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sábado, 22 de noviembre de 2025

El hombre solo puede mirar a lo sobrenatural cuando tiene un conocimiento recto y ordenado de lo natural


El hombre solo puede mirar a lo sobrenatural cuando tiene un conocimiento recto y ordenado de lo natural, es decir, de la realidad, cuando toma conciencia de sí mismo y cuando descubre el abismo entre lo que es y lo que anhelaría ser. Conocer la biología o las leyes matemáticas nos ayuda a hacernos las preguntas últimas sobre el por qué del orden del universo, o de la belleza de la vida. Pero hoy la importancia de la transmisión del saber como descubrimiento de la realidad ha decaído, manifiesta Emilio Boronat, profesor de la Universidad Abat Oliba. San Juan Bautista de la Salle hablaba de la escuela como el alumno y el maestro compartiendo una experiencia de vida bajo la atenta y presente mirada de Dios (la presencia constante de lo sobrenatural penetrando lo natural), pero hoy todo se vive en función de lo inmediato.
Si el hombre no está regido por algo mayor que su inmediatez o el poder político, no es capaz de distinguir entre mandatos justos e injustos. Dicho simple, dice el profesor Boronat, cuando no hay Dios, algo ocupa su lugar. Y este suele ser el más aprovechado, el más embustero, el más hábilmente sofista… o todo junto, que es lo que constituye el poder cuando no se funda en el bien, la verdad y la justicia. La cultura de la cancelación está calando tan hondamente en las gentes precisamente porque han perdido la capacidad de juzgar. Y entonces entra el poder, que exige una neo-Inquisición y un control social de todo sobre todos.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

La pregonada inutilidad de la filosofía.

Calicles.
En el Gorgias platónico Calicles le espeta a Sócrates que uno puede ocuparse de la filosofía mientras sea joven, pero que hacerlo de viejo resulta ridículo. Hoy nuestros nuevos sofistas, los pedagogos, han decretado que ni siquiera en la educación del joven es buena la filosofía. Poco tiempo después Epícuro aconsejaba a Meneceo que nadie debería avergonzarse de filosofar ni de joven ni de viejo, “porque nunca es tarde ni temprano para aprender a ser feliz”. No hará falta concluir que en los tiempos presentes estas cosas suenan a enormes paparruchas. La pregonada inutilidad de la filosofía viene a ser la confesión clamorosa de que educar se ha vuelto ante todo una instrucción para el mercado, una adquisición de destrezas y habilidades con vistas a ser vendidas. 


La religión cotidiana de la mercancía nos predica que no hay valor de uso sin valor de cambio que lo respalde; esto es, que no hay otras necesidades que las que puedan satisfacerse con dinero. La vida humana y su riqueza quedan así notablemente devaluadas. Hay una incapacidad de comprender otro sentido de útil que no coincida con el utilitarista, que haya cosas que merezcan la pena aunque no tengan precio o justamente por no tenerlo, pero sí un valor incuestionable, escribe Artega.