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martes, 27 de julio de 2021

Cortejar los favores de los poderes públicos conduce a prostituirse


Nada más cierto que cortejar los favores de los poderes públicos conduce, tarde o temprano, a prostituirse por un puñado de logros utilitarios. Las instituciones de enseñanza en Estados Unidos ofrecen una magnífica ilustración de esta verdad. Prácticamente sin excepción, la educación liberal (la educación centrada en ideas e ideales) ha prosperado en aquellas instituciones cuyos recursos provienen de fuentes privadas. A pesar de las limitaciones que a veces pretenden imponer sus contribuyentes, han sido capaces de insistir en la idea de que la enseñanza no se reduce a la adquisición de un medio de subsistencia. Esto significa que han sido relativamente libres de fomentar el conocimiento puro y la formación de la inteligencia, además de ofrecer un último refugio, por ejemplo, a materias “antisociales”, como el Latín y el Griego. En cambio, en los planteles estatales, siempre a la merced de cuerpos electos y del público en general y, por tanto, obligados a justificar los recursos económicos recibidos con resultados prácticos, la tendencia a la especialización y la carrera profesional ha sido imparable. Jamás han podido decir que harán lo que se les antoje con sus recursos por la sencilla razón de que sus recursos no son propios, es decir, privados. No sería por ello injusto decir que lo contrario de lo privado es la prostitución, escribe Richard Weaver.


sábado, 22 de febrero de 2020

La posibilidad de que la política se convierta en nuestro único árbitro no deja de resultar aterradora


La posibilidad de que la política se convierta en nuestro único árbitro no deja de resultar aterradora. Dice Richard M. Weaver que nadie en su sano juicio puede pensar que hemos resuelto el problema de poner el mando político en manos de personas sensatas.¿Cómo admirar o siquiera confiar en hombres que no pasan de exhibir el común denominador de la humanidad?

El carácter del hombre se manifiesta en su manera de construir y organizar su casa, no es el resultado de su complicidad con los planes constructivos del Estado, ni mucho menos de su aceptación de un sistema comunista que busca anular esa capacidad, escribe Weaver.

domingo, 16 de febrero de 2020

Ensimismamiento

Richard M. Weaver
Para Richard M. Weaver “está en la naturaleza del egoísmo el considerar las cosas fuera de contexto y sin proporción: el “yo” dominador es una lente que distorsiona el universo. En realidad, una manifestación más del extrañamiento de la realidad. Ningún hombre capaz de establecer relaciones ab extra puede ser egoísta, pero quien sólo conoce a su persona acaba sufriendo un auténtico trastorno de sus facultades. Platón lo supo: El excesivo amor del yo es en realidad el origen de todos los pesares del hombre, y al amante ciega en su juicio del amado, pues juzga erradamente sobre lo justo, lo bueno y lo honorable, y piensa que siempre ha de preferir a la verdad su propio interés. Así, pues, el ensimismamiento es un proceso que consiste en divorciar el propio yo de la realidad “real” y, por ende, de la armonía social”.

martes, 13 de noviembre de 2018

Las necesarias relaciones entre esfuerzo y recompensa.

Cuando el egoísmo antepone su interés a la labor realizada, está negando la realidad de las formas inacabadas. La realidad, para él, se reduce a lo que su deseo o capricho le permita obtener, aquí y ahora. No aspira a supeditar su yo a algún fin, sino al revés, a subordinar el fin a su persona. Con esta inversión de funciones es imposible abordar racionalmente nada, ya que sólo cuando el trabajo se define por la calidad de su ejecución es posible recompensarlo racionalmente. Sabemos cómo recompensar al carpintero por su obra de carpintería; lo que ciertamente no sabemos hacer es recompensar al egoísta que sólo produce sentencias sobre su propia y exaltada valía. Y nada más alejado de la racionalidad filosófica que el trabajo reconocido únicamente como el resultado de una enconada lucha de poder, escribe Weaver.



La primera traición a la sociedad por parte de la burguesía se produjo cuando ésta abrazó el capitalismo financiero, y ahora los trabajadores amenazan con traicionarla haciendo suyo un dogma que ve en el trabajo tan sólo provecho y beneficio, nunca deber y honor, dice Weaver. Asombrarse de que esto sea así parecerá lamentablemente poco realista a quienes no aceptan que el sentimiento que inspira la totalidad es el único método efectivo para juzgar los valores. Pero algún día podrá verse que el mayor daño infligido a nuestra época ha sido este rechazo de establecer las necesarias relaciones entre esfuerzo y recompensa.

lunes, 27 de agosto de 2018

La traducción es una escuela de exactitud.


Richard Weaver opinaba que era conveniente incluir lenguas extranjeras en los planes de estudio, "y si de verdad vamos en serio, añadía Weaver,esto quiere decir ante todo el latín y el griego. No pienso repetir la larga lista de conocidas virtudes que se desprenden del estudio de estas lenguas. Me limitaré a señalar una sola, porque me parece que no se atiende a ella lo bastante. Nada previene tan exitosamente la pereza en el uso del lenguaje como el ejercicio de la traducción. Al centrarse en el sentido de una palabra y luego buscar su equivalente apropiado en otra lengua, se está obligando al entendimiento a observar y reflexionar antes de escoger una forma de expresión. La traducción es una escuela de exactitud, cuyos frutos en el pasado resonaban en la oratoria y aun en el periodismo, pero que hoy se han
Richard Weaver
vuelto tan excepcionales como los buenos modales. Hacer ejercicios de traducción exacta es un excelente método para que la mente aprenda a huir de la dejadez y exageración con que los sensacionalistas corrompen el mundo. Si las escuelas de periodismo se dedicaran de verdad a promover sus intereses, no le darían el título a ningún estudiante que no hubiera aprendido a traducir a los poetas griegos".

jueves, 13 de julio de 2017

¿Las creencias son indiferentes?

