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domingo, 16 de agosto de 2026

Como llegó a Italia la escritura en la que tendría su origen el alfabeto latino

La bahía de Nápoles
A los pies de las laderas del dormido Vesubio, la bahía de Nápoles se curva hacia el sur más de 30 kilómetros. Justo al otro lado del cabo que la limita al norte estaba la colonia griega de Cumas, uno de los primeros asentamientos griegos en Italia. Dos islas guardan la entrada a la bahía. Al sur está Capri y al norte, Isquia, con sus fuentes termales y su barro volcánico, y asimismo candidata a ser la colonia griega más antigua en el Lacio. Tierra adentro, los ricos suelos volcánicos siguen produciendo los vinos que fueron célebres en tiempos de los romanos. La asombrosa belleza de la bahía hizo de ella entonces, igual que ahora, un lugar de diversión para ricos y famosos. Fue a través de Isquia y Cumas, cuyas colonias se fundaron en el siglo VIII a. C., como llegó a Italia la escritura en la que tendría su origen el alfabeto latino. Y es consecuencia de un solo día de horror en esta bahía, el 24 de agosto del año 79 de nuestra era, fecha en que el Vesubio entró en erupción y sepultó las ciudades y asentamientos romanos que había a sus pies, el que tengamos la mayor provisión de testimonios de cómo escribían los romanos.


Referencia: La historia de la escritura (Ewan Clayton)

martes, 7 de abril de 2026

Le quedaba por conquistar la realidad cotidiana, pero esta le estaba prohibida

Cuando le preguntábamos si le gustaba ser famoso, contestaba, con una sonrisa maliciosa y soberbia, que siempre se lo había esperado; tenía a veces una sonrisa astuta y soberbia, infantil y malévola, que centelleaba y se desvanecía. Pero el hecho de que siempre se lo hubiera esperado significaba que lo había logrado ya no le daba ninguna alegría, porque era incapaz de gozar de las cosas, amarlas en cuanto las tenía. Decía que conocía tan a fondo su arte, que ya no le ofrecía ningún secreto y, como no le ofrecía ningún secreto, ya no le interesaba. Nos decía que ni siquiera nosotros, sus amigos, teníamos ya secretos para él y que lo aburríamos infinitamente; y nosotros, mortificados porque lo aburríamos, no lográbamos decirle que veíamos claramente en qué se equivocaba; en su resistencia a doblegarse y amar el curso cotidiano de la existencia, que avanza uniforme y aparentemente sin secretos. Así pues le quedaba por conquistar la realidad cotidiana, pero esta le estaba prohibida y era inasible para él, escribe Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes .

viernes, 13 de marzo de 2026

Famoso por ser famoso

En las redes sociales, el antiguo vinculo entre excelencia y prestigio puede romperse más fácilmente que nunca, por lo que, al seguir a las influencers que han cobrado fama por lo que hacen en el mundo virtual, los jóvenes suelen aprender formas de hablar, comportarse y exteriorizar sus sentimientos que pueden ser contraproducentes en una oficina, en casa o en otro entorno del mundo real. El auge de los medios de comunicación de masas en el siglo XX inicio esta disociación entre excelencia y prestigio. La expresión “famoso por ser famoso” se popularizó en la década de 1960, cuando fue posible que una persona corriente fuese conocida por el gran público, no por haber hecho algo importante, sino porque la habían visto millones de personas en televisión y después se habló de ella en unos cuantos ciclos de noticias.
Las redes sociales basadas en el prestigio han hackeado uno de los mecanismos de aprendizaje más importantes para los adolescentes, al distraer su tiempo, atención y comportamiento imitativo de una variedad de modelos de conducta con los que podrían desarrollar una relación de tutoría que los ayudaría a prosperar en sus comunidades del mundo real. En su lugar, desde el principio de las década de 2010, millones de chicas de la generación Z dirigieron colectivamente sus sistemas de aprendizaje más potentes a un pequeño número de mujeres cuya excelencia parece residir en acumular seguidores sobre los que ejercer su influencia.
Los trece años, la edad mínima actual para abrir una cuenta en las redes sociales (criterio que no siempre se cumple), es demasiado baja. Los niños de trece años no deberían ver infinitas publicaciones de influencers y otros desconocidos cuando su cerebro es tan receptivo y está buscando ejemplos en los que fijarse. Deberían estar jugando, sincronizándose y pasando el rato con sus amigos en persona, y así dejar espacio en los que les entra por los ojos y los oídos el aprendizaje social proporcionado por sus padres, profesores y otros modelos de conducta de su comunidad, escribe Jonathan Haidt, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York.

sábado, 5 de junio de 2021

Nunca te dejan ser famoso y feliz


—Di el nombre de un héroe que fuera feliz. Me detuve a considerarlo. Heracles se volvió loco y acabó matando a su familia. Teseo perdió al padre y a la novia. Los hijos de la nueva esposa de Jasón fueron asesinados por los de la primera. Belerofonte mató a la Quimera, sí, pero acabó tullido al caerse del lomo de Pegaso, el caballo alado. —No eres capaz. —Se incorporó y se inclinó hacia delante. —No. —Lo sé. Nunca te dejan ser famoso y feliz. (La canción de Aquiles de Madeline Miller)




domingo, 22 de abril de 2018

La fe es la fuerza de la vida.

