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lunes, 8 de octubre de 2018

La auténtica tumba del alma humana es el poder.

Hipías.
Hiparco e Hipías, tiranos de Atenas del 527 al 510 antes de Cristo, no eran muy diferentes a los hermanos Castro. Los unos y los otros usurpaban un poder vitalicio y absoluto contra la voluntad de sus gobernados.

Cuenta el escritor Diaz Villanueva que la auténtica tumba del alma humana, es el poder, esa extraña y enfermiza pasión de mandar sobre los demás e imponerles los propios fines. Conquistar el poder y detentarlo
Hermanos Castro.
indefinidamente es la razón última y única de la política. Cabría concluir, por lo tanto, que la política es una enfermedad y la tiranía su expresión más extrema, la conclusión lógica de los que ejercen la política sin cortapisas hasta sus últimas consecuencias. 


lunes, 15 de mayo de 2017

Pocos gobiernos han encontrado mucha dificultad en hacer que sus súbditos quisieran lo que quería el gobierno.

Los hombres que han luchado por la libertad han luchado generalmente por el derecho a ser gobernados por ellos mismos o por sus representantes; gobernados severamente, si era necesario, como los espartanos, con poca libertad individual, pero de una manera que les permitiese participar, o en todo caso, creer que participaban, en la legislación y administración de sus vidas colectivas. Y añade el profesor Isaiah Berlin, los hombres que han hecho las revoluciones han entendido por libertad algo que no era más que la conquista del poder por parte de alguna determinada secta de creyentes en alguna doctrina, o de una clase, o de algún otro grupo social, antiguo o moderno. Sus victorias frustraron desde luego a los que eliminaron, y a veces reprimieron, esclavizaron o exterminaron a un gran número de seres humanos. Sin embargo, tales revolucionarios generalmente han considerado que era necesario defender que, a pesar de esto, ellos representaban al partido de la libertad, de la verdadera libertad, proclamando universalmente su ideal y alegando que también lo querían los “verdaderos yos” de aquellos mismos que se les oponían, aunque considerando que estos últimos habían perdido el camino que les conducía a este fin, o que se habían equivocado en el fin mismo a causa de alguna ceguera moral o espiritual.


Isaiah Berlin
Está claro que la libertad tiene poco que esperar del gobierno de las mayorías, dice Isaiah Berlin; la democracia como tal no está, lógicamente, comprometida con ella, e históricamente a veces ha dejado de protegerla, permaneciendo fiel a sus propios principios. Se ha observado que pocos gobiernos han encontrado mucha dificultad en hacer que sus súbditos quisieran lo que quería el gobierno. “El triunfo del despotismo es forzar a los esclavos a declararse libres”. Puede que no sea necesaria la fuerza, puede que los esclavos proclamen su libertad sinceramente; pero por eso no son menos esclavos.

martes, 18 de octubre de 2016

Exigencias morales de los Estados

Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor escribe que en el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados. 
Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución.


Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto

en el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados

principios que tienen su base fundamental en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados