Mostrando entradas con la etiqueta revoluciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revoluciones. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de enero de 2024

Las utopías como guías a seguir pueden resultar literalmente fatales

Podemos librar a los hombres del hambre o de la miseria o de la injusticia, podemos sacarlos de la esclavitud o de la cárcel, y obrar bien con ello…, todos los hombres tienen un sentimiento básico del bien y el mal, pertenezcan a la cultura que pertenezcan; pero todo estudio de la sociedad muestra que cada solución crea una nueva situación que engendra necesidades y problemas nuevos propios, nuevas exigencias.
Las utopías tienen su valor (nada expande tan maravillosamente como ellas los horizontes imaginativos de las potencialidades humanas) pero como guías a seguir pueden resultar literalmente fatales…..La posibilidad de una solución final (incluso si olvidamos el sentido terrible que estas palabras adquirieron en los tiempos de Hitler) resulta ser una ilusión, y una ilusión muy peligrosa. Pues si uno cree realmente que es posible solución semejante, es seguro que ningún coste sería excesivo para conseguir que se aplicase. Lograr que la humanidad sea justa y feliz y creadora y armónica para siempre, ¿qué precio podría ser demasiado alto con tal de conseguirlo? Con tal de hacer esa tortilla, no puede haber, seguro, ningún límite en el número de huevos a romper.
Algunos profetas armados pretenden salvar a la humanidad, y otros solo a su propia raza por sus atributos superiores, pero, sea cual sea el motivo, los millones sacrificados en guerras o revoluciones (cámaras de gas, gulag, genocidio, todas las monstruosidades por las que se recordará nuestro siglo) son el precio que ha de pagar el hombre por la felicidad de generaciones futuras…..De lo único que podemos estar seguros es de la realidad del sacrificio, la muerte de los muertos. Pero el ideal por el que mueren sigue sin hacerse realidad. Se han roto ya los huevos, y el hábito de romperlos crece, pero la tortilla sigue siendo invisible.
Referencia:El fuste torcido de la humanidad de Isaiah Berlin


miércoles, 11 de enero de 2023

Durante la década de 1830 se produjo en Francia la primera codificación moderna del derecho de asilo político

El sociólogo estadounidense Richard Sennett escribe en El extranjero que “los parisinos idealizaron la resistencia que en otros lugares oponían los burgueses locales a la explotación de la aristocracia. Aunque los franceses no son en general particularmente accesibles para los forasteros, recibieron con simpatía a polacos y griegos; las revueltas en esos dos países se percibían más como revoluciones de la clase media que como revueltas de los pobres. Durante la década de 1830, las universidades de Francia estuvieron abiertas a los extranjeros y se produjo la primera codificación moderna del derecho de asilo político (según la cual un individuo puede solicitar este estatus a través de una tramitación estatal establecida, sin tener que suplicarlo como favor a un gobernante). En estas condiciones, los emigrantes de las décadas de 1830 y 1840 trataron de movilizar a los parisinos a favor de sus diversas causas, con la esperanza de obtener dinero y presionar a la opinión pública para que impulsara a la acción al gobierno francés. Hoy se conoce el lado elegante de esos esfuerzos, como la música que Chopin escribía a modo de pièces d’occasion para conciertos de beneficencia, pero había también una adhesión más popular del público, como el proselitismo que los marineros griegos hacían entre los estibadores y los transportistas de los quais del Sena en busca de ayuda, y con tal fortuna que en los muelles se usaba la ropa de trabajo griega como señal de solidaridad”.


lunes, 24 de octubre de 2022

Revolución

El nacimiento de Estados Unidos, en 1783, fue la fundación más temprana de un estado de nuevo tipo. Los disturbios revolucionarios que llevaron a este resultado se habían iniciado ya a mediados de la década de 1760. Y con ellos, en lo esencial, también se inicia “la era de la revolución”. Pero ¿una era de revolución o de revoluciones? Las dos denominaciones tienen su razón de ser. Desde el punto de vista de la filosofía de la historia, se prefiere el singular; desde una perspectiva estructural, el plural. Los que iniciaron y vivieron las revoluciones en Norteamérica y Francia veían sobre todo la singularidad de lo nuevo. Para ellos, lo que ocurrió en 1776 en Filadelfia y en 1789 en París carecía de precedentes en toda la historia de la humanidad. Cuando las trece colonias proclamaron su independencia de la corona británica y en Francia se formó una asamblea nacional que dotó al país de una constitución, la historia pareció pasar a un nuevo estado de agregación. Los revolucionarios estadounidenses y franceses hicieron saltar por los aires el horizonte del tiempo, abrieron una vía de progreso lineal, fundaron la primera convivencia social basada en el principio formal de la igualdad e hicieron que los responsables políticos rindieran cuentas (de forma regulada y privados de la tradición y el carisma) frente a una comunidad de ciudadanos, escribe el historiador alemán Jürgen Osterhammel

