Mostrando entradas con la etiqueta siglo XVIII. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta siglo XVIII. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de junio de 2023

Imperialismo europeo


El imperialismo de la Europa del siglo XVIII tuvo algunas características abominables. Fue cruel, cínico y voraz. Unía el egoísmo a la insensibilidad para los sufrimientos de otros pueblos, repugnada no sólo por el mejor pensamiento de nuestra época, sino también por el del siglo XVI. Claro está que la codicia y la brutalidad habían ido jalonando el curso de la expansión; pero en los primeros tiempos había habido un gran sentimiento de admiración, cierto fondo de humildad bajo la barbarie y, a veces, un angustioso examen de conciencia. Es difícil no llegar a la conclusión de que la actitud general de los europeos hacia los no europeos se enmudeció e insensibilizó en el triunfo de la expansión. La familiaridad había producido el menosprecio……En el Occidente, el comercio de esclavos fue desbaratado por un fuerte y sorprendente crecimiento súbito de los sentimientos humanitarios. El siglo XIX presenció el desarrollo de un dilatado entusiasmo misionero(entusiasmo que tomaría un sentido sumamente práctico, en direcciones sanitarias y educativas). Las bases de esta renovación fueron puestas realmente en los años aparentemente desfavorables del siglo XVIII. La Sociedad Inglesa para la Propaganda del Evangelio fue fundada en 1701, principalmente para trabajar entre los esclavos negros. El influjo de asociaciones de tal género en esta época de racionalismo fue al principio muy pequeño, pero a finales de siglo las comunidades Moravas, el Metodismo inglés y otros movimientos renovadores contribuyeron a conmover a la opinión en muchas partes del mundo. En tiempos más recientes, sociedades misioneras de todas clases han jugado un papel principal, no sólo en la evangelización y educación en ultramar, sino infundiendo a pueblos europeos el sentido de responsabilidad hacia las razas más débiles.

Ninguna nación emprende el trabajo y sostiene el gasto de la expansión colonial sin esperanza de beneficio; pero en toda la historia de la expansión europea siempre ha habido pugna entre un imperialismo interesado sólo en los beneficios y un imperialismo que acepta también deberes. El sentimiento del deber, de la responsabilidad, fue relativamente débil en el siglo XVIII, más débil que había sido en el XVI, y más débil que en la actualidad; pero nunca faltó por completo. Fue el producto de una continua tradición misionera que se remonta hasta el siglo XIII.

viernes, 6 de enero de 2023

El descenso del entusiasmo misionero a principios del XVIII produjo un descenso del bienestar de las razas sojuzgadas

El descenso general del entusiasmo misionero a principios del XVIII fue acompañado por un descenso correspondiente del sentido de responsabilidad respecto del bienestar material de las razas sojuzgadas. En la América española, la enajenación de las tierras de los indios, que los Habsburgos trataron de evitar, se acentuó mucho bajo los Borbones; el peonaje (esclavitud por deudas) volvióse más frecuente; y los indios fueron sometidos cada vez más a una nueva forma de repartimiento, la venta forzosa de mercancías manufacturadas no necesarias por los corregidores y alcaldes mayores. Las trascendentales reformas introducidas por los Borbones en el gobierno colonial español, a diferencia de gran parte de la legislación anterior, fueron inspiradas más por deseo de racionalizar la administración y fomentar el comercio.

La idea, tan prominente en las teorías contemporáneas sobre la colonización, de que las razas sojuzgadas debían ser educadas para gobernarse a la manera europea, nunca estuvo completamente ausente del pensamiento europeo. Varios escritores españoles del siglo XVI propusieron tal política, y se hicieron ciertos esfuerzos para introducir el tipo de gobierno municipal español en los pueblos de indios. Dichas teorías fueron abandonadas en gran parte a principios del siglo XVIII, aunque nunca desaparecieron por completo.