Que las creencias son indiferentes es una afirmación repetida hasta la saciedad hoy en día. 

Dice Richard Weaver que es una afirmación basada en un presupuesto temible. Si se trata de un filósofo, en el sentido que hemos dado a este término, sus creencias le servirán de guía a la hora de decidir para qué existe el mundo. ¿Pero cómo podrían ponerse de acuerdo sobre la finalidad del mundo unos seres que ni siquiera coinciden en su valoración de las más nimias acciones cotidianas? Esa afirmación, en realidad, viene a decir que no importa qué es aquello en lo que se crea, siempre y cuando no se tomen en serio las creencias. 


Es fácil comprobar hoy que tal es la condición a la que han sido llevadas las creencias religiosas. Pero imaginemos a unos hombres que sí son capaces de tomarse en serio sus propias creencias. Obviamente, sus creencias dejarán una huella indeleble en las experiencias vividas, y esos hombres pertenecerán a una cultura basada en principios exclusivos, una especie de club para ingresar al cual es indispensable que el candidato sepa decir lo conveniente sobre lo adecuado, lo que a su vez significa que esos hombres han de saber cultivar los sentimientos correctos.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La amargura siempre es un incentivo a la autodestrucción.

Richard Weaver.
La pérdida de la fe engendra alguna forma de amargura, dice Richard Weaver. En el antiguo cinismo, en el escepticismo, aun en el estoicismo, que fueron producto de la decadencia de la religión griega, anida una de esas formas. Hay amargura en la idea de que el infierno no existe, ya que, según el irrefutable silogismo de los teólogos, si no hay infierno, no puede haber justicia. La amargura siempre es un incentivo a la autodestrucción. Cuando se piensa que los trofeos que el mundo ofrece no compensan el dolor que lo habita, y al mismo tiempo se niega la posibilidad de alguna otra recompensa, la más elemental coherencia exige ponerle fin a todo. La tarea consiste en evitar que los hombres puedan sentirse desesperadamente no recompensados.

Amargura.
¿Qué quieren hoy, seguir viviendo o destruir el mundo? Algunos parecen incapaces de ver el alcance de una amargura que puede llevarlos a escoger la segunda alternativa. Imaginemos que la respuesta a la primera sea afirmativa, que haya personas que dicen que quieren seguir viviendo, y no sólo biológicamente, como ratas metidas en huecos de ciudades destrozadas, sino como miembros de comunidades civilizadas. Pues habrá que preguntarles si además están dispuestas a pagar el precio que corresponde, ya que es muy posible que su reacción en este caso sea la misma que tienen cuando escuchan la palabra “paz”: todos la quieren, pero no tanto como para aceptar desprenderse de esto y lo otro, de aquello que creen que constituye el marco mismo de su existencia. 

Conferencia de Paz de Versalles.
En la Autobiografía de Lincoln Stefan hay una escena, en la que se refiere una propuesta formulada por Clemenceau en la Conferencia de Paz de Versalles. El  francés, tras escuchar luengo parlamentos acerca de que la pasada guerra sería la última de todas las guerras, se volvió hacia Wilson, Lloyd George y Orlando, y les preguntó si de verdad alguien se estaba tomando en serio aquella idea. Después de oír las respuestas afirmativas de todas y cada una de las perplejas testas de Estado, Clemenceau se dispuso a resumirles el coste de llevar su deseo a la realidad. Los británicos tendrían que renunciar a su sistema colonial, los estadounidenses habrían de salir de Filipinas y no intervenir en México, y así con cada país. Los colegas de Clemenceau no tardaron en manifestar que en absoluto había sido esa su intención al formular su propuesta, a lo que el francés, con realista franqueza, les contestó que lo que en realidad querían era la guerra, y no la paz. No otra es la postura de quienes abogan incesantemente por la justicia, cuando en realidad lo que buscan y de antemano han decidido conseguir es otra cosa.
Impaciencia.

Por otro lado,el orgullo del hombre moderno se pone de manifiesto en su impaciencia, que no es sino indisposición para soportar los rigores de la disciplina, dice Weaver. El mundo físico es un intrincado conjunto de imposiciones, y cuando éstas impiden la libre manifestación de su voluntad, el hombre moderno se rebela y afirma enfático que nada habrá de trabar sus deseos. Esta actitud deviene en mera deificación de su propia voluntad. No es que el hombre haya decidido hacerse a sí mismo a imagen y semejanza de Dios, sino que tiene la intención de ocupar el lugar de Dios siendo exactamente tal cual es.

¿Qué quieren hoy, seguir viviendo o destruir el mundo? 

el orgullo del hombre moderno se pone de manifiesto en su impaciencia

Hay amargura en la idea de que el infierno no existe