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domingo, 12 de febrero de 2023

El diario de Paloma

Madrid, 20 de Diciembre de 1936. Paloma se encontró entre las ruinas de la casa de un vecino una imagen de la Virgen de la Pureza, de medio metro. Lo ha contado con todo detalle en su diario: “¡Qué pena me dio! La miraba y no podía marcharme, parecía que sus ojos me suplicaban que no la dejase allí. Se me quitó el miedo como por encanto y no tenía prisa. Cogí la Virgen y la besé, del fondo del alma sentía que no podía separarme de ella. Si me cogen con ella me van a fusilar, pensé”. Desde que Paloma llevó la imagen de la Virgen a su casa, una idea fija le perseguía día y noche; quería oír misa, lo que no había podido hacer desde hacía cinco meses, exactamente desde que estalló la Guerra Civil y el Frente Popular tomó el control de la capital de España. La modernidad y el progreso de los socialistas profanaban las iglesias y asesinaban a los católicos que se empeñaran en serlo. El Frente Popular estaba llevando a cabo en España la mayor persecución religiosa de la Iglesia Católica en los dos mil años de su existencia, cuenta Javier Paredes.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) fueron asesinados 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 frailes y 296 monjas, lo que equivalía a uno de cada siete sacerdotes y a uno de cada cinco frailes. Y todos esos asesinatos se produjeron en la zona bajo el control de los socialistas y los comunistas. A los datos anteriores de la persecución religiosa,habría que añadir el elevado número de tantos católicos españoles que murieron víctimas del odio contra la religión, en una persecución que hasta para asemejarse a la de los primeros cristianos dio cabida a acontecimientos como el de la "Casa de Fieras", el zoo situado entonces en el parque madrileño del Retiro, donde se arrojaban a personas para que fuesen devoradas por los osos y los leones. “No sabía dónde encontrar un sacerdote, cuenta Paloma en su diario publicado, para decir misa en mi misma casa, ante mi Virgen, los que quedan vivos andan escondidos, y como el decir misa o asistir es una sentencia de muerte, si nos cogen nos matan a todos. A pesar de ello, yo quería intentarlo y cada vez que hablaba con una persona de confianza trataba de averiguar dónde podría hallar un sacerdote. Con la proximidad de estos días de Navidad el recuerdo de los años anteriores avivaba mi pena y más esfuerzos hacía sin conseguir nada”. Por fin una amiga suya dio con un religioso escondido de la Congregación del Corazón de María, y le anunció que iría a su casa el día 26 de diciembre vestido de miliciano y acompañado de otras dos personas. “Un momento antes de las diez llegó el sacerdote con dos milicianos rojos, era el del traje marrón y sobre la solapa llevaba la estrella roja de las cinco puntas. Los dos milicianos eran dos chicos que habían sido alumnos del Corazón de María y protegían y ayudaban a los Padres.Primero nos confesamos. Cuando yo me vi de rodillas ante el sacerdote vestido de seglar, sentí que el corazón se me saltaba del pecho, su mirar bondadoso y sus palabras tan suaves y paternales me calmaron.Empezó la misa. El sacerdote sacó del bolsillo una cajita de plata pequeñita y de ella una cápsula, como un sello de quinina, dentro iban las sagradas formas para comulgar. Así, si los milicianos lo detenían decía que era una medicina y se las tragaba.Los dos milicianos ayudaban a la misa, pálidos y solemnes los dos….”.



martes, 20 de febrero de 2018

Hay algo peor que el morir, y es el vivir cuando el deber nos pidió el sacrificio de la vida.

Cárcel de Málaga.
Escribe el sacerdote Francisco García Alonso en su libro “Mis dos meses de prisión en Málaga”, que cuando tuvo que hacer de capellán involuntario en la cárcel de Málaga durante la Guerra Civil, les dijo a unos prisioneros que iban a ser fusilados al amanecer: “Morís tranquilos después de sacrificar el placer de vivir al cumplimiento del deber. Es que el fin del hombre no es vivir; hay algo peor que el morir, y es el vivir cuando el deber nos pidió el sacrificio de la vida. Entonces se vive sin derecho a ella. Saber morir a tiempo, morir bien, es nuestro fin. Si el suicidio es un pecado es porque el suicida dispone de lo ajeno contra la voluntad de su dueño; mi vida es de Dios. Pues cuando Dios, mediante el deber me pide la vida, querer retenerla entonces y sacrificar el deber al vivir, es pecado semejante, porque se dispone de lo ajeno contra la voluntad de su dueño. Dios me exigía la vida y yo se la he negado. No así vosotros. El cumplimiento del deber, es a veces amargo, pero recordar aquella frase encantadora: «el placer de morir sin pena, vale la pena de vivir sin placer»”. “Arrepentimiento en el cumplimiento del deber, ni se puede encontrar ni se debe buscar”.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Mijaíl Koltsov instó los fusilamientos de Paracuellos del Jarama.

Mijaíl Koltsov
El corresponsal del Pravda, Mijaíl Koltsov, llegó a la Península el 8 de agosto de 1936, permaneciendo en ella hasta el 6 de septiembre del año siguiente. Koltsov era un hombre menudo, inteligente y locuaz, a quien Ernest Hemingway retrató bajo el nombre de Karlov en su célebre novela “Por quién doblan las campanas”. El escritor Jose María Zavala no duda en manifestar que fue él quien advirtió a los dirigentes comunistas del peligro que suponía para los intereses de la República que los numerosos presos fascistas pudiesen alistarse en las filas nacionales si estas ocupaban Madrid. En su entrevista con el Comité Central del Partido Comunista, instó a sus miembros a que se fusilase a los reclusos de las cárceles madrileñas, en un claro anticipo de las matanzas de Katyn. 

