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domingo, 7 de septiembre de 2025

La masacre del barranco de Babi Yar

La masacre de Babi Yar
La propaganda nazi utilizó el hecho de que la Unión Soviética no firmara la Tercera Convención de Ginebra (1929) como una excusa para maltratar a los soldados apresados del Ejército Rojo. Reunidos como ganado en campos de concentración, se enfrentarían a un destino fatal, muerte por inanición, ausencia de refugio, suciedad y guardias brutales. Pero bajo aquel oportunismo nazi subyacía la despiadada ideología nazi de la superioridad racial. La guerra en el este se describía como una contienda contra seres infrahumanos (Untermenschen), entre los cuales los eslavos y, sobre todo, los judíos recibieron un trato especialmente sanguinario. El soldado alemán Heinz Postenrieder, que se adentraba en el norte de Ucrania con la 134.ª División de Infantería, indicó que “aquí se ha liquidado a todos los judíos, del modo más terrible”. El 19 de septiembre, las tropas alemanas entraron en la capital ucraniana, Kiev. A los diez días, habían reunido a todos los judíos de la ciudad y los obligaron a marchar hacia el barranco de Babi Yar. Una de las habitantes de la ciudad, Irina Jorushunova, escribió en su diario, “Aún no sabemos qué les han hecho a los judíos. Corren rumores horribles… pero es imposible darles crédito. Solo hay una cosa que parece clara; han confiscado toda su documentación, posesiones y comida. Luego los han perseguido hasta Babi Yar y allí… no sé. Solo sé una cosa, está pasando algo terrible, horroroso; algo inconcebible, algo que no se puede comprender, entender ni explicar”.
Referencia: El trasfondo humano de la guerra de Michael Jones.

jueves, 18 de enero de 2018

Cada filósofo pretende tener su sistema.

El profesor García Morente manifestaba que en la filosofía contemporánea existe afán de originalidad. Cada filósofo grande, cada filósofo mediano, cada filósofo pequeño, cada filosofillo, cada filosofito, y hasta los estudiantes de filosofía, pretenden hoy tener su propio sistema. 

Es como los pintores y los músicos. Antiguamente, los pintores y los músicos pertenecían a una escuela y vivían tranquilos dentro de los métodos que su escuela musical o pictórica les daba. Pintaban modestamente, para ganarse la vida, cuadros muy decentes y aceptables, porque estaban sustentados en una estética clara y universalmente aceptada dentro de los recintos de su escuela. Pero hoy cada pintor quiere ser un renovador total de la pintura; y cada músico quiere renovar por completo el arte de la música. Y salen unas algarabías y unos bodrios horrorosos y espantosos. Por uno o dos que en efecto son hombres de genio y traen un elemento original a su arte, hay en cambio, una infinidad de chapuceros que lo único que hacen es, como dicen en París, en el barrio de los artistas, «epatar al burgués». En filosofía pasa algo parecido. Cada filósofo pretende tener su sistema. Si nosotros quisiéramos seguir en todos sus variados matices las divergencias que hay entre ése y éste y éste, estas pequeñas divergencias que hay entre uno y otro, con sus afanes de originalidad y de decir lo que nadie ha dicho, nos perderíamos en una selva de nimiedades muchas veces poco significativas.