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sábado, 8 de abril de 2017

El dominio inglés en el siglo XVIII.

El dominio inglés del mar fue muy pocas veces efectivamente disputado en el siglo XVIII; y durante la mayor parte del siglo sirvió a un feroz y codicioso imperialismo. En todas las vastas regiones que se disputaban Inglaterra y Francia, el dominio terrestre dependió del marítimo.

John Parry explica que las pérdidas de España fueron todas en Europa, los Países Bajos, Menorca y Gibraltar, que una flota inglesa conquistó en 1704. En América, a pesar de una pequeña brecha legal y de brechas ilegales mucho más grandes en el monopolio oficial del comercio, el imperio español permaneció intacto. Observadores ingleses proclamaron que estaba tambaleándose próximo al colapso, y los comerciantes ingleses hubieran deseado que su gobierno le diese el golpe final; pero, realmente, bajo una
dinastía nueva y más vigorosa, la América española experimentaría en el siglo XVIII un completo arreglo de la administración, un considerable aumento territorial, un incremento muy grande del comercio y prosperidad general. Aunque en el bando ganador de la guerra, los holandeses en general salieron perdiendo con la paz. Cierto es que ni ganaron ni perdieron territorios importantes, y que en el Oriente la labor de asegurar su supremacía comercial mediante el dominio territorial continuó sin interrupción; pero la lucha larga y desesperada con Francia debilitó a las Provincias Unidas y su poder naval y comercial declinó en relación con el de sus vecinos. Al concentrarse en el desenvolvimiento de la marina mercante, los holandeses habían tendido siempre a descuidar la mera construcción naval de guerra, excepto en tiempos de franco aprieto. Después de la última guerra con Inglaterra en 1674, la armada holandesa sufrió mucho a causa de esta negligencia, pues las 
embarcaciones de roble se deterioran pronto cuando los maderos podridos no son remplazados inmediatamente; y la marina mercante holandesa, enorme, pero muy especializada, no era fácilmente adaptable a la guerra corsaria. Al mismo tiempo, gracias a la energía y a la pericia administrativa de Colbert, la armada francesa había crecido en número y eficiencia, al paso que los piratas franceses se disponían a entrar en una edad de oro. En la serie de guerras acaecidas desde 1688 hasta 1713, la tarea de contener a los franceses en el mar recayó cada vez más sobre los ingleses. Cuando, hacia el final del siglo XVII, la armada francesa a su vez entró en un periodo de abandono y decadencia, los principales beneficiarios fueron los ingleses. Los holandeses salieron de las guerras muy debilitados económica y políticamente; y en todas partes, excepto en las Indias orientales, su iniciativa comercial y colonial pasó a Inglaterra.

Liverpool en 1680
El comercio de esclavos que suministraba la mano de obra para las plantaciones de azúcar y tabaco estaba en su apogeo. Los esclavos eran necesarios no sólo en la América española y portuguesa y en las Antillas, sino también y cada vez más, en las plantaciones de Virginia, Carolina, Georgia y Luisiana. El comercio de esclavos del siglo XVIII, con la calurosa aprobación del gobierno, dio vida al puerto de Liverpool y fue un factor importante en el predominio comercial de Inglaterra, dice John  Parry

Con el constante desarrollo de la industria en Inglaterra durante el siglo XVIII, las “colonias de establecimiento” recobraron el favor oficial como mercados de manufacturas y se aseguró la aprobación del gobierno a cualquier esfuerzo que se hiciese para poblarlas. Y no había en Inglaterra persecuciones religiosas o guerras civiles que empujaran al pueblo hacia ultramar; pero en otras partes de Europa, especialmente en Irlanda y el Palatinado, las hambres y guerras periódicas dejaban a miles de familias desamparadas. Como se necesitaba mano de obra en las colonias a casi cualquier precio, los capitanes de los buques recurrían a cualquier método, desde el consejo persuasivo hasta el secuestro, para inducir a esos infortunados a emigrar. La débil corriente que en el siglo XVII formaban los emigrantes ingleses a la América inglesa, engrosó a principios del XVIII hasta convertirse en un torrente. La larga línea de la frontera con los indios, que había permanecido más o menos estacionaria a finales del XVII, comenzó a avanzar constantemente hacia las montañas a principios del XVIII.

jueves, 23 de marzo de 2017

Los peregrinos del Mayflower

Isabel I
Gran Bretaña fijó una vía intermedia moderadamente protestante con la subida de la reina Isabel I al trono, después de que su padre provocara el cisma con Roma y su hermanastro abrazara con entusiasmo la reforma, mientras que ella la rechazaba. Sin embargo, para los que luego serían llamados “puritanos”, el orden anglicano era inseguro. Cuando quedó claro que Jacobo I procuraba mantener el orden isabelino, pese a su educación escocesa calvinista, un grupo denominado los “peregrinos” en Scrooby (Nottinghamshire), decidió que era el momento de partir; intentaron establecerse en Holanda, pero al cabo de diez
Jacobo I
años la abandonaron por considerarla demasiado mundana. Cuando oyeron hablar de América, y del hecho de que fuera un páramo que disuadía a muchos, a ellos les pareció el destino perfecto. ¿Dónde si no fundarían una sociedad verdaderamente religiosa si no en medio de un caos vacío y vasto? 

cabo Cod
El 9 de noviembre de 1620, casi ocho semanas después de dejar Southampton, los peregrinos arribaron al cabo Cod. Como si buscaran para sí el lugar más virgen, se desviaron unos trescientos veinte kilómetros de Virginia y terminaron instalándose en las costas septentrionales más frías de la región a las que John Smith había bautizado como Nueva Inglaterra. 

Niall Ferguson manifiesta que resulta interesante especular
sobre cómo se habría desarrollado esta región si los peregrinos hubiesen sido las únicas personas a bordo del Mayflower. Después de todo, no eran solo fundamentalistas sino también comunistas en un sentido literal, cuya meta era poseer la propiedad y distribuir lo producido equitativamente. De hecho, solo una cuarta parte de las ciento cuarenta y nueve personas a bordo eran “peregrinos”. La mayoría habían respondido a los anuncios de la Compañía de Virginia, y sus motivos para cruzar el Atlántico eran más materiales que espirituales. Algunos, de hecho, escapaban de la depresión de la industria textil de East Anglia. Su objetivo era hacer el bien antes que ser santos, y lo que les atraía a Nueva Inglaterra no era tanto la ausencia de obispos y otros restos del “papismo”, sino la abundancia de peces. Desde hacía tiempo, las pesquerías de Terranova habían atraído a los pescadores ingleses a los confines del Atlántico. Para llegar hasta allí era mucho más fácil hacerlo desde América. Las aguas litorales de Nueva Inglaterra también estaban llenas de peces,eran tan abundantes en la costa de Marblehead que “parecía que uno podría caminar sobre ellos sin mojarse”.
Los Peregrinos quisieron huir de las persecuciones en Holanda e Inglaterra y tomaron el barco “May Flower” y zarparon al nuevo mundo.
Por otro lado,desde principios del siglo XVII hasta la década de 1950, más de veinte millones de personas dejaron las islas británicas para iniciar una nueva vida en ultramar. Solo una minoría regresó. Los primeros emigrantes, al dejar Gran Bretaña, no solo arriesgaban los ahorros de toda una vida sino la propia vida. El pilar en que se sustentó el imperio británico fue la migración masiva.Desde la década de 1950, los flujos de migración se han invertido.