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viernes, 11 de octubre de 2024

Balzac, Dickens y Dostoievski

"Los héroes de Balzac son ambiciosos y dominantes, arden en deseos vehementes de poder. Nada les basta, son todos insaciables, todos son ala vez conquistadores del mundo, revolucionarios, anarquistas y tiranos. Tienen un temperamento napoleónico. También los héroes de Dostoievski son fogosos y arrebatados, su voluntad rechaza el mundo y con una soberbia insatisfacción pasan por encima de la vida real para asir la verdadera; no quieren ser ciudadanos ni hombres, sino que en todos ellos centellea bajo la humildad el peligroso orgullo de querer ser un redentor. El héroe de Balzac quiere someter el mundo, el de Dostoievski vencerlo. Ambos tienden a ir más allá de lo cotidiano, se dirigen como una flecha hacia lo infinito. Los personajes de Dickens, por el contrario, son comedidos. Dios mío, ¿qué quieren? Cien libras al año, una buena esposa, una docena de hijos, una mesa bien puesta para acoger a los amigos, un cottage cerca de Londres con vistas a los árboles desde las ventanas, un jardincito y un puñado de felicidad. Su ideal es provinciano, pequeño-burgués, es con lo que nos encontraremos en Dickens. Sus criaturas no desean en el fondo ningún cambio en el orden mundial, no quieren riqueza ni pobreza, sino este cómodo punto medio que como máxima de vida es tan sabia para tenderos y carreteros y tan peligrosa para el artista. Los ideales de Dickens se han contagiado de la palidez del mundo en que vive. Tras su obra no hay un Dios colérico, gigantesco y sobrehumano, creador y domador del caos, sino un observador satisfecho, un ciudadano leal. Lo burgués llena por completo la atmósfera de todas las novelas de Dickens", escribe Stefan Zweig.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Balzac, Dickens y Dostoievski son los grandes novelistas del siglo XIX

Cuando afirmo, escribe Stefan Zweig,que Balzac, Dickens y Dostoievski son los únicos grandes novelistas del siglo XIX, con esta prelación no pretendo en absoluto ignorar la grandeza de ciertas obras de Goethe, Gottfried Keller, Stendhal, Flaubert, Tolstói, Víctor Hugo y otros, algunas de cuyas novelas, tomadas por separado, superan a veces en mucho a las de Balzac y Dickens. Por eso, creo que debo aclarar explícitamente mi profunda y firme convicción de que existe una diferencia entre el autor de una novela y el novelista. Novelista, en el sentido más elevado de la palabra, sólo lo es el genio enciclopédico, el artista universal que construye todo un cosmos, que junto al mundo terrenal crea el suyo propio con sus propios modelos, sus propias leyes de gravitación y su propio firmamento. Impregna tanto con su propio ser cada figura, cada acontecimiento, que no sólo se vuelven típicos para él, sino también meridianos para nosotros, con una fuerza que a menudo nos induce a poner su nombre a hechos y personas, de modo que, por ejemplo, decimos de alguien contemporáneo que es una figura balzaciana, un personaje dickensiano o un carácter dostoievskiano. Cada uno de estos artistas crea una ley de vida, un concepto de la vida, con la plétora de sus figuras, y los destaca con tanta armonía que gracias a él el mundo adopta una nueva forma……Cada uno de estos tres escritores tiene su propia esfera. Balzac, el mundo de la sociedad; Dickens, el mundo de la familia; Dostoievski, el mundo del Uno y del Todo.

martes, 11 de enero de 2022

Obstinados y duros en el idealismo

Jean Jaurès

A Jean Jaurès que fue un político socialista francés que fundó L'Humanité en 1904 y defensor de posiciones pacifistas y antinacionalistas, le hace decir Stefan Zweig en su libro El legado de Europa: “Pero cabalmente hay que ser como ella, obstinados y duros en el idealismo. Las grandes verdades no entran de golpe en el cerebro de la humanidad, ¡hay que machacar una y otra vez, clavo tras clavo, día tras día! Es un trabajo monótono y desagradecido, pero no deja de ser importante”.

domingo, 17 de enero de 2021

Dio la vida por amor de la vida


Stefan Zweig, en su libro Jeremías, escribe que Dios no puede querer tal delito. Dio la vida por amor de la vida. Los hombres acumulan sobre su nombre todo cuanto no entienden. De Dios no viene la guerra.

Dios tiene una sonrisa para sus despreciadores. Ábrele las puertas, abre a la humildad tu corazón, nos diría el profeta Jeremías.

jueves, 28 de febrero de 2019

La gente se fija en los momentos pintorescos de sus héroes.

