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martes, 24 de enero de 2023

Roosevelt y Churchill eran distintos

Roosevelt y Churchill eran distintos. “El presidente estadounidense tenía una fe tan inquebrantable en el poder de Estados Unidos que raras veces interfirió ni en lo relativo a los nombramientos ni en la planificación operativa. Una vez que los jefes militares estadounidenses, conmocionados, se vieron inducidos a entrar en la guerra, Roosevelt depositó una enorme fe en que Arnold (fuerza aérea), King (marina) y, sobre todo, Marshall (ejército de tierra) harían lo correcto, con su propio hombre de confianza, el almirante Leahy, actuando como jefe nominal del Estado Mayor Conjunto. La marina siempre ocupó un lugar especial en los sentimientos de Roosevelt, y su nombramiento de Ben Moreell para dirigir a los nuevos Seabees fue un golpe brillante. Pero, por lo demás, no parece que el presidente estadounidense desempeñara un papel activo o interfiriera en los nombramientos del cuerpo. Habría sido temperamentalmente imposible para el primer ministro británico ejercer aquel tipo de planteamiento de no intervención; el papel de sus cartas personales llevaba como encabezado el célebre eslogan de «¡Acción hoy!», y costó mucho esfuerzo (incluida, finalmente, la intervención del rey) lograr que el Día D no se presentara en persona en las playas de Normandía. A veces llevó a Alanbrooke y a otros jefes británicos al borde de la desesperación y la dimisión, y ciertamente reemplazó a muchos generales en su búsqueda de un liderazgo eficaz en el frente de batalla. Aun así, hasta el malhumorado Alanbrooke admitiría con frecuencia que la imaginación, el impulso y la retórica del primer ministro eran indispensables en el esfuerzo bélico. Hubo otro ámbito de este conflicto mundial en el que el entusiasmo y el aliento de Churchill fueron inestimables, a la hora de reconocer el talento, la iniciativa y, con franqueza, la heterodoxia de las personas, y de darles la posibilidad de demostrar su valía”, escribe el historiador británico Paul Kennedy.

sábado, 8 de abril de 2017

El dominio inglés en el siglo XVIII.

El dominio inglés del mar fue muy pocas veces efectivamente disputado en el siglo XVIII; y durante la mayor parte del siglo sirvió a un feroz y codicioso imperialismo. En todas las vastas regiones que se disputaban Inglaterra y Francia, el dominio terrestre dependió del marítimo.

John Parry explica que las pérdidas de España fueron todas en Europa, los Países Bajos, Menorca y Gibraltar, que una flota inglesa conquistó en 1704. En América, a pesar de una pequeña brecha legal y de brechas ilegales mucho más grandes en el monopolio oficial del comercio, el imperio español permaneció intacto. Observadores ingleses proclamaron que estaba tambaleándose próximo al colapso, y los comerciantes ingleses hubieran deseado que su gobierno le diese el golpe final; pero, realmente, bajo una
dinastía nueva y más vigorosa, la América española experimentaría en el siglo XVIII un completo arreglo de la administración, un considerable aumento territorial, un incremento muy grande del comercio y prosperidad general. Aunque en el bando ganador de la guerra, los holandeses en general salieron perdiendo con la paz. Cierto es que ni ganaron ni perdieron territorios importantes, y que en el Oriente la labor de asegurar su supremacía comercial mediante el dominio territorial continuó sin interrupción; pero la lucha larga y desesperada con Francia debilitó a las Provincias Unidas y su poder naval y comercial declinó en relación con el de sus vecinos. Al concentrarse en el desenvolvimiento de la marina mercante, los holandeses habían tendido siempre a descuidar la mera construcción naval de guerra, excepto en tiempos de franco aprieto. Después de la última guerra con Inglaterra en 1674, la armada holandesa sufrió mucho a causa de esta negligencia, pues las 
embarcaciones de roble se deterioran pronto cuando los maderos podridos no son remplazados inmediatamente; y la marina mercante holandesa, enorme, pero muy especializada, no era fácilmente adaptable a la guerra corsaria. Al mismo tiempo, gracias a la energía y a la pericia administrativa de Colbert, la armada francesa había crecido en número y eficiencia, al paso que los piratas franceses se disponían a entrar en una edad de oro. En la serie de guerras acaecidas desde 1688 hasta 1713, la tarea de contener a los franceses en el mar recayó cada vez más sobre los ingleses. Cuando, hacia el final del siglo XVII, la armada francesa a su vez entró en un periodo de abandono y decadencia, los principales beneficiarios fueron los ingleses. Los holandeses salieron de las guerras muy debilitados económica y políticamente; y en todas partes, excepto en las Indias orientales, su iniciativa comercial y colonial pasó a Inglaterra.

Liverpool en 1680
El comercio de esclavos que suministraba la mano de obra para las plantaciones de azúcar y tabaco estaba en su apogeo. Los esclavos eran necesarios no sólo en la América española y portuguesa y en las Antillas, sino también y cada vez más, en las plantaciones de Virginia, Carolina, Georgia y Luisiana. El comercio de esclavos del siglo XVIII, con la calurosa aprobación del gobierno, dio vida al puerto de Liverpool y fue un factor importante en el predominio comercial de Inglaterra, dice John  Parry

Con el constante desarrollo de la industria en Inglaterra durante el siglo XVIII, las “colonias de establecimiento” recobraron el favor oficial como mercados de manufacturas y se aseguró la aprobación del gobierno a cualquier esfuerzo que se hiciese para poblarlas. Y no había en Inglaterra persecuciones religiosas o guerras civiles que empujaran al pueblo hacia ultramar; pero en otras partes de Europa, especialmente en Irlanda y el Palatinado, las hambres y guerras periódicas dejaban a miles de familias desamparadas. Como se necesitaba mano de obra en las colonias a casi cualquier precio, los capitanes de los buques recurrían a cualquier método, desde el consejo persuasivo hasta el secuestro, para inducir a esos infortunados a emigrar. La débil corriente que en el siglo XVII formaban los emigrantes ingleses a la América inglesa, engrosó a principios del XVIII hasta convertirse en un torrente. La larga línea de la frontera con los indios, que había permanecido más o menos estacionaria a finales del XVII, comenzó a avanzar constantemente hacia las montañas a principios del XVIII.