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sábado, 4 de julio de 2026

La necesidad de una educación liberadora que se dirija a la excelencia

Hay un abismo entre el fin fundamental de la educación (florecer, prepararlos para que puedan sacar lo mejor de sí) y el utilitarismo reinante en el que vivimos. Siguiendo la estela de los clásicos, el profesor de filosofía Eduardo Infante defiende la necesidad de una educación liberadora que se dirija a la plenitud y excelencia. Lo que encontramos habitualmente es algo muy distinto; una “educación” que te prepara para la vida laboral, y no para la vida (lo que Gregorio Luri ha tildado de oficinas de colocación). Mediante una educación utilitarista convertimos a los estudiantes en objetos del mercado, en vez de en sujetos libres y autónomos. Hay una diferencia fundamental entre “saber” y “saber hacer”, que por sí solo, nos da una visión reduccionista del ser humano, equiparándonos a piezas hechas para un engranaje.Educar en las distintas virtudes resulta un paso imprescindible para forjar estudiantes críticos y libres. Pero vivir una vida virtuosa requiere un esfuerzo y precisa un modus operandi particular que choca con tres grandes monstruos que campan a sus anchas en la sociedad contemporánea, el individualismo, el hedonismo y el relativismo. 
El modelo actual es el influencer. Se ha trasladado el foco desde la virtud y el buen juicio a la riqueza y la fama. La vida (sumamente expuesta) del influencer solo nos conduce al mercado. Se promueve una suerte de religión del consumo, ropa, productos de belleza, viajes únicos, experiencias… Consumir está asimilado a tener éxito, y es una actividad que nunca cesa, es una espiral inacabable a golpe de clic. “El camino del tiktoker, escribe el profesor Infante, es cómodo, breve, sencillo, no exige esfuerzo y, sobre todo, tal como él mismo señala, es inmediato”.


domingo, 11 de enero de 2026

En las leyes de la naturaleza se revela una razón superior

El hombre es capaz de discernir en modo no utilitarista, por qué se da cuenta de que algunas cosas son acordes con su dignidad y otras no, por qué experimenta la culpa y la vergüenza cuando obra mal, y el gozo y la paz, en cambio, cuando se comporta con justicia; por qué es capaz de extasiarse ante la belleza de una puesta de sol, del cielo lleno de estrellas o de una excelsa obra de arte. Nada de eso se puede atribuir razonablemente a la obra ciega del cosmos, al producto impersonal de las interacciones materiales.
Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza “se revela una razón tan superior que toda la racionalidad del pensamiento y de los ordenamientos humanos es, en comparación, un reflejo absolutamente insignificante”.

jueves, 13 de marzo de 2025

Pensamos que practicamos el bien, cuando en realidad somos consumidores de bienes

Según el filósofo Jorge Freire, la caricatura que proclama nuestro tiempo nos hace pensar que practicamos el bien, cuando en realidad nos estamos convirtiendo en consumidores de bienes, y llama la atención en su libro La banalidad del bien de las incongruencias de quienes, en nombre de la filantropía y la salvación del planeta, nos endosan pesadas cargas mientras ellos continúan en un entorno de privilegios. Es un “altruismo utilitarista, cómodo, trendy” y auto indulgente. 
Una de las causas del destierro del humanismo, y de la suplantación del bien por el buenismo de rebaño, es la “tecnodicea”, el culto a la máquina, no ya la tecnología, sino que ahora al héroe, al hombre que descuella lo llamamos así, máquina.

martes, 27 de agosto de 2019

El matrimonio es el mayor consuelo para la vejez


Un matrimonio de larga duración es el mayor consuelo para la vejez, sobre todo porque a medida que la pareja envejece, aumenta la cantidad de recuerdos compartidos.

Friedrich Nietzsche adoptando una actitud utilitarista poco común en él, escribió: “Antes de casarte, pregúntate, ¿seré capaz de mantener una buena conversación con esta persona hasta la vejez? El resto es pasajero en el matrimonio”.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

La pregonada inutilidad de la filosofía.

Calicles.
En el Gorgias platónico Calicles le espeta a Sócrates que uno puede ocuparse de la filosofía mientras sea joven, pero que hacerlo de viejo resulta ridículo. Hoy nuestros nuevos sofistas, los pedagogos, han decretado que ni siquiera en la educación del joven es buena la filosofía. Poco tiempo después Epícuro aconsejaba a Meneceo que nadie debería avergonzarse de filosofar ni de joven ni de viejo, “porque nunca es tarde ni temprano para aprender a ser feliz”. No hará falta concluir que en los tiempos presentes estas cosas suenan a enormes paparruchas. La pregonada inutilidad de la filosofía viene a ser la confesión clamorosa de que educar se ha vuelto ante todo una instrucción para el mercado, una adquisición de destrezas y habilidades con vistas a ser vendidas. 


La religión cotidiana de la mercancía nos predica que no hay valor de uso sin valor de cambio que lo respalde; esto es, que no hay otras necesidades que las que puedan satisfacerse con dinero. La vida humana y su riqueza quedan así notablemente devaluadas. Hay una incapacidad de comprender otro sentido de útil que no coincida con el utilitarista, que haya cosas que merezcan la pena aunque no tengan precio o justamente por no tenerlo, pero sí un valor incuestionable, escribe Artega.