sábado, 28 de agosto de 2021

La España del siglo XVIII


En la España del siglo XVIII las malas cosechas vuelven de tanto en tanto con su inevitable cortejo de hambre, epidemias y muerte, robando así los años malos mucho del crecimiento de los buenos. La viruela, el cólera, el tifus o la fiebre amarilla han sustituido a la peste, pero no matan menos que ella. La higiene y la medicina no han mejorado. La vacuna solo llega a finales de siglo. La emigración continúa siendo la única válvula de escape. Porque, aunque las cosechas aumentaron, la técnica era la misma y los rendimientos también. Nuevos campos y nuevos cultivos, como la patata, permitieron alimentar más bocas. Pero cuando la población siguió creciendo, la agricultura se reveló incapaz de igualar su ritmo. Los precios empezaron entonces a subir, pero nadie estaba dispuesto a destinar capital a la tierra. Unos, los que la cultivaban, porque no lo tenían, y si lo pedían, podían perderlo todo, pues carecían de seguridad en la posesión de unas fincas que arrendaban a corto plazo. Otros, los que la poseían, nobles y clérigos en su mayoría, porque preferían destinar su dinero al lujo y la ostentación que les exigía su mentalidad aristocrática. Solo en Cataluña, donde los arrendamientos a largo plazo permitían al labrador arriesgar su dinero en la tierra, la agricultura empezó a progresar. Los rendimientos crecieron y una parte de ellos se invirtieron en manufacturas rurales que miraban al mercado americano. La mano de obra abundante, la proximidad de los puertos y el beneficio fácil hicieron el resto. La industria catalana creció y se diversificó. Del aguardiente se saltó al algodón. Llegaron máquinas inglesas y los productos bajaron su precio y aumentaron su calidad. En el resto del país el atraso agrario frenaba el despertar de la industria. Con excepción de los arsenales y las manufacturas de lujo crecidas a los pechos del Estado, no hubo industrialización, escribe el historiador Luis  Íñigo Fernández. 



El comercio colonial,dice Íñigo Fernández, libre al fin de la tiranía de las flotas, despega. Sus importantes beneficios enjugan el cuantioso déficit de la balanza de pagos, fruto de la compra de manufacturas y la venta de materias primas. Pero la libertad sola no basta. La agricultura y la industria no son capaces de producir más y más aprisa. Solo los catalanes aprovechan la oportunidad. En el resto del país, los barcos parten llenos de productos extranjeros que los españoles se limitan a revender.

lunes, 22 de octubre de 2018

El pasado cultural.


En el siglo XVIII europeo, se denominaba “museo” a espacios dedicados a toda clase de estudio del pasado e intercambio de reflexiones particulares; e incluso a publicaciones periódicas creadas para reproducir fuentes históricas y estéticas. El carácter público y de acceso general de los museos apareció en el siglo XIX. Los refugios de la memoria conservan el pasado en un estado de posibilidad, como presente virtual. Dice Osterhammel que el pasado cultural, solo preservado, está muerto; no cobra vida sino en los actos de apropiación, para los que nos prepara la educación recibida.

martes, 15 de mayo de 2018

La Guerra de los Treinta Años ahogó en mares de sangre el desarrollo cultural de Alemania.

Guerra de los Treinta Años.
El politólogo e historiador de ideas Isaiah Berlin cuenta que los alemanes estaban gobernados durante el siglo XVIII, y también durante el XVII, por trescientos príncipes y mil doscientos subpríncipes. El emperador tenía intereses en Italia y en otros lugares, lo que le impidió, tal vez, prestar debida atención a sus tierras alemanas. Y, sobre todo, se produjo el violento trastorno de la Guerra de los Treinta Años, cuando tropas extranjeras que incluían las francesas destruyeron y eliminaron a una gran porción de la población alemana, ahogando así en mares de sangre lo que habría sido su desarrollo cultural. Ésta fue una desgracia sin parangón en la historia europea. Nunca antes se había eliminado tal número de personas cualquiera fuera la razón, desde los tiempos de Gengis Kan, y la desgracia para Alemania fue aplastante. Ahogó en gran medida su espíritu,
Saqueo de una aldea, óleo de Pieter Snayers (1592-1666),
con el resultado de que la cultura alemana se volvió provinciana, quedó desbaratada en pequeñas y relamidas cortes provinciales. No había un París, no había un centro, vida, orgullo, una sensación de crecimiento, de dinamismo ni de poder. La cultura alemana o bien caía en una extrema pedantería escolástica de tipo luterana, escolástica minuciosa aunque bastante seca, o en una rebelión contra dicha escolástica para concentrarse en la vida interior del alma humana. Esto, sin duda, lo estimulaba el mismo luteranismo, aunque en particular lo hacía el hecho de que había un gran complejo de inferioridad nacional, que comenzó durante esa época, frente a los grandes Estados progresistas de Occidente.

sábado, 8 de abril de 2017

El dominio inglés en el siglo XVIII.

