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lunes, 26 de febrero de 2024

La aclamación metafísica del individuo autónomo lleva a una vida casi invivible

A partir del escepticismo de Descartes surgió la creencia radical de que el individuo que buscaba la certeza era alguien que se adscribía a un Dios o un rey del cual emana la verdad. Por supuesto que la Ilustración que vino a continuación dio paso al concepto de los derechos humanos y liberó a muchos de la opresión. Sin embargo, como destacan Dreyfus y Kelly, a pesar de todas sus bondades en el ámbito político, en el campo metafísico esta forma de pensar dejó al mundo desprovisto del orden y la sacralidad esenciales para producir sentido. En el mundo posterior a la Ilustración nos impusimos la tarea de identificar qué tiene sentido y qué carece de él, un ejercicio que puede parecer arbitrario e inducir un nihilismo insidioso. La aclamación metafísica del individuo autónomo que propició la Ilustración no solo conduce a una vida aburrida, manifiestan con preocupación Dreyfus y Kelly; lleva de manera prácticamente inevitable a una vida casi invivible, escribe Cal Newport, profesor en la Universidad de Georgetown.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Sacralidad de la vida

Para Hannah Arendt, escritora e intelectual judía, la razón de que la vida se afirmara como fundamental punto de referencia en la Época Moderna y de que siga siendo el supremo bien de la sociedad moderna, radica en que la inversión moderna operó en la estructura de una sociedad cristiana cuya creencia principal en la sacralidad de la vida ha sobrevivido (incluso ha permanecido inamovible) a la secularización y a la general decadencia de la fe cristiana.La “buena nueva” cristiana sobre la inmortalidad de la vida humana individual invirtió la antigua relación entre el hombre y el mundo y elevó la cosa más mortal, la vida humana, a la posición de la inmortalidad, hasta entonces ocupada por el cosmos.
La actividad política, que hasta entonces se inspiró fundamentalmente en anhelar una inmortalidad mundana, se hundió al bajo nivel de una actividad sujeta a la necesidad, destinada a remediar las consecuencias de la pecaminosidad humana, por un lado, y a complacer los deseos e intereses de la vida terrena, por el otro.La fama que el mundo concedía al hombre era ilusión, puesto que el mundo era mucho más perecedero que el hombre, y el esfuerzo para alcanzar la inmortalidad mundana carecía de significado, ya que la propia vida era inmortal…..La vida individual perdió en otro tiempo su garantizada inmortalidad con la caída de Adán y ahora, por medio de Cristo, había vuelto a ganar una nueva vida, potencialmente perdurable, que, no obstante, podía perderse de nuevo con una segunda muerte debida al pecado individual.



miércoles, 16 de noviembre de 2022

Conservar la vida se había convertido en un deber sagrado

El viejo desdén hacia el esclavo, despreciado porque únicamente servía a las necesidades de la vida y se sometía a la coacción de su amo porque a toda costa deseaba seguir vivo, no pudo mantenerse en la era cristiana. Ya no cabía despreciar, como hizo Platón, al esclavo por someterse a un dueño en vez de suicidarse, ya que conservar la vida bajo cualquier circunstancia se había convertido en un deber sagrado, y el suicidio se consideraba peor que el asesinato. No se le negaba el entierro cristiano al asesino, sino a quien había puesto fin a su propia vida. El énfasis cristiano en la sacralidad de la vida es parte integrante de la herencia hebrea, escribe la escritora judía Hannah Arendt.


sábado, 19 de febrero de 2022

Los Estados que han eliminado la sacralidad han encarnado ellos mismos la divinidad


Para el filósofo político Richard Weaver es más que probable  que las sociedades humanas sean incapaces de existir sin alguna forma de sacralidad. Los Estados que han querido eliminarla, tarde o temprano han caído en la tentación de encarnar ellos mismos la divinidad.

La certidumbre moral es la mejor garantía a priori de una manera de sentir correcta, dice Weaver, y la integridad intelectual confiere claridad a las acciones. En última instancia, bondad y verdad son indistinguibles, de tal suerte que quien ignora o deja de creer en la primera se condena a perder la segunda. Llevamos tantos siglos viendo cómo el oportunismo se arroga derechos esenciales, que hemos perdido casi todas nuestras incertidumbres.