viernes, 4 de enero de 2019

El asesinato de Aldo Moro.

Aldo Moro.
En la mañana del 9 de mayo de 1978 el cuerpo sin vida de Aldo Moro apareció acribillado por once balas en el interior de un Renault 4 aparcado en la vía Caetani de Roma.  . El lugar donde habían aparcado el automóvil no era casual, na medio camino de las sedes centrales de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista Italiano.


Aldo Moro había sido el principal impulsor de la política de centro-izquierda y del acercamiento del Partido Comunista a las tareas de gobierno. La organización terrorista Brigadas Rojas había descubierto que el político acudía a diario a la iglesia de Santa Clara y decidió realizar el secuestro. Dos días después del secuestro, el diario Il Messaggero de Roma recibió un mensaje por teléfono: “En un fotomatón de la plaza del Largo di Torre Argentina encontrarán una bolsa con nuestro primer comunicado”. En él, las Brigadas anunciaban el comienzo del proceso a Moro, al que no tardarían en considerar culpable. Durante su cautiverio, el político intentó convencer a su partido y al papa Pablo VI de que
accediesen a las demandas de las Brigadas, que supuestamente pretendían intercambiarle por presos. Muchos investigadores coinciden en que la CIA orquestó su asesinato. Según su viuda, Henry Kissinger le había advertido: “Debe abandonar esta actitud de incluir a los comunistas en su Gobierno… o lo pagará caro”. Recientemente, el psiquiatra estadounidense Steve Pieczenik declaró al diario La Stampa que se infiltró en las Brigadas Rojas para que asesinaran al político democristiano y evitar así que los comunistas entrasen en el poder.

jueves, 3 de enero de 2019

De la aristocracia al proletariado pasando por la burguesía.

El historiador Keith Jenkins cuenta que hace mucho tiempo, las jerarquías sociales premodernas se sustentaban en la divinidad, la raza, la sangre, el linaje. Lo que entonces determinaba la posición de una persona era su nacimiento y lo que este implicaba. Sin embargo, este orden natural, que una vez dio legitimidad a reyes y aristócratas, fue socavado por la burguesía comercial, financiera e industrial. Para la burguesía los hombres adquirían su valor ya no en virtud de su nacimiento, sino gracias a su esfuerzo; una persona tenía que ganarse su valor a lo largo de la vida, este valor no podía ser un don innato. De aquí que la laboriosa burguesía pronto depositase su propio valor en aquellos objetos externos que expresaban y encarnaban su esfuerzo, la
propiedad privada. Fue desde esta posición desde la cual la burguesía pudo entonces esgrimir dos críticas cuyo objetivo era distinguirse de los demás y destacar su importancia frente a los que no habían ganado ni su riqueza ni su propiedad (los ricos ociosos) y frente a los que apenas tenían nada o carecían de todo (los pobres relativamente ociosos). Sin embargo, esta legitimación fraguada a finales del siglo XVlll y principios del siglo XIX no iba a durar mucho. 


Los trabajadores asalariados, quienes ciertamente reconocían que eran pobres pero no ociosos, preferían que se les considerase exactamente del modo en el que iban a ser considerados, como la clase trabajadora. No pasaría mucho tiempo antes de que los trabajadores comenzaran a acusar a la burguesía de ser relativamente improductiva según el mismo concepto de utilidad que la burguesía había empleado contra el antiguo régimen. La idea de utilidad se convirtió así en una suerte de “guía elemental de la explotación”; explotación sobre la que Marx elaboró una interpretación filosófica e histórica mucho más sofisticada para que las clases trabajadoras (el proletariado) comprendiesen su situación.

¿Cómo se permiten los hombres hacer lo que hacen a las mujeres?

Muchos hombres demandan la legalización de la prostitución sin prejuzgar si su existencia ha de ser valorada positiva o negativamente.

La filósofa y profesora universitaria Ana de Miguel se hace las siguientes preguntas con respecto a este tema. “¿Cómo se permiten los hombres hacer lo que hacen a las mujeres? Esta pregunta se hace especialmente clara en el tema de la prostitución. ¿Cómo se permiten los hombres ir a los burdeles, a los polígonos, a materializar su derecho a acceder al cuerpo de las mujeres? ¿Dónde encuentran la legitimidad para creer que su masculinidad y su dinero les dan derecho a mantener un “harén para demócratas”? En la prostitución toda empatía ha desaparecido, solo importan mi deseo, mi derecho a satisfacerlo y mi dinero. La persona que está enfrente, en fila junto a otras, es un cuerpo a mi servicio. ¿Qué carácter humano se desarrolla en estas circunstancias, qué ideal de humanidad y ciudadanía subyace a la institucionalización de la prostitución?”


miércoles, 2 de enero de 2019

El rencor no es más que conciencia de inferioridad.

