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sábado, 21 de diciembre de 2024

Cada cerebro animal está diseñado para permitir la vida de la especie en su entorno

Todas las formas de vida presentan algún tipo de inteligencia e intencionalidad, por mínima que sea.Podemos conocer tales inteligencias por los efectos que producen, de la misma manera que conocemos la gravedad por sus efectos, aunque no comprendamos demasiado bien qué es en realidad, de qué está hecha o cómo se originó. A un elefante, por ejemplo, se le puede enseñar a pintar con su trompa. Es capaz de dibujar una flor, un árbol o una silueta de sí mismo pero él no es consciente de ser pintor, de lo que es el arte o de lo que ello supone para los humanos. Simplemente reproduce unos trazos con precisión que le han sido enseñados por sus cuidadores. No es arte lo que hace sino un truco inculcado a fuerza de pequeñas recompensas, con el fin de que sus dueños obtengan ciertas ganancias de los turistas.Ningún elefante en libertad pintaría jamás un cuadro, por la sencilla razón de que ellos no inventaron la pintura ni ésta les interesa para nada.Lo que procuran los entrenadores de estos elefantes pintores que viven en cautividad es enseñarles a hacer un dibujo y obligarles a reproducirlo,siempre el mismo, delante de los turistas.Por supuesto, esta capacidad de imitación demuestra cierta inteligencia por parte de estos animales.
También a los chimpancés se les ha motivado y proporcionado materiales para que pinten. Sin embargo, éstos, a pesar de que parecen disfrutar llenando de colores y garabatos el lienzo, nunca representan nada concreto.Se podría decir que su estilo es abstracto, no figurativo y, desde luego, no muestran la capacidad de imitación de los elefantes. Quizás porque sus cerebros no funcionan de la misma manera y su inteligencia se orienta en otras direcciones. Esto nos indicaría que cada cerebro animal está especialmente diseñado para permitir la vida de la especie en su entorno adecuado.Sólo el ser humano es capaz de crear verdadero arte pero también de enseñar a los animales a hacer cosas que éstos, por su propia naturaleza, nunca harían, escribe el biólogo y catedrático Antonio Cruz.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Reproducir un ser vivo es crear un nuevo ser

Aunque pudiera construirse una máquina capaz de reproducirse, ésta se limitaría a fabricar copias de sí misma en el estado que tuviese en el momento de producirlas. A la larga toda máquina se desgasta. Poco a poco las hijas se irían haciendo necesariamente menos perfectas que las madres. En pocas generaciones el sistema derivaría cada vez un poco más hacia el desorden estadístico. La descendencia estaría condenada a la muerte. Por el contrario, reproducir un ser vivo no consiste en volver a copiar al progenitor tal como es en el momento de la procreación. Es crear un nuevo ser. Es poner en marcha, a partir de un estado inicial, una serie de acontecimientos que lo conducen al estado de los progenitores. Cada generación no parte de cero, sino del mínimo vital, es decir, la célula. En el programa están contenidas todas las operaciones que describen el ciclo entero, que conducen a cada individuo desde su juventud hasta su muerte. Pero esto no quiere decir que todo esté fijado con rigidez en el programa genético. Con frecuencia éste no hace otra cosa que establecer unos límites a la acción del medio, o incluso dar al organismo la capacidad de reaccionar, el poder de adquirir un suplemento de información no innata. Fenómenos tales como la regeneración o las modificaciones inducidas en el individuo por el medio muestran claramente que en la expresión del programa existe cierta flexibilidad. A medida que los organismos se complican y su sistema nervioso crece en importancia, las instrucciones genéticas les confieren nuevas potencialidades, como la capacidad de recordar o aprender. Sin embargo, el programa interviene también en estos fenómenos. En el caso del aprendizaje, el programa determina qué puede aprenderse y cuándo debe tener lugar el aprendizaje en el curso de la vida; en el caso de la memoria, limita la naturaleza de los recuerdos, su número y su duración. Así pues, la rigidez del programa varía según las operaciones. Ciertas instrucciones se ejecutan al pie de la letra. Otras se traducen en capacidades o potencialidades. Pero, en resumidas cuentas, es el programa el que fija su grado de flexibilidad y la gama de variaciones posibles.