El dominio inglés del mar fue muy pocas veces efectivamente disputado en el siglo XVIII; y durante la mayor parte del siglo sirvió a un feroz y codicioso imperialismo. En todas las vastas regiones que se disputaban Inglaterra y Francia, el dominio terrestre dependió del marítimo.

John Parry explica que las pérdidas de España fueron todas en Europa, los Países Bajos, Menorca y Gibraltar, que una flota inglesa conquistó en 1704. En América, a pesar de una pequeña brecha legal y de brechas ilegales mucho más grandes en el monopolio oficial del comercio, el imperio español permaneció intacto. Observadores ingleses proclamaron que estaba tambaleándose próximo al colapso, y los comerciantes ingleses hubieran deseado que su gobierno le diese el golpe final; pero, realmente, bajo una
dinastía nueva y más vigorosa, la América española experimentaría en el siglo XVIII un completo arreglo de la administración, un considerable aumento territorial, un incremento muy grande del comercio y prosperidad general. Aunque en el bando ganador de la guerra, los holandeses en general salieron perdiendo con la paz. Cierto es que ni ganaron ni perdieron territorios importantes, y que en el Oriente la labor de asegurar su supremacía comercial mediante el dominio territorial continuó sin interrupción; pero la lucha larga y desesperada con Francia debilitó a las Provincias Unidas y su poder naval y comercial declinó en relación con el de sus vecinos. Al concentrarse en el desenvolvimiento de la marina mercante, los holandeses habían tendido siempre a descuidar la mera construcción naval de guerra, excepto en tiempos de franco aprieto. Después de la última guerra con Inglaterra en 1674, la armada holandesa sufrió mucho a causa de esta negligencia, pues las 
embarcaciones de roble se deterioran pronto cuando los maderos podridos no son remplazados inmediatamente; y la marina mercante holandesa, enorme, pero muy especializada, no era fácilmente adaptable a la guerra corsaria. Al mismo tiempo, gracias a la energía y a la pericia administrativa de Colbert, la armada francesa había crecido en número y eficiencia, al paso que los piratas franceses se disponían a entrar en una edad de oro. En la serie de guerras acaecidas desde 1688 hasta 1713, la tarea de contener a los franceses en el mar recayó cada vez más sobre los ingleses. Cuando, hacia el final del siglo XVII, la armada francesa a su vez entró en un periodo de abandono y decadencia, los principales beneficiarios fueron los ingleses. Los holandeses salieron de las guerras muy debilitados económica y políticamente; y en todas partes, excepto en las Indias orientales, su iniciativa comercial y colonial pasó a Inglaterra.

Liverpool en 1680
El comercio de esclavos que suministraba la mano de obra para las plantaciones de azúcar y tabaco estaba en su apogeo. Los esclavos eran necesarios no sólo en la América española y portuguesa y en las Antillas, sino también y cada vez más, en las plantaciones de Virginia, Carolina, Georgia y Luisiana. El comercio de esclavos del siglo XVIII, con la calurosa aprobación del gobierno, dio vida al puerto de Liverpool y fue un factor importante en el predominio comercial de Inglaterra, dice John  Parry

