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domingo, 1 de agosto de 2021

Miseria mía, misericordia de Dios

En el libro “El nombre de Dios es Misericordia”, el papa Francisco escribe que la Iglesia muestra su rostro materno, su rostro de madre, a la humanidad herida. No espera a que los heridos llamen a su puerta, sino que los va a buscar a las calles, los recoge, los abraza, los cura, hace que se sientan amados. Dije entonces, y estoy cada vez más convencido de ello, que esto es un kairós, que nuestra época es un kairós de misericordia, un tiempo oportuno. Abriendo solemnemente el Concilio Ecuménico Vaticano II, san Juan XXIII dijo que la Iglesia prefiere usar la medicina de la misericordia en lugar de empuñar las armas del rigor. En su meditación ante la muerte, el beato Pablo VI revelaba el fundamento de su vida espiritual en la síntesis propuesta por san Agustín, miseria y misericordia. “Miseria mía, escribía el papa Montini, misericordia de Dios. Que yo pueda al menos honrar a quien Tú eres, el Dios de infinita bondad, invocando, aceptando, celebrando tu dulcísima misericordia”. San Juan Pablo II avanzó en este camino a través de la encíclica Dives in misericordia, en la que afirmó que la Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el más maravilloso atributo del Creador y del Redentor, y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia. Además, ha instituido la fiesta de la divina misericordia y ha revalorizado la figura de santa Faustina Kowalska, y las palabras de Jesús sobre la misericordia. También el papa Benedicto XVI habló de esto en su magisterio. “La misericordia es en realidad el núcleo central del mensaje evangélico, dijo, es el propio nombre de Dios, el rostro con el que Él se reveló en la antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta tanto mediante los sacramentos, en concreto, aquel de la reconciliación, como con las obras de caridad, comunitarias e individuales. Todo lo que la Iglesia dice y hace manifiesta la misericordia que Dios siente por el hombre”.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Médico de combate.

Cuenta el periodista norteamericano Sebastian Junger en su libro Guerra que el primer objetivo del médico de combate es llegar al herido lo antes posible, lo que en ocasiones significa correr mientras se están produciendo los disparos allí donde todos los demás se ponen a cubierto. “Los médicos son famosos por su valentía, pero los que conocí yo lo describían de otro modo, insistiendo en el terror que les suponía pensar en no llegar a tiempo de salvar la vida de los heridos. En lo único que piensan cuando corren hacia delante para tratar a un herido es en llegar antes de que el tipo se desangre o se ahogue; apenas se dan cuenta de las balas que vuelan por la zona”.


Una vez estaban trepando por la penosa ladera de la Roca de la Mesa, después de una operación de veinticuatro horas, y un hombre de otro pelotón comenzó a desfallecer. “Aquí no le puede dar un pasmo, en la oscuridad, no tiene derecho a que le dé”. La idea de que no se te permite experimentar algo tan humano como el agotamiento resulta brutal en todas las circunstancias, salvo en combate. El agotamiento es, en parte, un estado de ánimo, y que los hombres que sucumben al cansancio han decidido, hasta cierto punto, ponerse a sí mismos por delante de los demás. Si no estás dispuesto a seguir andando por alguien, menos dispuesto estarás a morir por los demás, y esto pone en duda la idea misma de que uno deba seguir siendo miembro de la sección.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Estoy esperando en la puerta del Cielo.

Gereon Goldmann en su libro autobiográfico “Un seminarista en las SS” cuenta la siguiente historia:
“Herr Unteroffizier", dijo con dificultad, “el pecho me arde, me arde”. Lo tendí en la blanca arena y le abrí la guerrera. La sangre roja que le brotaba de los pulmones como una fuente, una fuente de muerte, cubrió mi rostro y mi uniforme. Yo apreté la mano sobre el enorme agujero para detener su flujo, pero seguía resbalando entre mis dedos. “¿Voy a morir?”, preguntó el joven con voz temblorosa y entrecortada. “Sí, no hay solución”. Estuve a punto de preguntarle si era católico, pues llevaba conmigo la Sagrada Comunión. Entonces, una sonrisa iluminó su rostro, una sonrisa radiante, amplia, gozosa, y dijo con voz débil: “Por favor, escriba a mi madre y dígale que la estoy esperando en la puerta del Cielo. Que no debe llorar, que la estoy esperando”. Con la sonrisa feliz e inocente de un niño, entró en la eternidad. Raramente me he visto tan afectado por una muerte. Y he visto demasiadas. Hubo otras, otras muertes que no puedo olvidar fácilmente. Una vez cayó una bomba en medio de un batallón. El cuadro fue terrible. Mi
Gereon Goldmann
fiel conductor, Faulborn, me llevó al lugar. Salvó muchas veces mi vida y las de otros soldados. Encontramos muertos a todos los soldados excepto a dos. Los colocamos rápidamente en unas camillas y los cargamos en el camión. Le pedí a Faulborn que condujera lo más rápidamente posible, pues para
 
