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domingo, 19 de febrero de 2023

La expulsión de la Compañía de Jesus

Campomanes, primer conde de Campomanes, elaboró un informe en el que señalaba que los jesuitas fueron los instigadores de un motín y, por lo tanto, eran culpables de los tumultos. La comisión creada al efecto emitió un dictamen de culpabilidad sobre los jesuitas. Ese dictamen fue analizado en un consejo que tuvo lugar a finales de enero de 1767, decidiéndose la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los dominios del rey. En realidad, Carlos III no hacía sino seguir una corriente que ya se había manifestado en otras cortes donde el poder absoluto del monarca era la piedra angular, algo que rechazaban los jesuitas, lo que los colocó en el punto de mira de los gobernantes y acabaron expulsados de diferentes países. Ese era el caso de Portugal, donde el marqués de Pombal los había expulsado en 1755; idéntica medida se había tomado en Francia, en 1764. En los años anteriores al motín de Esquilache habían llegado desde el país vecino numerosos folletos y escritos anti-jesuíticos, en los que se les acusaba de deslealtad a la Corona, por anteponer su obediencia al papa a la de su monarca. La eclosión del llamado despotismo ilustrado hizo que su presencia resultase molesta para las monarquías ilustradas de la Europa del siglo XVIII. El problema de los jesuitas con el poder monárquico se vio agravado por el papel que la Compañía de Jesús había desempeñado en el plano educativo. En sus colegios se habían educado las élites de la nobleza y de la burguesía de los países católicos y, en consecuencia, su influencia y ascendiente eran muy fuertes en las capas más poderosas de aquella sociedad. Ahí se encontraba una de las claves del enfrentamiento.

En febrero de 1767 Carlos III firmaba una Real Pragmática que se encomendaba al conde de Aranda poner en marcha el proceso de expulsión, que no encontró fuertes resistencias. La expulsión se llevó a cabo el 2 de abril, la orden fue suprimida y sus bienes, confiscados. No se consideraron excepciones de edad ni de situación personal. Las instrucciones eran tajantes, todos sin excepción, llevando únicamente el hábito con su teja y su manteo, y el breviario. Los padres de la Compañía serían introducidos en carruajes que aguardaban a la puerta de sus centros y desde allí serían conducidos hasta el puerto más próximo para ser embarcados rumbo a la isla de Córcega, como lugar de exilio provisional.



martes, 3 de mayo de 2022

Los socialistas, durante la Segunda República, se fijaron como objetivo la derrota de la Iglesia católica


El tono de El Socialista cuando se confirmó la disolución de la Compañía de Jesús, a principios de 1932, marcó toda una pauta que ya no se abandonó: “la desclerificación de España es una hermosa realidad”; en cuanto sea posible, precisa meter en cintura a las demás Órdenes religiosas”. Los jesuitas no debían quejarse: “Piensen que Dios, sin cuya voluntad no se mueve la hoja del árbol, así lo ha querido”. Los socialistas se fijaron como objetivo prioritario dentro de su estrategia la derrota de la Iglesia católica a todos los niveles, pues al fin y al cabo la veían como el buque insignia del mundo tradicional que aspiraban a destruir.Cuando los propagandistas católicos consiguieron hablar ante el público, en múltiples ocasiones fueron boicoteados por alborotadores izquierdistas mediante huelgas, actos de violencia o coacciones de todo tipo.



Los enfrentamientos entre las fuerzas del orden público y los campesinos pobres fueron frecuentes durante todo el período republicano, incluido el primer bienio en el que varios ministros socialistas formaban parte del Gobierno. Largo Caballero se explayó con la sincera rudeza que le caracterizaba, exponiendo a los lectores el núcleo más antidemocrático de su pensamiento: “Yo no sé cómo hay quien tiene tanto horror a la dictadura del proletariado, a una posible violencia obrera. ¿No es mil veces preferible la violencia obrera al fascismo?”. El fascismo, se insistía con absoluta imprecisión conceptual, estaba en marcha en España, y como fascistas eran motejados todos aquellos que podían hacer sombra a los socialistas en el combate electoral: “El papel que el señor Lerroux se ha arrogado dentro del régimen consiste, por lo visto, en servir de puente al fascismo.… Lerroux es un político de golpe de Estado”.



viernes, 25 de marzo de 2022

La Reforma católica


El historiador Joseph Lortz, y la opinión es compartida por Hubert Jedin y sus colaboradores, confirma que el milagro de la Reforma católica se debe por encima de todo a dos factores, la fiel plenitud de España y la actuación de una nueva Orden universal de origen español, la Compañía de Jesús. Francisco Suárez, jesuita y primer filósofo de toda su época, cuyas Disputationes metaphysicae son todavía libro de consulta en las Universidades de Occidente, ahondó en su tratado De legibus (1612) la democratización de Belarmino; propuso que el Estado surge por la voluntad de los cabezas de familia y que el poder político es inherente a la comunidad. De la ley natural nace el imperio de la ley; y el Estado queda sometido a esa ley. Digamos una vez más que no se trata de una secularización de la política y el poder ya que Dios permanece como fuente del poder para el pueblo, que luego lo confiere al gobernante. Mientras recalcaban el poder indirecto del Papa para situaciones de crisis, los pensadores jesuitas de la Reforma católica reconocían la dignidad del pueblo como receptor y transmisor de poder y anticipaban la Modernidad mucho mejor que los Reformadores protestantes empeñados en la sacralización del poder político.

