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martes, 9 de septiembre de 2025

La Revolución francesa y Revolución estadounidense

La Revolución francesa ese carácter incontenible e interminable, que la distingue de la Revolución estadounidense a tal punto que vacilamos en emplear el mismo término para designar ambos acontecimientos. Y sin embargo, ambos fueron animados por las mismas ideas y por pasiones comparables; fundan casi unidos la civilización democrática moderna. Pero uno de ellos termina con la elaboración y el voto de una Constitución que aún perdura, convertida en arca sagrada de la ciudadanía estadunidense, mientras que el otro multiplica las constituciones y los regímenes, y ofrece al mundo el primer espectáculo de un despotismo igualitario. Da existencia duradera a la idea de revolución no como el paso de un régimen a otro, o como un paréntesis entre dos momentos, sino como una cultura política inseparable de la democracia, y como ella inagotable, sin un término legal o constitucional; alimentada por la pasión de la igualdad, que por definición no tiene un umbral de satisfacción, escribe el historiador francés François 
Los estadunidenses amaron la igualdad como un bien del que siempre se ha gozado. Los franceses, en el momento en que la conquistan, temen perderla y la adoran en forma exclusiva, hasta ese grado se perfila el espectro de la aristocracia tras el espectáculo de la riqueza. Este análisis, profundo y verdadero en lo que concierne a ambos pueblos y ambas revoluciones a finales del siglo XVIII, no debe llevarnos empero a desconocer, siguiendo el ejemplo estadunidense de entonces, la profunda similitud de las pasiones de igualdad en ambos países, porque en las postrimerías de este siglo XX, la crítica de la democracia en nombre de la democracia no es menos obsesiva en los Estados Unidos que en Francia o en Europa.En los Estados Unidos, aun en nuestra época, esta pasión, madre de la democracia moderna, nunca se ha alimentado del odio al burgués, esta figura no existe, dice François Furet.

viernes, 11 de octubre de 2024

Balzac, Dickens y Dostoievski

"Los héroes de Balzac son ambiciosos y dominantes, arden en deseos vehementes de poder. Nada les basta, son todos insaciables, todos son ala vez conquistadores del mundo, revolucionarios, anarquistas y tiranos. Tienen un temperamento napoleónico. También los héroes de Dostoievski son fogosos y arrebatados, su voluntad rechaza el mundo y con una soberbia insatisfacción pasan por encima de la vida real para asir la verdadera; no quieren ser ciudadanos ni hombres, sino que en todos ellos centellea bajo la humildad el peligroso orgullo de querer ser un redentor. El héroe de Balzac quiere someter el mundo, el de Dostoievski vencerlo. Ambos tienden a ir más allá de lo cotidiano, se dirigen como una flecha hacia lo infinito. Los personajes de Dickens, por el contrario, son comedidos. Dios mío, ¿qué quieren? Cien libras al año, una buena esposa, una docena de hijos, una mesa bien puesta para acoger a los amigos, un cottage cerca de Londres con vistas a los árboles desde las ventanas, un jardincito y un puñado de felicidad. Su ideal es provinciano, pequeño-burgués, es con lo que nos encontraremos en Dickens. Sus criaturas no desean en el fondo ningún cambio en el orden mundial, no quieren riqueza ni pobreza, sino este cómodo punto medio que como máxima de vida es tan sabia para tenderos y carreteros y tan peligrosa para el artista. Los ideales de Dickens se han contagiado de la palidez del mundo en que vive. Tras su obra no hay un Dios colérico, gigantesco y sobrehumano, creador y domador del caos, sino un observador satisfecho, un ciudadano leal. Lo burgués llena por completo la atmósfera de todas las novelas de Dickens", escribe Stefan Zweig.

lunes, 5 de diciembre de 2022

Burguesía

La palabra burguesía, que designaba en principio a la clase media urbana, acabó adquiriendo una connotación negativa y despectiva a partir de Marx, pero sobre todo a partir de Lenin y la revolución soviética. Desde entonces, el burgués no es solo el miembro de la clase media, ni siquiera el capitalista, sino el individuo acomodaticio, anclado en concepciones artificiosas por convencionales, o anticuadas, carente de inquietudes y dado a aceptar un orden de cosas en que las buenas maneras y la educación adquirida son dominantes, escribe el historiador y catedrático José Luis Comellas.