lunes, 6 de enero de 2020

Sabiduría real en que nuestro cerebro tiene poco que hacer

Para el filósofo Alan Watts no fue a través de declaraciones como aprendimos a respirar, tragar, ver, hacer que la sangre circule, digerir los alimentos o resistir a las enfermedades. Sin embargo, esas cosas se realizan por medio de los procesos más complejos, que el aprendizaje por medio de los libros y la habilidad técnica no pueden jamás reproducir. Esta es una sabiduría real, pero nuestro cerebro tiene muy poco que hacer con ella.

Sin ningún aparato técnico ni cálculos para predicción, las palomas mensajeras pueden regresar a sus palomares desde largas distancias, las aves migratorias pueden visitar los mismos lugares un año tras otro y las plantas pueden “idear” mecanismos maravillosos para que el viento distribuya sus semillas. Desde luego, no hacen estas cosas “a propósito”, lo cual es tanto como decir que no las planean y piensan. Si pudieran hablar, no estarían en mejores condiciones para explicar cómo lo hacen que las del hombre medio para explicar cómo late su corazón.

lunes, 22 de octubre de 2018

El pasado cultural.


En el siglo XVIII europeo, se denominaba “museo” a espacios dedicados a toda clase de estudio del pasado e intercambio de reflexiones particulares; e incluso a publicaciones periódicas creadas para reproducir fuentes históricas y estéticas. El carácter público y de acceso general de los museos apareció en el siglo XIX. Los refugios de la memoria conservan el pasado en un estado de posibilidad, como presente virtual. Dice Osterhammel que el pasado cultural, solo preservado, está muerto; no cobra vida sino en los actos de apropiación, para los que nos prepara la educación recibida.

lunes, 9 de octubre de 2017

Desarrollo humano.

Si me encuentro con un tigre hambriento, es bastante probable que el tigre decida atacarme y devorarme, porque su instinto prevalece en sus procesos mentales. Si un ser humano, en cambio, tiene hambre, ciertamente deseará comer, pero será capaz de esperar, ya sea pensando en que está a dieta o por cualquier otra motivación que lo impulse a no satisfacer su impulso instintivo inmediatamente. Así, en el lenguaje, el hombre puede pensar qué quiere decir y cómo quiere decirlo; puede escoger las palabras y construcciones entre un número altísimo de posibilidades. Dice Stefano Versace que esto tiene una importante implicación, parece sugerir que el modo en el que el lenguaje se relaciona e interactúa con nuestros procesos instintivos es más parecido al funcionamiento de los órganos biológicos que a un arte o a una práctica. Esto explica y aclara por qué los modelos basados en máquinas automáticas han fracasado reiteradamente en el intento de reproducir las complejas posibilidades estructurales y expresivas del lenguaje, y lleva directamente a la siguiente hipótesis, el lenguaje es un órgano biológico, propio del ser humano, ubicado en el cerebro.

El desarrollo humano madura paralelamente al de la facultad que llamamos cognitiva, que se refiere a nuestras estructuras mentales. Esta facultad cognitiva conduce a la construcción de una representación real desde un punto de vista psicológico e incluso tal vez neuronal, gracias a la cual podemos crear un conjunto de posibilidades infinito (el de la
Humboldt
capacidad expresiva ilimitada de un hablante adulto) a partir de un conjunto de estímulos infinitos (el de las oraciones a las que hemos sido expuestos de niños). En palabras de Chomsky, Humboldt es el primer pensador en desarrollar la idea de la facultad del lenguaje en el ser humano como máquina generativa que multiplica las entradas (input) lingüísticas según reglas y constantes estructurales.