Barroco

El Barroco es la expresión cultural y sobre todo artística de la Reforma católica. Surge, dice el profesor de la Cierva, en la segunda mitad del siglo XVI, cuando se agota el impulso del Renacimiento y comunica, tanto en la arquitectura como en las artes plásticas como en la música polifónica la explosión y el desbordamiento de la fe tridentina, que transfiguró hasta lo más hondo del sentir popular como se reflejó en las manifestaciones contemporáneas de la gran literatura católica. La fe plasmada en el Barroco trasluce la vitalidad y el gozo de una España que se agotaba en la expansión, la defensa y el servicio de la Iglesia católica. Pero el Barroco como época cultural no es solamente vitalidad; es también racionalidad que nada tiene ya de medieval sino de plenitud moderna.

lunes, 4 de marzo de 2019

Trento

Concilio de Trento.
El Concilio de Trento concedió al pueblo cristiano lo que tanto había anhelado durante decenios: doctrina, formación, piedad y pastores. El concilio de Trento deseó fundamentalmente reformar el clero en su conjunto, y lo consiguió. Los obispos de finales del XVI fueron mejores que sus antecesores, tanto en el sentido de su responsabilidad religiosa, como en su formación, su sentido pastoral y sus exigencias morales. Su gran modelo fue san Carlos Borromeo, muerto en 1584. Los religiosos ocuparon un lugar decisivo y el gran modelo a seguir fue indudablemente la Compañía de Jesús.

Desde inicios del siglo XVI los nuncios eran sustancialmente
San Carlos Borromeo.
representantes del Papa como soberano temporal ante otros jefes de Estado. A partir de mediados de ese mismo siglo su misión se extendió también a la dimensión más propia de la reforma católica, procuraban que los obispos cumplieran e hicieran cumplir los decretos conciliares. Otro medio determinante de centralización eclesial fueron las llamadas visitas ad limina, es decir, las que todos los obispos locales tenían que hacer a Roma cada cuatro o cinco años para rezar ante las tumbas de los apóstoles, visitar al papa, dar cuenta pormenorizada del estado de sus diócesis y recibir las directrices correspondientes.

Laboa Gallego manifiesta que el protestantismo destruyó las imágenes y proscribió el arte religioso, a lo que la Iglesia católica opuso a esta concepción el esplendor de sus colores, de sus mármoles y de sus materiales preciosos. San Pedro Canisio escribió: “Los innovadores nos acusan de prodigalidad en la ornamentación de las iglesias; se parecen a Judas reprochando a María Magdalena derramar perfumes sobre la cabeza de Cristo”. A los argumentos de los
protestantes contra el papado contestaron muchos teólogos e historiadores, pero la respuesta más contundente fue la misma basílica de San Pedro. En su fachada, terminada en 1612 bajo el papa Pablo V, no hay más que un bajorrelieve, pero éste representa a Jesucristo entregando las llaves al príncipe de los apóstoles. La donación de las llaves expresará, pues, en lo sucesivo no solamente la fundación de la Iglesia, como decían los protestantes, sino también la creación del papado por el propio Jesucristo.


miércoles, 1 de febrero de 2017

La persecución a la Iglesia fue un tremendo error, y de los que más perjudicaron a la causa republicana.

Azaña.
Azaña logró que sólo se disolviera la Compañía de Jesús; las demás subsistirían aunque con fuertes limitaciones; la más seria, la prohibición de enseñar. La dura Ley de Congregaciones se consideró en los medios católicos una victoria de las logias. La masonería, bastante decaída, se había revigorizado tras la implantación de la República. Cuenta el historiador Domínguez Ortiz que se corrió la voz de que la condición de masón facilitaba los avances en la carrera política, no sin motivo, pues, constituyendo el uno por mil de la población adulta de la nación, llegaron a contar con casi la mitad de los diputados. El propio Azaña, aunque sin convicción, juzgó provechoso hacerse iniciar en una logia madrileña.
La persecución a la Iglesia
La persecución a la Iglesia fue, aparte de una atrocidad, un tremendo error, y de los que más perjudicaron a la causa republicana. A pesar de las leyes sobre laicización del Estado hubiera podido llegarse a un acuerdo, pero la intransigencia y el maximalismo ya reflejados en algunos artículos de la Constitución republicana se convirtieron en persecución abierta desde los primeros días del nuevo régimen. No esperaron a ver qué actitud tomaba la Iglesia ante el pronunciamiento, dice Domínguez Ortiz; desde el 18 de julio los hostigamientos y agresiones tan frecuentes desde las elecciones de febrero, se convirtieron en persecución abierta, y tan encarnizada que más de una vez un angustiado alcalde o gobernador civil esperaba en balde la llegada de auxilios porque los auxiliadores estaban muy ocupados quemando iglesias.