Tolstói habla de la necesidad de la fe: 

León Tolstói
“Mi desarraigo de la fe se produjo del modo habitual entre la gente que ha recibido nuestro mismo tipo de educación. Me parece que en la mayoría de los casos sucede así, la gente vive como vive todo el mundo, y todo el mundo vive basándose en principios que no sólo no tienen nada que ver con la fe, sino que, las más de las veces, se oponen a ella. La fe no participa en la vida, no regula en modo alguno nuestras relaciones con los demás ni es preciso que la confirmemos en nuestra propia vida; la fe se profesa en algún lugar lejos de la vida e independientemente de ella. Si nos topamos con la fe, será sólo como un fenómeno externo, no ligado a la vida.

Pensando en la gloria que me proporcionarían mis obras, me decía: «Muy bien, serás más famoso que Gógol, Pushkin, Shakespeare, Molière, y todos los escritores del mundo, ¿y después qué?». Y no podía responder nada, nada…….Mi pregunta, la que a los cincuenta años me condujo al borde del suicidio, era la más sencilla: reside en el alma de todo ser humano, desde el niño estúpido hasta el anciano más sabio, una pregunta sin la cual la vida es imposible, como yo mismo he experimentado. La pregunta es: «¿Qué resultará de lo que hoy haga? ¿De lo que haga mañana? ¿Qué resultará de toda mi vida?». Expresada de otra forma, la pregunta sería la siguiente: «¿Para qué vivir, para qué desear, para qué hacer algo?». O formulada todavía de otro modo: «¿Hay algún sentido en mi vida que no será destruido por la inevitable muerte que me espera?»

Tolstoi con sus nietos
Si nos volvemos hacia las disciplinas que no tratan de resolver las cuestiones de la vida, sino que dan respuesta a sus preguntas específicas, científicas, nos admiramos de la fuerza del intelecto humano, aun sabiendo por anticipado que no encontraremos respuesta a la cuestión de la vida. Esas ciencias la ignoran abiertamente. Dicen: «No podemos responderte quién eres ni por qué vives; no tenemos respuestas a esas preguntas, y no nos ocupamos de eso. Pero si necesitas conocer las leyes de la luz y de los compuestos químicos, las leyes del desarrollo de los organismos; si necesitas conocer las leyes de los cuerpos, su forma y la relación entre números y tamaños; si necesitas conocer las leyes de tu intelecto, para todo eso tenemos respuestas claras, precisas y categóricas».

Si el filósofo llama a esa esencia de la vida que está en mí y en todo lo que existe «idea», «sustancia», «espíritu» o «voluntad», no dice más que una sola cosa, esto es, que esta esencia existe y que yo soy esa misma esencia, pero por qué existe él no lo sabe, y, si es un pensador riguroso, no lo responde. Y pregunto yo: «¿Por qué existe esa esencia y qué resultará del hecho de que ella es y será?». Y la filosofía no sólo no da una respuesta, sino que todo lo que puede hacer es esa pregunta.


Me di cuenta de que las respuestas dadas por la fe, por muy irracionales y distorsionadas que fueran, tenían la ventaja de introducir la relación entre lo finito y lo infinito, sin la cual no puede haber solución. Sea cual sea la manera en que planteo la pregunta de cómo debo vivir, la respuesta es: «Conforme a la ley de Dios». «¿Cuál será el resultado auténtico de mi vida?». El tormento eterno o la felicidad eterna. ¿Cuál es el sentido que no destruye la muerte? La unión con el Dios infinito, el paraíso. Así, fui conducido de un modo inevitable a reconocer que toda la humanidad posee, además del conocimiento racional, que antes me parecía el único conocimiento posible, otro conocimiento, de tipo irracional: la fe, que nos da la posibilidad de vivir……..La fe es el conocimiento del sentido de la vida humana, gracias al cual el hombre no se aniquila, sino que vive. La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, es porque cree en algo. Si no creyera que debe vivir por algo, no viviría. Si no ve ni comprende el carácter ilusorio de lo finito, cree en lo finito. Si comprende el carácter ilusorio de lo finito, es preciso que crea en lo infinito. Sin fe es imposible vivir."