Mostrando entradas con la etiqueta SS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SS. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de junio de 2025

Para millones de alemanes su atractivo estaba en las promesas de igualdad entre los Volksgenossen

Escribe Götz Aly en La utopía nazi que “la RDA disponía de 190.000 policías profesionales y otros tantos confidentes de la Stasi para controlar a sus 17 millones de habitantes; la Gestapo contaba en 1937 con apenas siete mil empleados, incluyendo las secretarias y administrativos, y el Servicio de Seguridad de las SS (Sicherheitsdienst, SD) con muchos menos; pero entre unos y otros mantenían vigilados a sesenta millones de habitantes, de lo que se deduce que la mayoría no necesitaba ninguna vigilancia”…….“lo que les unía no era el deseo de una nueva dominación de clase, sino de algo que hoy se da por sobrentendido, un marco político en el que la situación social en el momento del nacimiento determinara lo menos posible la trayectoria vital, la ocupación profesional y el prestigio social de una persona. Posteriormente se entendería la doctrina racista del nacionalsocialismo como pura incitación al odio y al asesinato; pero para millones de alemanes su atractivo estaba en las promesas de igualdad entre los Volksgenossen.”

viernes, 19 de noviembre de 2021

Los nazis y los soviéticos utilizaron exactamente los mismos métodos


Los nazis y los soviéticos utilizaron exactamente los mismos métodos para deportar a ingentes cantidades de personas; unos pocos minutos para empaquetar algunas cosas necesarias, antes de enviarles en vagones de ganado hacia un destino desconocido. Hasta junio de 1941, fecha en la que ellos mismos fueron invadidos, los soviéticos deportaron a 1.250.000 ciudadanos polacos, incluidos unas decenas de miles de judíos, al interior de Rusia. Los deportados salían de Polonia encerrados en trenes de mercancías de sesenta vagones, que iban dejando un rastro de cadáveres congelados a su paso, mientras recorrían aquellas inmensas distancias. La mitad de los deportados polacos murieron durante su viaje por las estepas rusas. Durante el mismo periodo, los alemanes deportaron a alrededor de cuatrocientos mil polacos al Gobierno General desde los territorios incorporados. A este respecto, puede que en aquella época el récord soviético fuera aún peor, aunque poco tiene de ser una competición. Ambos regímenes totalitarios desplegaron a sus respectivas policías secretas, la NKVD y las SS, que utilizaban los mismos métodos de interrogatorio y tortura, y no solo mataban a los integrantes de las élites polacas sino también a cualquiera que se resistiera a ellos o expresara vehementes opiniones patrióticas.



Está probado que la NKVD entregó a la Gestapo a comunistas alemanes que habían huido a Moscú, así como a 43.000 prisioneros de guerra polacos que habían residido en la Polonia occidental de la preguerra.Las cárceles (Kozelsk, Ostashkov y Starobelsk) albergaban un total de 15.570 hombres, incluidos oficiales del ejército, policía y guardas de prisión, estudiantes y boyscouts. Aquellos que bajo interrogatorio manifestaban un patriotismo irreductible constituían la mayoría de los 14.700 prisioneros de guerra y reclusos a los que Beria dio orden de ejecutar, con el refrendo de Stalin y el Politburó.


Fuente: “Combate moral” del historiador británico Michael Burleigh



domingo, 31 de enero de 2021

El enigma Wojtyla


Juan Pablo II fue sometido a una estrecha vigilancia desde 1946 que se prolongó incluso durante su pontificado. Los archivos secretos comunistas de Polonia, a los que ha tenido acceso el periodista José María Zavala, desvelan que Karol Wojtyla fue objeto de un plan que tenía como fin controlar sus movimientos, desacreditar su figura y hasta acabar con su vida.


Zavala cuenta en su libro “El enigma Wojtyla” como, tras la invasión de Hitler a Polonia el 1 de septiembre de 1939, el edificio del seminario donde vivía Wojtyla fue requisado para albergar a las SS. Este hecho provocó la aparición de la figura del seminarista clandestino, como Juan Pablo, jóvenes que eludían las consignas nazis para seguir formándose como sacerdotes. "Desde 1942 hasta el verano de 1944, Wojtyla se las arregló como pudo para evitar ser deportado a realizar trabajos forzados en Alemania”. 



El Papa siempre mostró su disconformidad con el comunismo. Sufrió la muerte de muchos amigos en los campos de exterminio tras la ocupación nazi de Polonia y "los interminables años en que su patria permaneció bajo la férula asfixiante de la Unión Soviética". Además, vivió, casi durante sesenta años "el acoso de un enemigo invisible", los servicios secretos comunistas de Polonia compinchados con el KGB soviético.


Resulta asombrosa la revelación que Marek Lasota, miembro de la Academia Ignatianum de Cracovia y uno de los mayores expertos en los servicios secretos soviéticos, hizo al autor de este ensayo. Le confirmó la existencia de un plan, del que advirtieron los servicios secretos británicos a la cúpula Vaticana, para liquidar al pontífice con la punta de un paraguas envenenado con ricina.


Zavala aporta muchos testimonios que pintan el retrato menos público de Juan Pablo y desvela interesantes cuestiones sobre su personalidad, sus creencias, sus apoyos y sus miedos. Incluso, transcribe parte de su testamento: "A medida que se acerca el final de mi vida terrenal, vuelvo con la memoria a los inicios, a mis padres, a mi hermano y a mi hermana (que no conocí, pues murió antes de mi nacimiento)".

jueves, 1 de noviembre de 2018

Estoy esperando en la puerta del Cielo.