sábado, 1 de agosto de 2020

No refuta a su adversario, se contenta con tratarlo de burgués o fascista



Unidas Podemos y el chavismo no refutan a su adversario, pues se contenta con tratarlo de burgués o fascista. Para criticar los trabajos de quienes piensan de manera diferente, el marxismo hace aparecer a sus autores como si fuesen siervos vendidos a la burguesía. Marx y Engels jamás trataron de refutar a sus adversarios con argumentos; los denigraron, insultaron, vilipendiaron, calumniaron, y sus sucesores no han hecho sino escarnecerlos. Su polémica ataca a la persona del contrincante y nunca sus demostraciones.

 Biblioteca Ludwig von Mises de la Universidad Francisco Marroquín

Una de las más hábiles maniobras de Marx fue ahogar esas atrevidas investigaciones que habían causado la ruina de las teorías socialistas anteriores. Si al finalizar el siglo XIX y despuntar el XX, el socialismo pudo alcanzar sitio de primera fila entre los partidos políticos, lo debe a la prohibición de discutir y profundizar el carácter de la sociedad socialista, escribe el economista austriaco Ludwig von Mises.

domingo, 12 de junio de 2016

El derecho en la ciudad medieval.

ciudad medieval
En aquellas aglomeraciones de hombres de todas las procedencias que son las ciudades, en aquel medio donde abundan los desarraigados, los vagabundos y los aventureros, se hace indispensable una disciplina rigurosa para mantener la seguridad y, al mismo tiempo, para aterrorizar a los ladrones y bandidos que, en cualquier civilización, son atraídos hacia los centros comerciales. Ya en época carolingia las ciudades, en cuyo recinto buscaban protección las gentes más potentadas, gozaban una paz especial. 
burgués medieval
Esta misma palabra paz es la que encontramos en el siglo XII designando el derecho penal de la ciudad. Esta paz urbana es un derecho de excepción, más severo y más duro que el del campo. Es pródigo en castigos corporales: horca, decapitación, castración, amputación de miembros. Aplica en todo su rigor la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. Evidentemente se propone reprimir los delitos por el terror. Todos aquellos que franqueen las puertas de la ciudad, ya sean nobles, libres o burgueses, están igualmente sometidos a él. Por él la ciudad se halla, por decirlo de alguna manera, en estado de sitio permanente. Pero también tiene, en virtud de este derecho, un poderoso instrumento de unificación, porque se superpone a las jurisdicciones y a los señoríos que se reparten su suelo, impone a todos una reglamentación inexorable. Contribuyó a igualar la condición de todos los habitantes situados en el interior de las murallas de la ciudad más que la comunidad de intereses y de residencia. 

mercado medieval
La burguesía es esencialmente el conjunto de los homines pacis, los hombres de la paz. La paz de la ciudad (pax ville) es al tiempo la ley de la ciudad (lex ville). Los emblemas que simbolizan la jurisdicción y la autonomía de la ciudad son ante todo emblemas de paz. Tales son, por ejemplo, las cruces o las escalinatas que se levantaron en los mercados, las atalayas (bergfried) cuya torre se yergue en el seno de las ciudades de los Países Bajos y el norte de Francia y los Rolands tan numerosos en la Alemania septentrional. Gracias a la paz con la que está dotada, la ciudad forma un territorio jurídico distinto. El principio de territorialidad del derecho se impone al de la personalidad. Los burgueses, al estar sometidos por igual al mismo derecho penal, acabarán participando tarde o temprano del mismo derecho civil. La costumbre urbana se circunscribe a los límites de la paz y la ciudad constituye, en el recinto de sus murallas, una comunidad de derecho.

palabra paz es la que encontramos en el siglo XII designando el derecho penal de la ciudad

ciudad medieval