aquellos hombres era cuestión de minutos. Corrió haciendo caso omiso del fuego de los buques. Yo me senté con los heridos y los observé. Era demasiado tarde para salvarlos y le dije que se detuviera, para evitarles al menos los dolores que les producía el movimiento del vehículo. Uno de los soldados me miraba serenamente. Le saqué la documentación del bolsillo, era católico, hijo de un granjero de Westfalia. Le dije que su estado era grave y le pregunté si deseaba recibir la Sagrada Comunión. “¿Es usted sacerdote?”, me dijo. “No, pero llevo conmigo la Sagrada Comunión”. Sonrió con gozo y musitó: “Rápido, rápido, señor”. Rezamos juntos el acto de contrición y le administré el Viático. Susurró algo que alcancé a oír poniendo el oído junto a su boca. Sus últimos pensamientos fueron para su madre. “Por favor, escríbale y
dígale que morí con el Salvador en mi corazón”. ¡Qué muerte!, pensé. Miré al otro soldado. Era un obrero de la región del Ruhr. “Deberías recibir también la Sagrada Comunión”, le dije. Con un esfuerzo, replicó despectivamente, “Ese pedazo de pan no me salvará. Es mejor que me ponga un cigarro en la boca”. Me saqué uno del bolsillo, lo encendí y se lo entregué. Le dio tres chupadas, lo dejó caer y murió. Ahora estaba enfrentándose al juicio de Dios junto al otro soldado. Recordé durante mucho tiempo este incidente, que traía a mi mente las palabras de nuestro Señor: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Soldado en primera linea.

Durante la Segunda Guerra Mundial el soldado alemán Helmut Pabst escribió: “La bala que oyes ya pasó de largo”. Si uno no la oía, lo más probable es que estuviera muerto o herido. La muerte se presentaba de forma muy aleatoria, y elegía a sus víctimas de una forma caprichosa y misteriosa: “Hace cinco días, en nuestra posición de tiro estaba sentado con nuestro jefe de inteligencia hablando de Würzburg. Después él fue a buscar sus calzoncillos; estaban secándose a quince metros, y me saludó con la mano. Allí mismo, un trozo de metralla le alcanzó en la cabeza. Hoy estoy ante su tumba”.

Ruinas de La Abadía de Montecasino tras el bombardeo masivo de las Fuerzas Aéreas aliadas 
John Steinbeck describió cómo “los bombardeos prolongados azotan literalmente las terminaciones nerviosas. Los tímpanos acaban torturados por las explosiones y el constante martilleo hace que a uno le duelan los ojos al principio te duelen los oídos, pero luego se embotan, igual que todos los demás sentidos en ese embotamiento, todas las prioridades cambian, el mundo entero se vuelve irreal. Después intentas recordar cómo era, y no lo logras del todo”. En diciembre de 1944, los artilleros aliados dispararon 206.929 proyectiles en el transcurso de un bombardeo sobre Montecassino que duró dos días. Bajo semejante manto de fuego, hasta las tropas de élite alemanas perdían el juicio o la voluntad de lucha.

El combate cuerpo a cuerpo no tenía nada que ver con la forma en que lo enseñaban los instructores experimentados. Clavarle una bayoneta a un muñeco de paja era una cosa; forcejear con setenta y cinco kilos de músculo y dientes que se resisten y muerden era otra, como descubrió un cabo australiano cuando un japonés le arrancó un “gran trozo de carne” de la cara durante un combate cuerpo a cuerpo en Nueva Guinea. Disparar contra dianas (las dianas abatibles con forma humana fueron una consecuencia de posguerra de la mala puntería durante la Segunda Guerra Mundial) no era lo mismo que ver las expresiones faciales de un hombre a través de la mira de un fusil antes de volarle media cara.