En Suiza, las reformas aprobadas por los liberales moderados, cuya fuerza estaba en las ciudades de los cantones protestantes, chocaron con la indómita oposición de las regiones más rurales de la Confederación, en su mayoría católicas. Cuando los liberales aprobaron una Constitución centralista y empezaron a cerrar monasterios católicos, los cantones conservadores reaccionaron formando en 1834 una “liga especial”, el Sonderbund, en clara violación del tratado federal de 1815. Las tropas federales capturaron el bastión del Sonderbund en Friburgo e instalaron un gobierno liberal, que no tardó en expulsar a los jesuitas, como solían hacer los gobiernos liberales y reformistas en todas partes. En la batalla de Gisikon, la última batalla campal en la que se vería envuelto el ejército suizo, murieron treinta y siete soldados, y otros cien resultaron heridos. Por primera vez en la historia militar estuvieron presentes en el campo de batalla ambulancias tiradas por caballos (anticipando la formación de la Cruz Roja), que se encargaron de retirar a los heridos. Ulteriores escaramuzas provocaron la rendición del Sonderbund el 29 de noviembre de 1847. Unas semanas después se aprobó una nueva Constitución más liberal. La guerra civil suiza fue un preludio de los conflictos que habrían de venir en otros rincones de Europa.
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lunes, 2 de marzo de 2026
domingo, 21 de enero de 2024
Ni Dios tiende su mano para ofrecer su perdón si no hay antes arrepentimiento
No será buena la política de rencor y habrá que echar agua mansa sobre los odios, concedían los padres jesuitas, pero “ni Dios tiende su mano para ofrecer su perdón si no hay antes arrepentimiento”.
domingo, 19 de febrero de 2023
La expulsión de la Compañía de Jesus
Campomanes, primer conde de Campomanes, elaboró un informe en el que señalaba que los jesuitas fueron los instigadores de un motín y, por lo tanto, eran culpables de los tumultos. La comisión creada al efecto emitió un dictamen de culpabilidad sobre los jesuitas. Ese dictamen fue analizado en un consejo que tuvo lugar a finales de enero de 1767, decidiéndose la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los dominios del rey. En realidad, Carlos III no hacía sino seguir una corriente que ya se había manifestado en otras cortes donde el poder absoluto del monarca era la piedra angular, algo que rechazaban los jesuitas, lo que los colocó en el punto de mira de los gobernantes y acabaron expulsados de diferentes países. Ese era el caso de Portugal, donde el marqués de Pombal los había expulsado en 1755; idéntica medida se había tomado en Francia, en 1764. En los años anteriores al motín de Esquilache habían llegado desde el país vecino numerosos folletos y escritos anti-jesuíticos, en los que se les acusaba de deslealtad a la Corona, por anteponer su obediencia al papa a la de su monarca. La eclosión del llamado despotismo ilustrado hizo que su presencia resultase molesta para las monarquías ilustradas de la Europa del siglo XVIII. El problema de los jesuitas con el poder monárquico se vio agravado por el papel que la Compañía de Jesús había desempeñado en el plano educativo. En sus colegios se habían educado las élites de la nobleza y de la burguesía de los países católicos y, en consecuencia, su influencia y ascendiente eran muy fuertes en las capas más poderosas de aquella sociedad. Ahí se encontraba una de las claves del enfrentamiento.
En febrero de 1767 Carlos III firmaba una Real Pragmática que se encomendaba al conde de Aranda poner en marcha el proceso de expulsión, que no encontró fuertes resistencias. La expulsión se llevó a cabo el 2 de abril, la orden fue suprimida y sus bienes, confiscados. No se consideraron excepciones de edad ni de situación personal. Las instrucciones eran tajantes, todos sin excepción, llevando únicamente el hábito con su teja y su manteo, y el breviario. Los padres de la Compañía serían introducidos en carruajes que aguardaban a la puerta de sus centros y desde allí serían conducidos hasta el puerto más próximo para ser embarcados rumbo a la isla de Córcega, como lugar de exilio provisional.
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lunes, 12 de septiembre de 2016
La reducciones.
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| reducciones jesuíticas |
En 1604, el Vaticano constituyó la región del Paraguay como una provincia religiosa bajo tutela jesuita. Los seguidores de San Ignacio llegaron al continente con un mensaje espiritual cuajado de esperanza y una promesa de vida mejor que pronto caló entre la población autóctona. Son los años del “cristianismo feliz” ,como los bautizó el teólogo Muratori, que quedó plasmado en el nacimiento de las reducciones, auténticos símbolos de la presencia jesuita en América.
La reducción era una comunidad que reunía las principales características de las dos culturas. Su configuración urbanística llamaba poderosamente la atención al favorecer la igualdad económica y social entre sus integrantes; en definitiva, una especie de comunismo católico supervisado por el paternalismo jesuita. El trazado incluía iglesia, edificios de administración o gobierno, plazas públicas y casas dignas para unos habitantes que trabajan para sí mismos, pero también dentro del colectivo. Todo esto bajo la supervisión de los cultos y refinados sacerdotes de San Ignacio que permitían el mantenimiento de las viejas tradiciones paganas en un camino claro hacia Dios, siguiendo el lema de su fundador: “La mayor gloria de Dios y bien de las almas”.
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| Reducción. |
En las reducciones se trabajaba la mitad que en las encomiendas, lo que daba como resultado una sensación de libertad y el orgullo de laborar para uno mismo, con lo que se obtenían producciones óptimas que permitían progreso y calidad. Tanta prosperidad en régimen casi de independencia con respecto a las potencias dominantes alarmó a los más reaccionarios, quienes veían en la Compañía de Jesús un enemigo a batir.
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| guaraníes |
En los siglos XVII y XVIII se levantaron treinta y dos reducciones; su aspecto asemejaba el de fortificaciones militares, con empalizadas defendidas por bravos guerreros guaraníes, siempre dirigidos por los perseverantes jesuitas. Las misiones resultaban constantemente hostigadas por esclavistas, en esencia portugueses, que encontraban en estas comunidades obstáculos infranqueables para su crudo negocio. Numerosas misiones fueron asaltadas y sus moradores masacrados ante la pasividad de los gobernantes locales; en el fondo los jesuitas se habían convertido en elementos demasiado incómodos para la expansión colonial. Y de forma maliciosa comenzaron a circular por las ciudades de Europa y América todo tipo de noticias relacionadas con el presunto poder social y económico que iban adquiriendo los jesuitas, con lo que muchos llegaron a pensar que se estaba gestando un «imperio jesuita» en América.
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| Familia guaraní capturada por cazadores de indios |
Las gotas que colmaron el vaso del rechazo fueron las guerras guaraníes, en las que los de San Ignacio tomaron parte activa del lado de los indios, lo que precipitó el esperado e inevitable final. En la segunda mitad del siglo XVIII naciones como Francia, Portugal o España encontraron las excusas necesarias para expulsar a los jesuitas de sus territorios. En España el pretexto fue la presunta participación de la Compañía de Jesús en el famoso motín de Esquilache, argumentando los acusadores que se habían visto jesuitas entre la muchedumbre amotinada y que, además, habían prestado sus imprentas para publicar los panfletos que animaban al levantamiento en Madrid. La acusación explicó que con estas acciones los jesuitas pretendían destronar a Carlos III en el intento de situar a un monarca más proclive a los intereses de la compañía. El 2 de noviembre de 1767 el rey de España firmaba la orden de expulsión de más de cinco mil jesuitas en España y América.
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