Gereon Goldmann en su libro autobiográfico “Un seminarista en las SS” cuenta la siguiente historia:
“Herr Unteroffizier", dijo con dificultad, “el pecho me arde, me arde”. Lo tendí en la blanca arena y le abrí la guerrera. La sangre roja que le brotaba de los pulmones como una fuente, una fuente de muerte, cubrió mi rostro y mi uniforme. Yo apreté la mano sobre el enorme agujero para detener su flujo, pero seguía resbalando entre mis dedos. “¿Voy a morir?”, preguntó el joven con voz temblorosa y entrecortada. “Sí, no hay solución”. Estuve a punto de preguntarle si era católico, pues llevaba conmigo la Sagrada Comunión. Entonces, una sonrisa iluminó su rostro, una sonrisa radiante, amplia, gozosa, y dijo con voz débil: “Por favor, escriba a mi madre y dígale que la estoy esperando en la puerta del Cielo. Que no debe llorar, que la estoy esperando”. Con la sonrisa feliz e inocente de un niño, entró en la eternidad. Raramente me he visto tan afectado por una muerte. Y he visto demasiadas. Hubo otras, otras muertes que no puedo olvidar fácilmente. Una vez cayó una bomba en medio de un batallón. El cuadro fue terrible. Mi
Gereon Goldmann
fiel conductor, Faulborn, me llevó al lugar. Salvó muchas veces mi vida y las de otros soldados. Encontramos muertos a todos los soldados excepto a dos. Los colocamos rápidamente en unas camillas y los cargamos en el camión. Le pedí a Faulborn que condujera lo más rápidamente posible, pues para
 
aquellos hombres era cuestión de minutos. Corrió haciendo caso omiso del fuego de los buques. Yo me senté con los heridos y los observé. Era demasiado tarde para salvarlos y le dije que se detuviera, para evitarles al menos los dolores que les producía el movimiento del vehículo. Uno de los soldados me miraba serenamente. Le saqué la documentación del bolsillo, era católico, hijo de un granjero de Westfalia. Le dije que su estado era grave y le pregunté si deseaba recibir la Sagrada Comunión. “¿Es usted sacerdote?”, me dijo. “No, pero llevo conmigo la Sagrada Comunión”. Sonrió con gozo y musitó: “Rápido, rápido, señor”. Rezamos juntos el acto de contrición y le administré el Viático. Susurró algo que alcancé a oír poniendo el oído junto a su boca. Sus últimos pensamientos fueron para su madre. “Por favor, escríbale y
dígale que morí con el Salvador en mi corazón”. ¡Qué muerte!, pensé. Miré al otro soldado. Era un obrero de la región del Ruhr. “Deberías recibir también la Sagrada Comunión”, le dije. Con un esfuerzo, replicó despectivamente, “Ese pedazo de pan no me salvará. Es mejor que me ponga un cigarro en la boca”. Me saqué uno del bolsillo, lo encendí y se lo entregué. Le dio tres chupadas, lo dejó caer y murió. Ahora estaba enfrentándose al juicio de Dios junto al otro soldado. Recordé durante mucho tiempo este incidente, que traía a mi mente las palabras de nuestro Señor: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

martes, 8 de mayo de 2018

Los políticos alemanes, después de la Segunda Guerra Mundial, buscaban su incorporación a Europa.

Tras la guerra, Alemania quedó destrozada por los bombardeos.
La Alemania paria fue primero acogida en la comunidad de los pueblos, después se la cortejó y por último fue preciso contar con ella desapasionadamente en el concierto de poderes. Los alemanes que, como pueblo, se sentían, sin duda, víctimas, puesto que se habían visto obligados a soportar no sólo los inviernos de Leningrado y Stalingrado, los bombardeos de sus ciudades, el proceso de Nüremberg, sino también la fragmentación de su país, se manifestaban comprensiblemente dispuestos tan sólo a superar el pasado del Tercer Reich. En esos días, al par que los alemanes conquistaban con sus productos industriales los mercados mundiales, y no sin un cierto equilibrio, se ocupaban de esa superación en su propia casa.

Jean Améry
Los políticos alemanes, entre los cuales, dice Jean Améry, escritor y ensayista austríaco de confesión judía que estuvo internado en el campo de exterminio de Auschwitz, sólo pocos se habían distinguido en la lucha de la resistencia, buscaban sin pausa y con entusiasmo la incorporación a Europa. No les costaba ningún esfuerzo vincular la nueva Europa a aquella otra Europa que Hitler ya había comenzado a reorganizar exitosamente, a su modo, en el periodo comprendido entre 1940 y 1944.

En un libro titulado Rückblick zum Mauerwald el exoficial del estado mayor alemán, el príncipe Ferdinand von der Leyen,
escribe: “… de una de nuestras posiciones en el extranjero nos llegó una nueva aún más espantosa. Allí pelotones de las SS habían penetrado en las casas y desde las azoteas habían arrojado al asfalto niños recién nacidos”. Pero el asesinato de millones de seres humanos perpetrado con eficacia organizativa y precisión casi científica por un pueblo altamente civilizado se juzgará deplorable, pero de ningún modo único, al lado de la sangrienta deportación de los armenios por lo turcos o a los ignominiosos actos de violencia cometidos por las autoridades coloniales francesas, puntualiza  Jean Améry.