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domingo, 16 de agosto de 2026

Como llegó a Italia la escritura en la que tendría su origen el alfabeto latino

La bahía de Nápoles
A los pies de las laderas del dormido Vesubio, la bahía de Nápoles se curva hacia el sur más de 30 kilómetros. Justo al otro lado del cabo que la limita al norte estaba la colonia griega de Cumas, uno de los primeros asentamientos griegos en Italia. Dos islas guardan la entrada a la bahía. Al sur está Capri y al norte, Isquia, con sus fuentes termales y su barro volcánico, y asimismo candidata a ser la colonia griega más antigua en el Lacio. Tierra adentro, los ricos suelos volcánicos siguen produciendo los vinos que fueron célebres en tiempos de los romanos. La asombrosa belleza de la bahía hizo de ella entonces, igual que ahora, un lugar de diversión para ricos y famosos. Fue a través de Isquia y Cumas, cuyas colonias se fundaron en el siglo VIII a. C., como llegó a Italia la escritura en la que tendría su origen el alfabeto latino. Y es consecuencia de un solo día de horror en esta bahía, el 24 de agosto del año 79 de nuestra era, fecha en que el Vesubio entró en erupción y sepultó las ciudades y asentamientos romanos que había a sus pies, el que tengamos la mayor provisión de testimonios de cómo escribían los romanos.


Referencia: La historia de la escritura (Ewan Clayton)

lunes, 13 de julio de 2026

Europa central

Kundera en su ensayo Un Occidente secuestrado habla de las tres Europas que surgieron después de la Guerra Mundial. La Occidental, la Oriental y la situada geográficamente en el centro, “culturalmente en el Oeste y políticamente en el Este, la más complicada de las tres”. La explicación es que la Europa geográfica comportaba dos Europas. Una de ascendencia romana, alfabeto latino y vinculada a la Iglesia católica y otra marcada por Bizancio, la Iglesia ortodoxa y de alfabeto cirílico. Tras 1945 “la frontera entre esas dos Europas se desplazó unos pocos cientos de kilómetros hacia el Oeste y algunas naciones que siempre se habían considerado occidentales se despertaron en un buen día y constataron que se encontraban en el Este”. Polonia, Chequia, Hungría… Se trata de naciones históricamente exhaustas que “arrinconadas por un lado por los alemanes y por el otro por los rusos, en la lucha por su supervivencia y por su lengua consumieron demasiadas fuerzas. Así, después de la Primera Guerra mundial, Europa central se transformó en una zona de pequeños y vulnerables estados cuya debilidad permitió las primeras conquistas de Hitler y el triunfo final de Stalin”. 
“¿Qué es Europa central?, se pregunta Kundera, es esa cierta zona de pequeñas naciones entre Rusia y Alemania”. Y repregunta, “¿Que es una pequeña nación? Aquella cuya existencia puede ser cuestionada en cualquier momento, aquella que puede desaparecer, y lo sabe. Un francés, un ruso o un inglés no suelen hacerse preguntas sobre la supervivencia de su nación. Sus himnos no hablan más que de grandeza y de eternidad. Ahora bien, el himno polaco empieza con este verso, Polonia aún no ha perecido…”. Kundera no le da demasiado valor a esas fronteras políticas “inauténticas, siempre impuestas por invasiones, conquistas y ocupaciones”, porque lo que define al conjunto centroeuropeo “son las grandes situaciones comunes que reúnen a los pueblos y los agrupan cada vez de manera diferente, dentro de fronteras imaginarias y siempre cambiante, en cuyo interior subsisten la misma memoria, la misma experiencia, la misma comunidad de tradición”. Esa vivencia que comparten las pequeñas naciones es la sensación de vivir en la cuerda floja, de no haber perecido aún, como decía el himno polaco, pero poder hacerlo en cualquier momento. Bajo el yugo de una existencia amenazada y en entredicho, su identidad se revuelve, se reafirma, se proyecta en manifestaciones diversas de algo que les une y les libera; la cultura, o mejor, un sentido profundo, radical y vital de cultura. Schönberg y Béla Bartok, Kakfa y Hasel, Broch, Musil. Gombrowicz, Schulz, Witkiewicz, Freud, Husserl, Joseph Roth, Danilo Kiš… Muchos representantes de esa gran cultura centroeuropea son judíos y marcaron con su genio, por encima de luchas nacionales, el devenir de las artes, el pensamiento… “Los judíos han sido en el siglo XX el principal elemento cosmopolita e integrador de Europa central, su argamasa intelectual, condensación de su espíritu creador, de su unidad espiritual. Por eso los amo y me aferro a su legado con pasión y nostalgia, como si fuera mi propio legado personal. ¿Que son los judíos sino una pequeña nación, la pequeña nación por excelencia?”.