Los animales, dice Aristóteles, pueden percibir a través de los sentidos, pero sólo los hombres son conscientes de ellos mismos. Su conciencia acompaña no sólo sus sensaciones, sino también sus pensamientos. Así, nosotros pensamos y somos conscientes de que pensamos. Ésta es, precisamente, la fuente del placer del hombre virtuoso. Lo que equivale a decir que cuando el hombre se examina, es capaz de juzgarse también.

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