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miércoles, 8 de marzo de 2023

Africa subyugada

Cuando en el siglo XV los primeros barcos portugueses arribaron a las costas de Guinea, pudieron hacerse con el control de los puertos y marcar el destino de África durante los 500 años siguientes. Después de agotar las minas de oro, los africanos se pusieron a cazar esclavos para intercambiarlos por ropa y armas de fuego europeas. Esto ocasionó un incremento de la guerra y las rebeliones, así como la quiebra de los estados feudales autóctonos, con lo que se frustró prematuramente la trayectoria del desarrollo político africano y regiones enormes del interior se convirtieron en tierra de nadie cuyo producto principal era la cosecha humana que se exportaba a las plantaciones de azúcar, algodón y tabaco del otro lado del Atlántico. Cuando terminó el comercio de esclavos, los europeos obligaron a los africanos a trabajar para ellos en los campos y en las minas. Entretanto, las autoridades coloniales hicieron todos los esfuerzos posibles para mantener a África subyugada y atrasada, fomentando las guerras tribales, limitando la educación de los africanos al nivel más rudimentario posible y, sobre todo, evitando que las colonias desarrollasen una infraestructura industrial que podía haberles permitido competir en el mercado mundial una vez que consiguiesen la independencia política. Con una historia semejante, habrá que considerar a los africanos no una raza inferior sino superhombres si por su cuenta consiguen crear una única sociedad industrial avanzada. 


miércoles, 7 de diciembre de 2022

La guerra del Yom Kipur

Cuenta el profesor británico de origen judío Tony Judt que con “Nasser humillado y la era colonial cada vez más lejana en la memoria, muchos conservadores europeos perdieron interés en Israel y se esforzaron por obtener el favor de sus vecinos productores de petróleo antes de la crisis energética de 1973, pero especialmente después. Así que, de diversas formas, después de 1967 el contexto internacional se fue haciendo cada vez más desfavorable a Israel, pese a su espectacular victoria y a causa de ella. Pero el cambio más importante de todos, la transformación que modificaría la relación de Israel con el resto del mundo, tuvo lugar en el propio país. Liberados de una amenaza seria y habiendo demostrado que se bastaban a sí mismos, los israelíes se volvieron arrogantes. En este sentido es bastante típica la actitud de Yael Dayan, que escribió en su diario cuando la guerra terminó: “La nueva realidad de Oriente Próximo presentó a Israel como el elemento más fuerte y, como tal, puede hablar una lengua distinta y había que hablarle de una forma distinta”. La irritable inseguridad que había caracterizado al país en sus primeras dos décadas se transformó en ufana autosatisfacción. La gran victoria de 1967 dio al sionismo una inyección de vitalidad con una nueva generación de emigrantes entusiastas que llegaron de Estados Unidos especialmente; pero estos nuevos sionistas llevaron consigo no los viejos textos socialistas de emancipación, redención y comunidad, sino una Biblia y un mapa. Para ellos, la accidental ocupación israelí de Judea y Samaria no era un problema, era una solución. En su visión religiosa, la derrota de los enemigos históricos de Israel no era el final, sino más bien el comienzo. La pretenciosa confianza después de junio de 1967 condujo a los desastres iniciales de la guerra del Yom Kipur de 1973 cuando, incapaz de imaginar que la planificación militar árabe era tan buena como sugería su propio servicio de inteligencia, el Estado Mayor israelí fue sorprendido durmiendo.” Después de ser levemente derrotados en la Guerra de los Seis Días, los países Árabes que rodean Israel quisieron redimirse y trataron de recuperar territorios perdidos. Desde 1972, el ejército egipcio y el sirio se reconstruyeron desde cero. Adquirieron equipos actualizados, principalmente a través de la Unión Soviética; MiGs, tanques T-55 y T-62, misiles antiaéreos (SA2-3-6-7) y los misiles guiados antitanque Sagger. Para octubre de 1972, Anwar Sadat, Presidente de Egipto, ya estaba hablando de atacar a Israel en reuniones privadas con su personal del ejército. La guerra llevó al reconocimiento de que no había garantía de que siempre dominaría militarmente a los estados árabes. Estos cambios allanaron el camino para el proceso de paz subsiguiente. Los Acuerdos de Camp David (1978) que siguieron dieron lugar a la devolución del Sinaí a Egipto y la normalización de las relaciones entre los dos países; el primer reconocimiento pacífico de Israel por parte de un país árabe. Egipto continuó su alejamiento de la Unión Soviética y abandonó su área de influencia en su totalidad.

sábado, 28 de agosto de 2021

La España del siglo XVIII


En la España del siglo XVIII las malas cosechas vuelven de tanto en tanto con su inevitable cortejo de hambre, epidemias y muerte, robando así los años malos mucho del crecimiento de los buenos. La viruela, el cólera, el tifus o la fiebre amarilla han sustituido a la peste, pero no matan menos que ella. La higiene y la medicina no han mejorado. La vacuna solo llega a finales de siglo. La emigración continúa siendo la única válvula de escape. Porque, aunque las cosechas aumentaron, la técnica era la misma y los rendimientos también. Nuevos campos y nuevos cultivos, como la patata, permitieron alimentar más bocas. Pero cuando la población siguió creciendo, la agricultura se reveló incapaz de igualar su ritmo. Los precios empezaron entonces a subir, pero nadie estaba dispuesto a destinar capital a la tierra. Unos, los que la cultivaban, porque no lo tenían, y si lo pedían, podían perderlo todo, pues carecían de seguridad en la posesión de unas fincas que arrendaban a corto plazo. Otros, los que la poseían, nobles y clérigos en su mayoría, porque preferían destinar su dinero al lujo y la ostentación que les exigía su mentalidad aristocrática. Solo en Cataluña, donde los arrendamientos a largo plazo permitían al labrador arriesgar su dinero en la tierra, la agricultura empezó a progresar. Los rendimientos crecieron y una parte de ellos se invirtieron en manufacturas rurales que miraban al mercado americano. La mano de obra abundante, la proximidad de los puertos y el beneficio fácil hicieron el resto. La industria catalana creció y se diversificó. Del aguardiente se saltó al algodón. Llegaron máquinas inglesas y los productos bajaron su precio y aumentaron su calidad. En el resto del país el atraso agrario frenaba el despertar de la industria. Con excepción de los arsenales y las manufacturas de lujo crecidas a los pechos del Estado, no hubo industrialización, escribe el historiador Luis  Íñigo Fernández. 



El comercio colonial,dice Íñigo Fernández, libre al fin de la tiranía de las flotas, despega. Sus importantes beneficios enjugan el cuantioso déficit de la balanza de pagos, fruto de la compra de manufacturas y la venta de materias primas. Pero la libertad sola no basta. La agricultura y la industria no son capaces de producir más y más aprisa. Solo los catalanes aprovechan la oportunidad. En el resto del país, los barcos parten llenos de productos extranjeros que los españoles se limitan a revender.