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domingo, 23 de abril de 2023

Iglesias románicas

En las iglesias románicas y normandas hallamos por lo general arcos semicirculares que descansan sobre pilares macizos. La impresión de conjunto que estas iglesias producen, tanto desde dentro como desde fuera, es de compacta solidez. Hay en ellas escasa ornamentación, incluso escasos vanos, pero sí firmes y continuas paredes y torres, que nos recuerdan las fortalezas medievales. Estos poderosos y casi retadores cúmulos de piedra erigidos por la Iglesia en tierras de campesinos y de guerreros que acababan de emanciparse de la forma de vida que habían odiado, parecen expresar la idea misma de la Iglesia militante, esto es, la idea de que aquí, sobre la tierra, misión de la Iglesia es combatir las fuerzas oscuras hasta que la hora del triunfo suene en el día del juicio final.


lunes, 10 de febrero de 2020

Dios y el diablo dominan la vida de la cristiandad medieval

Jacques Le Goff
El historiador medievalista y escritor francés Jacques Le Goff afirma que frente a Dios, un poderoso personaje le disputa el poder en la tierra, el demonio. Satanás no tiene en la alta Edad Media un papel de primer plano, y aún menos el papel de una personalidad acusada. Aparece con nuestra Edad Media y se consolida en el siglo XI. Es una creación de la sociedad feudal. Con sus satélites, los ángeles rebeldes, es exactamente el tipo del vasallo felón, del traidor. Dios y el diablo dominan la vida de la cristiandad medieval y cuya lucha explica a los ojos de los hombres de la Edad Media todo el detalle de los acontecimientos. Claro está que, según la ortodoxia cristiana, Satanás  es una criatura, un ángel caído.



Por otro lado la iconografía se resiste a la penetración del purgatorio en el siglo XIII, ignora el juicio individual después de la muerte y durante mucho tiempo aún no representará más que la partición de la humanidad en buenos y malos, en elegidos y condenados en el Juicio final.

viernes, 30 de marzo de 2018

Quería morir el Viernes Santo.


Cuenta Stefan Zweig que como todo artista verdadero y riguroso, Händel no alababa sus propias obras. Pero amaba una, El Mesías. Amaba esa obra por gratitud, porque le había salvado de la propia sima, porque con ella él mismo se había redimido. Se representó en Londres año tras año, y siempre todos los ingresos, quinientas libras cada vez, se destinaron a la mejora de hospitales. Del que se había curado, a los necesitados. Del que había sido liberado, a aquellos que aún estaban en prisión. Y con esta obra, con la que se había remontado desde el Hades, quiso también
Interior de Covent Graden en 1804.
despedirse. El 6 de abril de 1759, ya muy enfermo, el maestro de setenta y cuatro años dejó que una vez más le llevaran hasta el podio del Covent Garden. Y allí estaba, aquel hombre inmenso, ciego, en medio de sus fieles, rodeado por los músicos y los cantantes. Sus ojos vacíos, apagados, no podían verlos, pero cuando con gran estrépito las ondas de la melodía rodaron hasta él, cuando el júbilo de certeza que emanaba de cientos de voces creció como un huracán, entonces su rostro cansado se iluminó y cobró vida. Balanceó los brazos, llevando el compás, y cantó con tal seriedad y tal fe como si fuera un sacerdote y se encontrara a la cabecera de su propio féretro, rogando con todos por su salvación y por la de los demás. Sólo una vez, cuando, obedeciendo la invocación "The trumpet shall sound", las trompetas se alzaron bruscamente, dio un respingo y, con los ojos fijos, miró hacia arriba, como si estuviera ya dispuesto para el Juicio Final. Sabía que su obra estaba bien hecha. Podía presentarse ante Dios con la cabeza erguida.

Viernes Santo.
Conmovidos, sus amigos llevaron al ciego a su casa. También ellos tenían la sensación de que se trataba de una despedida. En la cama aún movió suavemente los labios. Quería morir el Viernes Santo, murmuró. Los médicos se asombraron, no le entendían, pues no sabían que aquel Viernes Santo era 13 de abril, el día en el que aquella pesada mano le arrojara al suelo, el día también en el que El Mesías sonara por vez primera en el mundo. Y el día en el que todo en él había muerto, también había resucitado. En el día que había resucitado quería morir, para estar seguro de que resucitaría a la vida eterna. Y, en efecto, aquella voluntad única tuvo también poder sobre la muerte, como lo había tenido sobre la vida. El 13 de abril a Händel le fallaron las fuerzas.

jueves, 18 de enero de 2018

Zoroastro

Faravahar, símbolo real del Zoroastrismo. Relieve de Persépolis
Muy poco sabemos acerca de la vida de Zoroastro, no obstante conocemos la importancia de su obra, ya que al parecer predicó instando a los hombres a adoptar una conducta moral que los acercara a Ahura Mazda para, de esta forma, conseguir la salvación de sus almas el día del Juicio Final, en el que las fuerzas del bien aniquilarían definitivamente a las hordas del señor de las tinieblas, Ahrimán. 
Los zoroastristas acuden a templos de fuego, como éste, el templo de Yazd, en Irán.
Zoroastro, también conocido como Zaratustra, nació probablemente en el actual Afganistán entre los años 650 y 600 a. C. La nueva religión creada por él arraigara sólidamente en Persia y desaparece de la mayor parte de aquel imperio con la invasión musulmana del siglo VII de nuestra era, resistiendo pequeños núcleos de fieles, como los quebros de Irán y los parsis de la India, comunidades religiosas que aún perviven. Zoroastro igualó ante Dios a todos los seres humanos, de forma que gentes de cualquier condición social y nivel económico podían practicar su credo.