Thomas Paine

Según ha escrito Hannah Arendt, “nada caracteriza tanto la modernidad de la revolución, probablemente, como el hecho de exigir desde dentro la defensa de la causa de la humanidad”. La autora cita a alguien que vivió e influyó en las dos revoluciones. En 1776, el inglés Thomas Paine ya había establecido ese nuevo tono y relacionado un tema predilecto de la Ilustración europea, el progreso de la “raza humana”, con las protestas locales de un grupo de súbditos británicos: “La causa de América es, en gran medida, la causa de toda la humanidad”. Si leemos literalmente los programas de las revoluciones francesa y estadounidense, desde entonces toda revolución que se considere como tal incluye el “pathos de un nuevo principio” (Arendt) y la pretensión de representar más que los intereses egoístas de quienes protestan. Desde esta perspectiva, una revolución es un acontecimiento local que pretende un efecto universal. Y todas las revoluciones posteriores han sido, en cierto sentido, imitativas, porque se alimentan del potencial de las ideas que se originaron en las revoluciones de 1776 y 1789. Este concepto filosófico de revolución es ciertamente muy limitado, y lo será aún más cuando se exija que las revoluciones deben ampararse siempre en la bandera de la libertad y defender el progreso. Además generaliza una pretensión de universalidad que fue un invento de Occidente, sin paralelos en otras culturas.


miércoles, 30 de octubre de 2019

Las revoluciones son actos de ruptura con la ley



Para la policía es legítimo emplear la violencia porque están haciendo cumplir la ley; la ley es legítima porque está arraigada en la constitución; la constitución es legítima porque emana del pueblo; el pueblo creó las leyes de la constitución mediante actos de violencia ilegal. La pregunta evidente es, pues, ¿cómo diferencia uno entre el pueblo y una mera turba enfurecida? No hay una respuesta obvia. La respuesta de las opiniones mayoritarias y respetables es intentar alejar el problema lo más posible.


Las revoluciones son actos de ruptura con la ley. Es completamente ilegal alzarse en armas, derrocar un gobierno y crear un nuevo sistema político. En realidad, nada puede ser más ilegal. Cromwell, Jefferson y Danton eran, todos ellos, culpables de traición, según las leyes bajo las que habían crecido, tanto como lo habrían sido de intentarlo nuevamente, bajo los regímenes que crearon, digamos veinte años después. Ahora podemos cambiar la constitución, o estándares legales, por medios legales. Esto significa, dice el profesor David Graeber, que las estructuras básicas nunca van a cambiar.



lunes, 15 de mayo de 2017

Pocos gobiernos han encontrado mucha dificultad en hacer que sus súbditos quisieran lo que quería el gobierno.

Los hombres que han luchado por la libertad han luchado generalmente por el derecho a ser gobernados por ellos mismos o por sus representantes; gobernados severamente, si era necesario, como los espartanos, con poca libertad individual, pero de una manera que les permitiese participar, o en todo caso, creer que participaban, en la legislación y administración de sus vidas colectivas. Y añade el profesor Isaiah Berlin, los hombres que han hecho las revoluciones han entendido por libertad algo que no era más que la conquista del poder por parte de alguna determinada secta de creyentes en alguna doctrina, o de una clase, o de algún otro grupo social, antiguo o moderno. Sus victorias frustraron desde luego a los que eliminaron, y a veces reprimieron, esclavizaron o exterminaron a un gran número de seres humanos. Sin embargo, tales revolucionarios generalmente han considerado que era necesario defender que, a pesar de esto, ellos representaban al partido de la libertad, de la verdadera libertad, proclamando universalmente su ideal y alegando que también lo querían los “verdaderos yos” de aquellos mismos que se les oponían, aunque considerando que estos últimos habían perdido el camino que les conducía a este fin, o que se habían equivocado en el fin mismo a causa de alguna ceguera moral o espiritual.


Isaiah Berlin
Está claro que la libertad tiene poco que esperar del gobierno de las mayorías, dice Isaiah Berlin; la democracia como tal no está, lógicamente, comprometida con ella, e históricamente a veces ha dejado de protegerla, permaneciendo fiel a sus propios principios. Se ha observado que pocos gobiernos han encontrado mucha dificultad en hacer que sus súbditos quisieran lo que quería el gobierno. “El triunfo del despotismo es forzar a los esclavos a declararse libres”. Puede que no sea necesaria la fuerza, puede que los esclavos proclamen su libertad sinceramente; pero por eso no son menos esclavos.