La propaganda republicana, que aprovechó con tanta habilidad episodios como los de Guernica y el fusilamiento de García Lorca, fracasó al querer explicar al extranjero lo que sucedía en España. Al decir que el monasterio de El Escorial se encontraba en perfecto estado a pesar de la proximidad del frente, callando que sus moradores habían sido asesinados, al poner como ejemplo de tolerancia que en plena guerra la Junta para la Ampliación de Estudios editaba un texto visigodo sobre la Virgen María, es lógico que pensaran: “¿Esto es todo lo que podéis alegar?”.


Caro Baroja refiere que Portela dijo a su tío poco antes de las elecciones: “Si las ganan las derechas la República durará algo. Si ganan las izquierdas cuente usted con su fin”. Y ya terminada la guerra, en julio de 1939, escribía Prieto a Negrín: “Pocos españoles de la actual generación están libres de culpa por la infinita desdicha en que han sumido a su patria. De los que hemos actuado en política, ninguno”.

lunes, 26 de septiembre de 2016

El enfrentamiento carlista dejó tres guerras civiles y trescientos mil muertos.

Batalla de Lacar
El carlismo dejo tres guerras civiles, con un total de quince años de enfrentamientos repartidos en un período de cuarenta y dos años, con aproximadamente trescientos mil muertos, con la participación elevada de grupos de civiles voluntarios y la cooperación de una parte significativa de los eclesiásticos con la causa antiliberal, dejaron un lastre muy importante en la sociedad de finales del siglo XIX.

soldados carlistas
Los excesos que se cometieron en el intento de neutralizar el movimiento liberal obligaron al rey Fernando VII a destituir a su confesor. El desacuerdo del infante Carlos, hermano de Fernando VII, con esta decisión, dio lugar a la facción ultraabsolutista de los apostólicos o realistas puros, que en 1827 dirigieron un manifiesto al pueblo español. En las acciones armadas colaboró activamente una parte considerable de los clérigos rurales. En septiembre, las tropas de Fernando VII sofocaron la sublevación y ordenaron numerosas ejecuciones y más de trescientas deportaciones. Estas medidas le depararon al rey las simpatías de los liberales moderados y de las clases burguesas. 

Tras la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833,
Busto oficial de Fernando VII
la reacción carlista renace espoleada por la decisión que había tomado el rey de legitimar a su hija Isabel como heredera al trono. De ahí surgen las tres guerras de gran trascendencia social y religiosa que, disputadas en poco más de cuarenta años, marcarán fatalmente el futuro de España e hipotecarán su modernización. Desde los primeros enfrentamientos militares se hizo evidente la adhesión de una gran mayoría del clero a la causa tradicionalista, con una mayor incidencia en los territorios forales del País Vasco y Navarra o en aquellos en los que, por razones históricas y orográficas, se daban las condiciones más favorables para la sublevación popular de las zonas rurales, como Cataluña. 

Karl Marx
De todas formas, no se debe circunscribir el carlismo a unas zonas determinadas ni tampoco entenderlo como un pleito dinástico. Para romper los tópicos cabe recordar el análisis que en 1849 hacía Karl Marx. Para Marx, el carlismo no era un puro movimiento regresivo. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial con bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo está encarnado en el militar, el capitalismo, la aristocracia latifundista y los intereses secularizados.