Con el constante desarrollo de la industria en Inglaterra durante el siglo XVIII, las “colonias de establecimiento” recobraron el favor oficial como mercados de manufacturas y se aseguró la aprobación del gobierno a cualquier esfuerzo que se hiciese para poblarlas. Y no había en Inglaterra persecuciones religiosas o guerras civiles que empujaran al pueblo hacia ultramar; pero en otras partes de Europa, especialmente en Irlanda y el Palatinado, las hambres y guerras periódicas dejaban a miles de familias desamparadas. Como se necesitaba mano de obra en las colonias a casi cualquier precio, los capitanes de los buques recurrían a cualquier método, desde el consejo persuasivo hasta el secuestro, para inducir a esos infortunados a emigrar. La débil corriente que en el siglo XVII formaban los emigrantes ingleses a la América inglesa, engrosó a principios del XVIII hasta convertirse en un torrente. La larga línea de la frontera con los indios, que había permanecido más o menos estacionaria a finales del XVII, comenzó a avanzar constantemente hacia las montañas a principios del XVIII.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Existen aspecto de la Ilustración que hoy son cuidadosamente ocultados.

El siglo XVIII se limita a los hechos visibles.No se trata de comprender el mundo, sino de transformarlo. El hombre ha nacido para la acción, afirma Voltaire; y añade que “no estar ocupado o no existir es lo mismo para el hombre”. Y la finalidad de la acción es el progreso material y moral, a fin de asegurar la felicidad del hombre.Esta razón abstracta no se dirige a los hombres tal como son, a los hombres concretos, sino a un ser ideal, soñado, tal como lo imaginan los filósofos, ilustrado y virtuoso.

Los historiadores demuestran una extraña discreción con
Voltaire
respecto al inmenso desprecio expresado por algunas figuras del siglo XVIII por las clases populares. “Es conveniente que el pueblo sea guiado, y no que sea instruido, no es digno de serlo”, escribe Voltaire a Damilaville. “El bien de la sociedad requiere que los conocimientos del pueblo no se extiendan más allá de sus labores”, afirma La Chalotais en su Essai d’éducation nationale. Philipon de La Madeleine, otro filósofo, expresa el deseo de que la práctica de la escritura sea prohibida a los hijos del pueblo. El pueblo de la Ilustración, el pueblo ideal, es el pueblo sin el pueblo.
Obispo de Meaux.
En la Política sacada de las Sagradas Escrituras, Bossuet dice que “Dios ha establecido la fraternidad de los hombres haciéndoles nacer a todos de uno solo, por lo que su padre es común”. El obispo de Meaux concreta: “Ningún hombre es ajeno a otro hombre”. Los filósofos, alimentados por un espíritu científico y considerando la teoría de la primera pareja como una fábula, insisten en la división de la humanidad en especies, dicho de otra manera, en razas. ¿Cómo es posible que Adán, que era pelirrojo y tenía pelo, se pregunta Voltaire, sea el padre de los negros, que son oscuros como la tinta y tienen lana negra en la cabeza?. Costumbres y moralidad proceden, pues, de los caracteres raciales, unidos al aspecto físico, al color de la piel.

Aquí tenemos un aspecto de la Ilustración que hoy es
Jean de Viguerie
cuidadosamente ocultado: el racismo. Negando la existencia del alma, el materialismo conlleva la negación de la naturaleza humana. Estamos, comenta Jean de Viguerie, ante un sistema diferencialista y desigualitario. La unidad del género humano ya no tiene ninguna realidad. Esta visión procede de una antropología pesimista. La literatura de la época, explica Xavier Martin, considera al buen salvaje estilo Rousseau como un ser primitivo, de cociente intelectual y afectivo limitado, cuya única aspiración es el goce y el placer.

A partir de 1789 unas minorías se apoderan del poder y se lo disputan. De manera que el momento fundador de la República francesa lleva en sí una contradicción inconfesable. Dirigida en nombre del pueblo, la Revolución se realizó sin el consentimiento del pueblo, e incluso a menudo contra el.

La Revolución francesa es un bloque, decía Clemenceau. En este bloque, se busca en vano el respeto a la ley, el culto a las libertades, los valores de concertación y el sentido del diálogo democrático que nacieron, según se nos dice de forma imperturbable, en esta época.


Los historiadores demuestran una extraña discreción con respecto al inmenso desprecio expresado por algunas figuras del siglo XVIII por las clases populares

Es conveniente que el pueblo sea guiado, y no que sea instruido, no es digno de serlo, escribe Voltaire

La Revolución francesa