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domingo, 22 de febrero de 2026

No existe ninguna diferencia desde el punto de vista de la dignidad entre un discapacitado y el genio


“La persona debe ser completamente amada. No existe ninguna diferencia desde el punto de vista de la dignidad entre un discapacitado y el genio más grande del planeta. Delante de los ojos de Dios tiene la misma dignidad. Yo debo amar a la persona con capacidades diferentes como debo amar al genio”, manifiesta el psicólogo Ezio Aceti.
“Naturalmente, dice Aceti, el hijo o la persona con discapacidad tiene más necesidad e involucra más afectivamente toda mi persona; me pone ante la capacidad de brindar ayuda, asumir una responsabilidad y respeto hacia esta persona necesitada. Parece absurdo, la discapacidad de los demás me hace más humano. Por supuesto, un niño discapacitado implica momentos difíciles y de preocupación, especialmente por la incertidumbre sobre su futuro. Desasosiego que mantienen vivo nuestro ser “padres” y nos hacen comprender lo esencial de la vida”.
“Un Estado que dedica sus energías a las personas “débiles” se convierte en un Estado digno y sucede un milagro, del cual los ciudadanos serán conscientes, porque atender a los débiles saca lo mejor del hombre, altruismo, la escucha, el coraje, la generosidad, la paciencia y la empatía hacia los más necesitados.”


miércoles, 28 de mayo de 2025

Escuchar es un prestar, un dar, un don

“Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar. Lo que hace difícil escuchar es sobre todo la creciente focalización en el ego, el progresivo narcisismo de la sociedad. Narciso no responde a la amorosa voz de la ninfa Eco, que en realidad sería la voz del otro. Así es como se degrada hasta convertirse en repetición de la voz propia. Escuchar no es un acto pasivo. Se caracteriza por una actividad peculiar. Primero tengo que dar la bienvenida al otro, es decir, tengo que afirmar al otro en su alteridad. Luego atiendo a lo que dice. Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar. No sigue pasivamente el discurso del otro. En cierto sentido, la escucha antecede al habla. Escuchar es lo único que hace que el otro hable. Yo ya escucho antes de que el otro hable, o escucho para que el otro hable. La escucha invita al otro a hablar, liberándolo para su alteridad.La actitud responsable del oyente hacia el otro se manifiesta como paciencia. La pasividad de la paciencia es la primera máxima de la escucha. El oyente se pone a merced del otro sin reservas. Quedar a merced es otra máxima de la ética de la escucha. Es lo único que impide que uno se complazca de sí mismo. El ego no es capaz de escuchar”, escribe el filósofo Byung-Chul Han.
“En Facebook no se mencionan problemas que pudiéramos abordar y comentar en común. Lo que se emite es sobre todo información que no requiere discusión y que solo sirve para que el remitente se promocione. Ahí no se nos ocurre pensar que el otro pueda tener preocupaciones ni dolor. En la comunidad del “me gusta” uno solo se encuentra a sí mismo y a quienes son como él”, añade el filósofo surcoreano.
“Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual. La proliferación de lo igual es lo que, haciéndose pasar por crecimiento, constituye hoy esas alteraciones patológicas del cuerpo social. Lo que enferma a la sociedad no es la alienación, la sustracción, la prohibición ni la represión, sino la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente, la depresión y la autodestrucción.”

lunes, 8 de enero de 2024

Muros para la escucha

Escribe Fernando Ocáriz que los muros para la escucha suelen ser la soberbia, el orgullo, la arrogancia de una autoridad mal entendida y el individualismo que cierra los oídos ante la necesidad del familiar, del amigo, del prójimo. La superficialidad y la prisa; no reparar, no sintonizar, no darse cuenta.

lunes, 27 de julio de 2020

El diálogo es clave para la felicidad


*Las conversaciones entre padres e hijos a veces se parecen más a un monólogo que a un diálogo. Hablamos, pero nos limitamos a la función pragmática y utilitarista de la comunicación. Exigencias, peticiones, avisos, dar el parte. Y así se pierden oportunidades de enriquecimiento mutuo, de construcción de vínculos y de acompañamiento en el proceso de madurez de los más jóvenes. 

