suele decirse, sino apócrifo, el mismo protagonista del libro. En efecto, “el Lazarillo, escribe Francisco Rico, se publicó como si fuera de veras la carta de un pregonero de Toledo (por entonces estaba de moda dar a la imprenta la correspondencia privada) y sin ninguna de las señas que en el Renacimiento caracterizaban los productos literarios”; es decir, no era “un relato que inmediatamente pudiera reconocerse como ficticio, sino una falsificación, la simulación engañosa de un texto real, de la carta verdadera de un Lázaro de Tormes de carne y hueso”. De esa sostenida simulación de realidad nace la novela realista, la novela moderna. 

jueves, 16 de marzo de 2017

Cervantes puso las bases de la novela moderna.

Epica caballeresca
La novela, un género realista y objetivo por naturaleza, aunque el camino hasta llegar a la forma bajo la que hoy la conocemos, y que estos artistas consagraron, hubiese sido largo. Desde la Edad Media (en la épica caballeresca se encuentran sus orígenes) hasta el siglo XVII, el género había sido entendido como simple sucesión de relatos a veces inconexos y en los cuales sólo había de narrativo la intención de contar. A principios del XVII, sin embargo, Cervantes puso las bases de la novela moderna
con El Quijote,un libro malinterpretado en su época y cuya maestría no tardaron en reconocer, desarrollar y aprovechar los novelistas ingleses del XVIII, a quienes podemos señalar como efectivos creadores del género según hoy lo entendemos; seguían existiendo en Europa, con todo, gran número de novelistas que insistían en aprovechar la técnica episódica y en acumular relatos no pocas veces mal ensamblados entre sí. 

Sólo la novela amorosa prerromántica supo dar, entre el
Tolstói
XVIII y el XIX, con la respuesta a las necesidades que el género exigía: el psicologismo; con la aparición del análisis psicológico en la narración y, sobre todo, con su articulación en torno a un conflicto anímico, la novela había encontrado la clave con la cual encarar la contemporaneidad, escribe Eduardo Iáñez. La narrativa se convierte de este modo en el género por excelencia del mundo contemporáneo, pues, al hacer del individuo y su estudio el centro del universo literario, estaba respondiendo inequívocamente a las demandas de una sociedad burguesa que veía en aquél su fundamento. Cuando, además, los maestros de la novelística del XIX comprendan que el psicologismo debe ser siempre conflictivo (pues los intereses de la sociedad chocan con los del individuo, y viceversa), añade Iáñez, se habrá dado el primer paso para entrar en una épica del mundo contemporáneo; se habrá incorporado a la novela una visión dialéctica de la realidad en la cual tendrá mucho que decir el
Benito Pérez Galdós
materialismo histórico marxista. En las obras de Balzac y Flaubert, de Tolstói y Dostoievski, de Eça de Queirós, Galdós y Clarín, por citar sólo a algunos maestros de la novela decimonónica, puede ya adivinarse, en mayor grado en unos que en otros, la posibilidad de una novela social, la búsqueda por medio del arte narrativo no ya de una verdad interior, sino de una verdad social que traduzca las necesidades de toda una época.

Marcel Proust
Algunos novelistas intentaron  conseguir una obra total, que apretase en sí toda la riqueza y la complejidad de la realidad, haciendo posible un tipo de novela cuyo remate habría de estar en el siglo XX, cuando el género ensanche sus límites en su intento de comprensión totalizadora del mundo. A ella comienzan a responder en buena medida los ambiciosos cuadros sociales de Dickens, Balzac o, en nuestro país, de Galdós; y a ella aspira igualmente Marcel Proust, el último novelista del XIX, epígono del Romanticismo y fundador de la novela de nuestro siglo.