Magallanes 
Piensa Zweig que en las grandes acciones, la gente se fija con preferencia, por una especie de comodidad óptica, en los momentos dramáticos o pintorescos de sus héroes, César al pasar el Rubicón; Bonaparte, en el puente de Arcole. Quedan en la sombra los años, no menos creadores, de la preparación; la gradación espiritual, paciente, organizadora, de un hecho histórico. Con Magallanes, el pintor y el poeta se inclinan a presentarle en el momento del triunfo, cuando su nave surca el estrecho que ha descubierto. En la realidad, su incomparable energía se ejerció con más intensa grandeza cuando aún se trataba de obtener una flota y de llevar adelante su armamento en medio de los mil obstáculos.

sábado, 12 de mayo de 2018

Nada hay más excelente que una verdad que parece inverosímil.

Heródoto, el padre de la historiografía
Nada hay más excelente que una verdad que parece inverosímil. Siempre se adhiere a las grandes gestas de la Humanidad algo de inconcebible, porque, en realidad, se elevan muy por encima del nivel medio. Es precisamente en lo increíble que ha llevado a cabo como la Humanidad remoza la fe en sí misma.


En todo descubrimiento o invención hay un estímulo moral, una fuerza alada del espíritu; pero, muy en general, lo que da el empuje definitivo hacia la realización es la conciencia de unos móviles materiales. Cierto que el rey y sus consejeros se hubieran entusiasmado, en todo caso, con la atrevida idea que encerraban los propósitos de Colón y de Magallanes de buscar un mundo nuevo; pero nunca el dinero necesario para sus planes hubiera corrido el riesgo, nunca los príncipes y los especuladores hubieran armado y puesto a su disposición una flota, sin la perspectiva de poder sacar enormes réditos de la suma empleada en el viaje de descubrimiento. Detrás de los héroes de aquella edad de los descubrimientos se movían como fuerzas impulsivas los negociantes, escribe Stefan Zweig.

viernes, 30 de marzo de 2018

Quería morir el Viernes Santo.


Cuenta Stefan Zweig que como todo artista verdadero y riguroso, Händel no alababa sus propias obras. Pero amaba una, El Mesías. Amaba esa obra por gratitud, porque le había salvado de la propia sima, porque con ella él mismo se había redimido. Se representó en Londres año tras año, y siempre todos los ingresos, quinientas libras cada vez, se destinaron a la mejora de hospitales. Del que se había curado, a los necesitados. Del que había sido liberado, a aquellos que aún estaban en prisión. Y con esta obra, con la que se había remontado desde el Hades, quiso también
Interior de Covent Graden en 1804.
despedirse. El 6 de abril de 1759, ya muy enfermo, el maestro de setenta y cuatro años dejó que una vez más le llevaran hasta el podio del Covent Garden. Y allí estaba, aquel hombre inmenso, ciego, en medio de sus fieles, rodeado por los músicos y los cantantes. Sus ojos vacíos, apagados, no podían verlos, pero cuando con gran estrépito las ondas de la melodía rodaron hasta él, cuando el júbilo de certeza que emanaba de cientos de voces creció como un huracán, entonces su rostro cansado se iluminó y cobró vida. Balanceó los brazos, llevando el compás, y cantó con tal seriedad y tal fe como si fuera un sacerdote y se encontrara a la cabecera de su propio féretro, rogando con todos por su salvación y por la de los demás. Sólo una vez, cuando, obedeciendo la invocación "The trumpet shall sound", las trompetas se alzaron bruscamente, dio un respingo y, con los ojos fijos, miró hacia arriba, como si estuviera ya dispuesto para el Juicio Final. Sabía que su obra estaba bien hecha. Podía presentarse ante Dios con la cabeza erguida.

Viernes Santo.
Conmovidos, sus amigos llevaron al ciego a su casa. También ellos tenían la sensación de que se trataba de una despedida. En la cama aún movió suavemente los labios. Quería morir el Viernes Santo, murmuró. Los médicos se asombraron, no le entendían, pues no sabían que aquel Viernes Santo era 13 de abril, el día en el que aquella pesada mano le arrojara al suelo, el día también en el que El Mesías sonara por vez primera en el mundo. Y el día en el que todo en él había muerto, también había resucitado. En el día que había resucitado quería morir, para estar seguro de que resucitaría a la vida eterna. Y, en efecto, aquella voluntad única tuvo también poder sobre la muerte, como lo había tenido sobre la vida. El 13 de abril a Händel le fallaron las fuerzas.