Ortega y Gasset.
Al igual que el odio supone la cara contraria del amor, es el rencor uno de sus brazos armados más potentes. Para Ortega y Gasset, el rencor no es más que “conciencia de inferioridad” que nos empuja a deshacernos de quien no podemos hacerlo. Tal imposibilidad llena el corazón de desazón y lo convierte en un órgano del que solo emana inmisericorde pujanza por acabar con el objeto de nuestro odio. Por eso, el rencor denota miedo y, también, pereza, puesto que ahuyenta el afán de superación individual.


Muy influido por algunas de las ideas de Nietzsche, Ortega y Gasset estima que el amor encierra también una capacidad luchadora, de combate, que encontramos en “toda alma robusta”. Por mucho que comprendamos la posición del enemigo, el amor nos empuja a combatir cordialmente los ideales que consideramos equivocados. En oposición a esta característica robustez, encontramos el espíritu débil y rencoroso, que se atrinchera en un fanatismo estéril y anquilosado. Si de verdad existe un ideal moral, debemos bregar por alcanzarlo.

¿ La idea de Europa ya ha recorrido su trayectoria?

Parece como si Europa, a diferencia de otras civilizaciones, hubiera intuido que un día se hundiría bajo el paradójico peso de sus conquistas y de la riqueza y complejidad sin parangón de su historia. Dos guerras mundiales, que fueron en realidad guerras civiles europeas, llevaron este
presentimiento al paroxismo, dice George Steiner. De ahí el moderno apocalipsis de los Últimos días de la humanidad de Karl Kraus. Entre agosto de 1914 y mayo de 1945, desde Madrid hasta el Volga, desde el Ártico hasta Sicilia, se calcula que un centenar de millones de hombres, mujeres y niños perecieron a causa de la guerra, la hambruna, la deportación, la limpieza étnica. Europa Occidental y el occidente de Rusia se convirtieron en la casa de la muerte, en el escenario de una brutalidad sin precedentes, ya sea la de Auschwitz, ya la del Gulag. Más recientemente, dice Steiner, el genocidio y la tortura han vuelto a los Balcanes. A la luz, ¿no deberíamos decir “a la oscuridad”?, de estos hechos, la creencia en el final de la idea europea y sus moradas es casi una obligación moral. ¿Con qué derecho habríamos de sobrevivir a nuestra inhumanidad suicida?

“El rapto de Europa”, Tiziano
La barbarie  una vez más anegó Europa, como ha seguido ocurriendo desde Sarajevo hasta Sarajevo. Incluso citar las orgullosas esperanzas de Weber y Husserl supone una invitación a la ironía. ¿Significa esto que la idea de Europa ya ha recorrido su trayectoria, que no tiene ningún futuro sustantivo? Ésta es, qué duda cabe, una clara posibilidad. Se corresponde con esa lógica de la mortalidad de las civilizaciones y de las ideologías, añade Steiner. O ¿hay caminos de esperanza que todavía merece la pena recorrer?

martes, 1 de enero de 2019

Soñar.


Se dice que perdemos mucho tiempo soñando; pero ¿quién no sueña? Dudo que haya alguien que no le dedique siquiera unos breves momentos conscientes a elevarse por encima del mundo que le rodea, refugiándose en un ensueño deliberado. Y aunque no lo queramos, los sueños tienen una extraña habilidad para invadir nuestras vidas. Nos conducen hasta el mismísimo umbral de tierras a la vez cercanas y remotas.Soñando, superamos las hazañas de los gigantes que pueblan nuestros libros de cuentos.


Los escritores son los mayores soñadores de todos. Sus sueños aparecen en esos momentos en los que bajan la guardia, dejándose llevar por la inspiración, y componen con pluma y tinta esas frases que tanto amarán las generaciones venideras. Pero sólo veneramos los libros cuyos personajes y acontecimientos están directamente asociados a nuestros propios sueños. En este terreno no admitimos nada que nos suene a falso. Los escritores son los únicos soñadores que comparten sus sueños con otros.

Una sociedad sin derecho sería una sociedad carente de derechos.


Benedicto XVI exhortó a los seminaristas a “comprender y a amar el derecho canónico por su necesidad intrínseca y por su aplicación práctica. Una sociedad sin derecho sería una sociedad carente de derechos. El derecho es una condición del amor”.