Mostrando entradas con la etiqueta aburrir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aburrir. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de julio de 2026

Rebajar la exigencia a los alumnos llevaría al caos y a la apología de la ignorancia

Catherine L’Ecuyer
Catherine L’Ecuyer es canadiense, afincada en Barcelona y madre de 4 hijos. Es máster por IESE Business School, máster Europeo Oficial de Investigación y Doctora en Educación y Psicología. Investigadora y autora de varios libros y artículos sobre el tema de la educación opina que “hoy hay una especie de moda o culto hacia la ignorancia y lo fácil. ¿De dónde viene? Debemos remontarnos a Rousseau, que odiaba los libros y fue el precursor de que la ignorancia se pusiera de moda. Rousseau inspiró la corriente constructivista de la “educación nueva”. La “educación nueva” viene a decir que solo existe la representación que cada uno se hace de la realidad. Según esa corriente, hay una incompatibilidad entre esfuerzo y placer; de modo que, para motivar o interesar a los alumnos, tenemos que rebajar las exigencias del currículum, hacerlo todo fácil, y dar a los alumnos adaptaciones que empobrecen el texto. En el siglo XIX, Claparède, un discípulo de Rousseau, decía en modo irónico que había que inventar un suero contra la fatiga intelectual, para que los alumnos puedan seguir estudiando sin cansarse. Sin embargo, según Montessori, la rebaja del currículo escolar solo puede llevar a que los alumnos se aburran, pues, cuando no hay excelencia, belleza, profundidad, no hay reto y los alumnos dejan de interesarse por aprender. Afirmó que rebajar la exigencia llevaría al caos y a la apología de la ignorancia”. 

martes, 7 de abril de 2026

Le quedaba por conquistar la realidad cotidiana, pero esta le estaba prohibida

Cuando le preguntábamos si le gustaba ser famoso, contestaba, con una sonrisa maliciosa y soberbia, que siempre se lo había esperado; tenía a veces una sonrisa astuta y soberbia, infantil y malévola, que centelleaba y se desvanecía. Pero el hecho de que siempre se lo hubiera esperado significaba que lo había logrado ya no le daba ninguna alegría, porque era incapaz de gozar de las cosas, amarlas en cuanto las tenía. Decía que conocía tan a fondo su arte, que ya no le ofrecía ningún secreto y, como no le ofrecía ningún secreto, ya no le interesaba. Nos decía que ni siquiera nosotros, sus amigos, teníamos ya secretos para él y que lo aburríamos infinitamente; y nosotros, mortificados porque lo aburríamos, no lográbamos decirle que veíamos claramente en qué se equivocaba; en su resistencia a doblegarse y amar el curso cotidiano de la existencia, que avanza uniforme y aparentemente sin secretos. Así pues le quedaba por conquistar la realidad cotidiana, pero esta le estaba prohibida y era inasible para él, escribe Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes .

sábado, 2 de diciembre de 2017

Una señal del valor literario de un libro es que pueda leerse de varias maneras distintas.


Una señal del valor literario de un libro es que pueda leerse de varias maneras distintas. A la inversa, la prueba de que la pornografía no posee el menor valor literario es que, si intentamos desviar nuestra lectura del estímulo sexual, si, por ejemplo, pretendemos leerla como si fuera un informe psicológico de las fantasías sexuales del autor, nos aburrimos hasta las lágrimas.