Paracuellos. Pintura de Carlos Sáenz de Tejada
Los consejos de Koltsov fueron seguidos al pie de la letra por el entonces consejero de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, el comunista Santiago Carrillo Solares. Centenares de presos, entre ellos el comediográfo Pedro Muñoz Seca, acabaron así fusilados y enterrados en fosas comunes en Paracuellos del Jarama. El historiador británico Hugh Thomas no dudaba en afirmar que Koltsov era un agente personal de Stalin, en contacto directo con el Kremlin.

viernes, 18 de agosto de 2017

Cuando la “república" fusiló a anarquistas y miembros del POUM.

Cuando los periodistas hablan de las personas muertas y arrojadas a las cunetas en la guerra civil, casi siempre se olvidan del hecho que dentro de la llamada “guerra civil oficial” había otra guerra civil dentro de la zona republicana. 

George Orwell cuenta en su libro “Homenaje a Cataluña” que “las cárceles estaban abarrotadas de personas detenidas, y había más presos, por supuesto, siempre anarquistas y miembros del POUM, que continuaban desapareciendo en ellas solos o acompañados. Por lo que se pudo averiguar, ningún preso fue nunca acusado o juzgado, ni siquiera acusado de algo tan definido como trotskismo. Simplemente se arrojaba a un hombre a la cárcel y allí se le mantenía, por lo común, incomunicado. Los “estalinistas” tenían la sartén por el mango y, por lo tanto, se daba por descontado que todo “trotskista” estaba en peligro.


El POUM fue disuelto. Sus edificios fueron  confiscados,y prácticamente todo el mundo fue a la cárcel, y fusilaron a gente, dice Orwell. Las noticias sobre arrestos prosiguieron sin cesar a lo largo de meses, hasta que el número de prisioneros políticos, sin contar a los fascistas, llegó a varios miles. Una de las cosas a destacar es la autonomía de los cargos policiales inferiores. Muchos de los arrestos eran abiertamente ilegales, y diversas personas cuya liberación fue dispuesta por el jefe de policía, se vieron arrestadas otra
vez en los portones de la cárcel y llevadas a “prisiones secretas”. La policía, por lo menos al principio, parecía por completo indiferente al efecto que sus acciones pudieran tener sobre la guerra. Estaban dispuestos a encarcelar a militares con cargos de importancia sin obtener permiso por anticipado.

miércoles, 14 de junio de 2017

Muchos se derrumbaban debido a la tensión del combate continuado.

General George Patton 
El general George Patton abogaba por fusilar a los cobardes, y  abofeteó, en Sicilia, a un soldado con fatiga de combate al que acusaba de simularla. Los altos mandos británicos del norte de África e Italia rogaban a su gobierno que restaurara la pena de muerte por deserción, como en la primera guerra mundial. Otros mandos, cuyas opiniones prevalecieron, estaban a favor de proporcionar atención psiquiátrica (así como la atención médica tradicional) en puestos de auxilio avanzados. Reconocían que la mente, sujeta a la amenaza cotidiana de la muerte, los impactos de bombardeos aéreos y de artillería de alta velocidad, el miedo a minas y trampas explosivas, la desnutrición, una higiene deplorable y la falta de sueño, infligía heridas tan reales como las del cuerpo. 

Muchos se derrumbaban debido a la tensión del combate continuado
Proporcionar atención a hombres destrozados, así como comida caliente, buenas ropas y descanso, hacía que su restablecimiento y vuelta al campo de batalla fuera más probable que mediante amenazas de ejecución por fusilamiento. Pocos desertores eran cobardes. Muchos se derrumbaban debido a la tensión del combate continuado, tras haberse enfrentado al enemigo del Eje sin descanso durante, a veces, meses enteros. Debido al defectuoso sistema aliado de reemplazo de tropas en el frente, se forzaba a los hombres hasta más allá de su límite. El mal liderazgo ejercido por suboficiales pobremente entrenados, muchos de los cuales se abstenían de entrar en combate personalmente, dejaba a los jóvenes soldados sin ninguna inspiración a la hora de soportar oleadas de artillería a lo largo de líneas de combate a menudo estáticas, cuenta el escritor e historiador Charles Glass.

En cualquier compañía, batallón o división, los altos índices de deserción apuntaban a fallos en la línea de mando y aprovisionamiento, de los que tan responsables eran los líderes como los hombres que desertaban. La cohesión en las unidades de combate era mala, como demostraron estudios de posguerra, dice Glass, porque se distribuía individualmente a los soldados de reemplazo por diferentes
Su propia muerte parecía inevitable. 
compañías y divisiones, en lugar de como cuerpos de hombres que se conocían y confiaban los unos en los otros. Algunos hombres desertaban cuando todos sus demás compañeros de unidad habían caído y su propia muerte parecía inevitable. 

desertores 
Los que mostraban más simpatía hacia los desertores eran los demás soldados del frente. En algún momento todos habían tenido la tentación de abandonar el combate mediante la deserción, disparándose en el pie o quedándose atrás cuando se les ordenaba avanzar. Raro era el soldado de infantería que recomendaba a sus colegas no abandonar la línea de combate. Lo sorprendente no es que tantos hombres desertaran, sino que lo hicieran tan pocos.