jueves, 19 de febrero de 2026
En la etapa final de la vida
sábado, 8 de febrero de 2025
Lo sagrado es un dato, un límite sin el cual la sociedad estalla
En todas las civilizaciones antiguas la incómoda relación con “lo que no se puede hacer” delineó el criterio originario sobre el que construir todo el sistema cultural, civil y social de la convivencia humana. Las grandes narraciones trataron de explicar el desorden de esta situación construyendo mitos de gran agudeza, desde Prometeo hasta Adán y Eva. Desde hace unos siglos, las cosas han cambiado. No ha cambiado la condición, ha cambiado su narración. Dos penetrantes psicoanalistas y psicoterapeutas, Miguel Benasayag y Gérard Schmit, publicaron en 2003 un libro muy interesante sobre esta cuestión, La época de las pasiones tristes: “una sociedad que hace pensable todo lo posible está condenada a desaparecer”.
“Una sociedad que amplía constantemente , a ciegas, el campo de lo posible, se hunde inevitablemente en un mundo en el que ya nada es real, un mundo de virtualidad absoluta, es decir, de impotencia total. Los límites que toda sociedad se impone a sí misma, en forma de tabúes o mediante el recurso a lo sagrado, no son arbitrarios, aunque a menudo sean vividos como tales por el hombre de la era posmoderna, esto es, por el individuo consumidor convencido de que cuando quiere algo, sólo tiene que procurarse los medios para obtenerlo. Lo sagrado, que funda la sociedad desde el exterior y más allá del libre albedrío individual, aparece así al individuo de hoy como una tierra oscura que hay que conquistar”.Lo “sagrado” (cuyo “límite” representa la línea divisoria que fija y garantiza la alteridad) no es esencialmente una producción cultural, moral o religiosa, es un dato, un límite sin el cual la sociedad estalla (o implosiona en una miríada de reivindicaciones emotivo/sensoriales).
Las “pasiones tristes” que caracterizan la cultura postmoderna surgen no tanto de la conciencia del límite como del intento de eliminarlo antes de intentar su “correcta” superación (cuando ésta sea posible), o antes de encontrar su función en la definición de la propia identidad. “La experiencia de la no-omnipotencia constituye para cada uno de nosotros (y en particular para los niños y adolescentes) una experiencia de limitación positiva y fundamental. El desarrollo del ser humano no debe pensarse como una abolición de los límites naturales o culturales, sino, por el contrario, como una larga y profunda búsqueda de lo que esos límites hacen posible. La clonación, la elección del sexo del niño y las mil y una proclamas de la tecnología que preconizan un mundo sin fronteras y sin prohibiciones alimentan un imaginario que los jóvenes de hoy en día ya no consideran una promesa, sino un derecho”. La abolición del límite es la abolición del vínculo, que es la abolición de la persona.
Referencia: Pier Paolo Bellini en el número de julio de 2023 de Tempi.
viernes, 30 de agosto de 2024
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jueves, 13 de junio de 2024
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miércoles, 14 de febrero de 2024
Resentimiento
jueves, 21 de septiembre de 2023
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jueves, 15 de junio de 2023
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viernes, 5 de noviembre de 2021
La realización en la fantasía
domingo, 24 de junio de 2018
El yacimiento de Cristo según Mantegna.
El yacimiento de Cristo es un tema poco frecuente; quizá porque es considerado un momento de íntima transición entre el sacrificio y la gloria. Pero posiblemente es el momento más humano de Cristo. No hay otro en el que esté tan desprotegido, más allá de la heroicidad de la Pasión y lejos todavía del instante dorado de la Resurrección. Incluso para el teólogo más avezado resulta difícil saber dónde reside la divinidad de este organismo inerte. El creyente puede aceptar la realidad de un Dios autosacrificado que luego revive. Pero el auténtico misterio está en el tramo intermedio. Ahí reside la más honda grandeza de la historia. Hay un momento crucial en el que Cristo ha abandonado su naturaleza divina y aún no la ha vuelto a recuperar. Es un cadáver en la fría mesa de disección, parecido a todos los demás cadáveres que yacen sobre la superficie rígida que ha tendido la muerte. Es sólo un hombre, y acaso sea éste el instante en el que se pronuncia Ecce homo. Creo que Mantegna, dice Rafael Argullol, es el primero en adivinar la condición única, mágica, de este instante de la Pasión. Dios está ausente de esta escena en la que las santas mujeres lloran su impotencia y su dolor. Pero, como contrapartida, la presencia del Cristo humano lo llena todo, un pobre cadáver que se apodera del universo. Mantegna intuye genialmente que tan sólo la profundidad espacial puede aproximarle a un misterio que concierne a la eternidad y, por tanto, al tiempo.
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| Autorretrato de Andrea Mantegna |
El Cristo yacente ocupa un lugar singular en la pintura religiosa de Mantegna, el cual, al parecer, nunca quiso desprenderse de esta obra. El sufrimiento de las santas mujeres que lloran sobre el cadáver es la continuación atemperada del violento dolor expresado por ese mismo grupo femenino de la Crucifixión. Pocas pinturas renacentistas acogen un desespero semejante, reflexiona Argullol, con especial énfasis en la actitud vencida de la Virgen María. Entre el Cristo colgado en la cruz de la Crucifixión y el Cristo yacente apenas hay un territorio para la santidad. Sí lo hay, en cambio, para el inconformismo y la rebeldía. El punto de vista adoptado por Mantegna es completamente invasor y casi sacrílego, sigue contando Argullol, Cristo ha sido reducido a su naturaleza humana. Mantegna parece insistir, además, en el hecho de que es precisamente esta reducción la que otorga una especial grandeza a su personaje. El hombre que yace ante los ojos del espectador ha sido enfocado desde el ángulo más terrestre. El primer plano, los pies desnudos y horadados y, a partir de ellos, una abrupta perspectiva hacia el torso y la cabeza. Si el espectador se niega a jugar al juego de la perspectiva le aparecerá un hombre aplastado, deforme, hinchado, alejado por completo de la gracia de Dios. Aun aceptando el juego, es un cuerpo de difícil belleza, representado desde el ángulo menos favorecedor, en abierto contraste con la tradición estilizada occidental que culminará Velázquez. Fijémonos en la cara, tan extraña a la terrible contorsión del Cristo de Grünewald como al rigor mortis del de Holbein. Mantegna nos regala a un hombre que duerme, pero no plácidamente sino tenso y descontento. No hay muestras de la serenidad que debería haber en la cara del Redentor, una vez culminado su sacrificio. De nuevo, la suya es una hermosura enormemente difícil. Como la que se ve en las salas de disección.
martes, 13 de marzo de 2018
Envidia.
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| envidia |
lunes, 1 de enero de 2018
Superar la autorreferencialidad del yo.
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| Agustín es bautizado por el obispo Ambrosio |