Los progenitores contemplan con asombro cómo esos chavales que en casa no son capaces de enlazar dos frases seguidas se explayan durante horas con sus amigos. La justificación es sencilla, con los amigos se comparten intereses, gustos, planes, por lo que es habitual el acuerdo y muy raro el conflicto. Se trata de un diálogo que les hace sentirse bien. En cambio, en las familias, la rutina, la excesiva confianza, la susceptibilidad y las rencillas surgidas de muchos pequeños roces durante años de convivencia llevan más fácilmente a sus miembros a evitar escucharse e incluso a hablar de modo negativo e hiriente. 


El diálogo es clave para la felicidad, porque las personas anhelamos que nos quieran y para lograrlo es vital comunicarse. Con las palabras conocemos y nos damos a conocer. Para alcanzar ese diálogo necesitamos un ámbito donde nos escuchen con interés y nos digan lo bueno y lo malo; un lugar en el que mostrarnos como somos, con nuestra vulnerabilidad, sin miedo a que nos fallen. Este espacio protegido de amor incondicional, escucha y sinceridad es la familia.


La comunicación muere pronto si a la pregunta «¿Qué tal el día?» la respuesta es «Bien», y no somos capaces de repreguntar y alimentar el diálogo. Para desatascar estas situaciones resulta especialmente útil cambiar el tipo de preguntas y apostar por «¿Te sientes contento?», «¿Cómo te ha afectado esta situación?», «¿Te ha enfadado mucho tal hecho?»… Y, después, estar dispuesto a escuchar lo que venga. La verdadera escucha implica dar una retroalimentación, con cariño y respeto, a lo que estamos oyendo, para que quien hable constate que le están escuchando sin distorsiones, críticas o falsas interpretaciones.

*Fernando Sarráis Oteo es psiquiatra y psicólogo, profesor de Psicopatología en la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra. Fuente: nuestrotiempo.unav.edu.


jueves, 15 de agosto de 2019

Europa no puede ni debe deshacerse


El papa Francisco escribe que “Europa no puede ni debe deshacerse. Es una unidad histórica y cultural, además de geográfica. El sueño de los padres fundadores tuvo consistencia porque puso en práctica esa unidad. Ahora no se puede perder este patrimonio.Se ha debilitado con los años, también debido a algunos problemas administrativos y desidias internas. Pero hay que salvarla.


El más importante, dice el papa,es el diálogo entre las partes y entre los hombres. El razonamiento debe ser “primero Europa y luego cada uno”. El “cada uno” no es secundario, es importante, pero cuenta más Europa. En la Unión Europea se debe hablar, discutir, conocer. A veces, por contra, solo se ven monólogos de compromiso. No: es necesaria también la escucha.


Sobre el soberanismo y el populismo el papa Francisco opina que “el soberanismo es una actitud de aislamiento. Me preocupa, porque se escuchan discursos que se parecen a los de Hitler en 1934. “Primero nosotros, nosotros, nosotros…”; son pensamientos que dan miedo. El soberanismo es cerrazón. Un país debe ser soberano, pero no cerrado. Hay que defender la soberanía, pero también hay que proteger y promover las relaciones con los demás países, con la Comunidad Europea. El soberanismo es una exageración que siempre acaba mal: lleva a las guerras.Es lo mismo. Al principio no lograba entenderlo porque, estudiando Teología, profundicé el popularismo, es decir la cultura del pueblo; pero una cosa es que el pueblo se exprese y otra imponerle al pueblo la actitud populista. El pueblo es soberano,tiene una manera de pensar, de expresarse y de sentir, de evaluar, en cambio los populismos nos llevan a los soberanismos. Ese sufijo, “ismos”, nunca hace bien”.