La Matanza de Frailes de 1834 en Madrid
Sintomáticamente, fue en Madrid donde se produjo el primer episodio de violencia anticlerical de este período. La capital castellana vivía bajo el azote de una epidemia que aumentaba de intensidad con los primeros calores del verano de 1834 a la vez que crecía la desconfianza hacia un gobierno de regencia que, a pesar de rebajar el sentido absolutista de la monarquía, no gozaba de la simpatía popular. En tales circunstancias es fácil entender que se diera credibilidad al rumor de que monjes y frailes estaban envenenando las fuentes de la ciudad y que ésta era la causa de la propagación del cólera. La proliferación de rumores con consecuencias letales será una constante histórica en muchos de los episodios de violencia anticlerical. El furor popular estalló el atardecer del día 17 de julio. Numerosos grupos de madrileños atacaron, con la colaboración de milicianos nacionales, el colegio Imperial de la Compañía de Jesús y asesinaron a diecisiete de sus moradores. En su recorrido, destruyeron los conventos de los Dominicos de la calle de Atocha y el de los Mercedarios de la contigua plaza del Progreso, con el resultado de siete y ocho monjes asesinados respectivamente. Por último, asaltaron el convento de San Francisco el Grande, donde asediaron durante toda la noche a cincuenta religiosos. Uno de los franciscanos supervivientes dejó escrito al final de su testimonio: “Así concluyó aquella escena sangrienta, celebrada y aplaudida por las calles de Madrid con himnos patrióticos, haciendo alarde de sus triunfos con los sagrados vasos de los conventos asaltados con la más insolente impunidad. Supe por algunos soldados que, formados a las puertas de los conventos, no les permitían defender a las víctimas, ni impedir la entrada de las turbas”.


 En su Historia de los heterodoxos españoles (1880), Menéndez y Pelayo ha dejado escrito que estos acontecimientos deben ser considerados “el pecado de sangre” del liberalismo español. Según él, lo acaecido “abrió un abismo invadeable, negro y profundo como el infierno, entre la España vieja y nueva, entre las víctimas y los verdugos”.

lunes, 12 de septiembre de 2016

La reducciones.

reducciones jesuíticas
En 1604, el Vaticano constituyó la región del Paraguay como una provincia religiosa bajo tutela jesuita. Los seguidores de San Ignacio llegaron al continente con un mensaje espiritual cuajado de esperanza y una promesa de vida mejor que pronto caló entre la población autóctona. Son los años del “cristianismo feliz” ,como los bautizó el teólogo Muratori, que quedó plasmado en el nacimiento de las reducciones, auténticos símbolos de la presencia jesuita en América.

La reducción era una comunidad que reunía las principales características de las dos culturas. Su configuración urbanística llamaba poderosamente la atención al favorecer la igualdad económica y social entre sus integrantes; en definitiva, una especie de comunismo católico supervisado por el paternalismo jesuita. El trazado incluía iglesia, edificios de administración o gobierno, plazas públicas y casas dignas para unos habitantes que trabajan para sí mismos, pero también dentro del colectivo. Todo esto bajo la supervisión de los cultos y refinados sacerdotes de San Ignacio que permitían el mantenimiento de las viejas tradiciones paganas en un camino claro hacia Dios, siguiendo el lema de su fundador: “La mayor gloria de Dios y bien de las almas”. 
Reducción.
En las reducciones se trabajaba la mitad que en las encomiendas, lo que daba como resultado una sensación de libertad y el orgullo de laborar para uno mismo, con lo que se obtenían producciones óptimas que permitían progreso y calidad. Tanta prosperidad en régimen casi de independencia con respecto a las potencias dominantes alarmó a los más reaccionarios, quienes veían en la Compañía de Jesús un enemigo a batir.

guaraníes
En los siglos XVII y XVIII se levantaron treinta y dos reducciones; su aspecto asemejaba el de fortificaciones militares, con empalizadas defendidas por bravos guerreros guaraníes, siempre dirigidos por los perseverantes jesuitas. Las misiones resultaban constantemente hostigadas por esclavistas, en esencia portugueses, que encontraban en estas comunidades obstáculos infranqueables para su crudo negocio. Numerosas misiones fueron asaltadas y sus moradores masacrados ante la pasividad de los gobernantes locales; en el fondo los jesuitas se habían convertido en elementos demasiado incómodos para la expansión colonial. Y de forma maliciosa comenzaron a circular por las ciudades de Europa y América todo tipo de noticias relacionadas con el presunto poder social y económico que iban adquiriendo los jesuitas, con lo que muchos llegaron a pensar que se estaba gestando un «imperio jesuita» en América.

Familia guaraní capturada por cazadores de indios
Las gotas que colmaron el vaso del rechazo fueron las guerras guaraníes, en las que los de San Ignacio tomaron parte activa del lado de los indios, lo que precipitó el esperado e inevitable final. En la segunda mitad del siglo XVIII naciones como Francia, Portugal o España encontraron las excusas necesarias para expulsar a los jesuitas de sus territorios. En España el pretexto fue la presunta participación de la Compañía de Jesús en el famoso motín de Esquilache, argumentando los acusadores que se habían visto jesuitas entre la muchedumbre amotinada y que, además, habían prestado sus imprentas para publicar los panfletos que animaban al levantamiento en Madrid. La acusación explicó que con estas acciones los jesuitas pretendían destronar a Carlos III en el intento de situar a un monarca más proclive a los intereses de la compañía. El 2 de noviembre de 1767 el rey de España firmaba la orden de expulsión de más de cinco mil jesuitas en España y América.